En la misma medida

 

 

Tú debes  saberlo,

mis días son caminos,

sinuosos o ásperos,

que quieren morir en tus brazos

 

Tú debes  saberlo,

eres mi consuelo en este mundo infiel.

Las horas me las paso esperando

escuchar tus pasos, tus pasos y tu voz.

 

Tú debes  saberlo,

la pasión lleva tu nombre

y, en prenda, mi corazón.

Tú debes  saberlo,

pues es escuchada, hasta por el sordo,

la rogativa de mi voz.

 

No voy a tu funeral

No me avisen que has muerto.

No  me inviten a tu funeral.

Sea como la gente que

se van de mi vida

y me dejan la esperanza que volverán.

Enterrado y llorado es el final.

Si voy a tu funeral

recordaré tu carne muerta,

y  tendré una soledad sin esperanza.

No me avisen de tu muerte

sea tu vida como ese libro en el estante

que hace mucho tiempo no leo.

 

El diablo en el desierto

img_0067_2Cuando Carlitos vino a mi parroquia era un mocetón muy sensible,  con una sensibilidad difícil de encontrar entre los muchachos de su edad. Se sumó al grupo de los “zapatitos”. Yo  los llamaba así, y les explicaba que era porque ellos sentían en sus pies la comezón de dirigirse a la iglesia

Los “zapatitos” eran, en su mayoría, inocentes mocetones que empezaban a despertar a una sexualidad regulada por normas y expectativas familiares.

Yo sé que en algunos jóvenes tímidos  el impulso sexual es fuerte y reprimido a la vez. Muchos de los muchachos me confesaban, rojos de vergüenza, que se masturbaban constantemente. Pero mis “zapatitos” debían ser fieles sólo a Dios y entender que la benevolencia de Dios por sus pecados se manifestaba  a través de mí, yo los absorbía y los motivaba a ser fuertes frente a la tentación de la carne.

Una vez que los tenía dentro de mi círculo, me dedicaba a mostrarme más como un amigo que como un pastor. Comenzaba con gestos de amistad, como es un apretón en el brazo, un beso muy cerca de los labios, una mano que acariciaba sus muslos mientras los confesaba y, cuando ya éramos amigos, les daba un pequeño toque, jugando, en los genitales.

Carlitos era el más sensual, tenía fantasías con su madre desde que la había escuchado hacer el amor con su padre. En la confesión, arrodillado y con su rostro muy cerca del mío, me habló  de ella, me contó que un día su madre se metió a la sala de  baño cuando él se bañaba y comenzó a restregar su espalda. “Me hablaba como si fuera un bebé, y esto me excitó. Al ver mi erección, ella lanzó un grito de terror y salió corriendo. Nos esquivamos por días. Ella parecía avergonzada; yo, mientras tanto, ¡me masturbaba más que nunca!”. Cuando se levantó tenía su pene duro hacia el lado de la ingle, lo toqué a través de la tela. “Hermoso”, dije, y lo dejé ir… sin penitencia.

Desde ese día Carlitos se transformó en uno de mis favoritos, y comenzamos a mantener largas charlas acerca de la verdadera amistad entre hombres. Yo citaba a Jesús y sus discípulos, le hablaba de culturas en la que los hombres, como signo de amistad, juntan sus penes erectos cual espadas cruzadas. Por otro lado lo amonestaba para que se mantuviera puro, lejos de actos sexuales con muchachas fáciles.

Siempre he pensado que los cultos prosperan si sus miembros aprenden a abrirse y guardar secretos a la vez, y cuando alcancé la total confianza de Carlitos mi mano aliviaba, casi en un ritual, la tensión de su deseo. A veces incluso lo hacía con mi boca.

Carlitos fue aceptando que yo era el cura santito que quería llevarlo a Dios y que lo satisfacía para que no cayera en cosas alejadas de la iglesia.

Yo trabajaba en hacerlo santo, un hombre que dominara sus pensamientos lascivos y así se transformara en un hombre refinado, convocado a servir a Dios. La religión y la filosofía se parecen en que a las dos se llega por un cuestionamiento interior, la diferencia está en que la religión da respuestas y la filosofía abre el espíritu humano a más preguntas. Lo que Carlitos buscaba eran respuestas y las recibía de mí, yo como su padre espiritual se las daba y lo hacía sentirse tranquilo.

Ninguno de estos muchachos habría venido a mí si no se hubiera sentido diferente. Eran “zapatitos ”, hombres sensibles que buscan el apoyo de Dios para alejarse de sus pecados,  mi labor fue elegirlos para el servicio de Dios. Mis transgresiones fueron pruebas para robustecer sus espíritus. Yo fui el diablo en el desierto, les hablé, los tenté, algunos huyeron aterrados, algunos triunfaron, pero Carlitos me delató.

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Fama y dinero

 

 

 

 

Estamos sentado uno frente al otro.

Hay cosas que agradezco, me dice, mi estatura, ser guapo… y al azar,  haber nacido varón. También por tener encanto para con los hombres, esto es muy importante,  un hombre encantador va construyendo su futuro con buenos amigos   y frecuentando “malas“ mujeres. (sonríe)

Un buen día la suerte me tocó el hombro y todo lo que había aprendido en el arte de ser simpático se convirtió en éxito y dinero. Mi rostro estaba en todas parte, cine , televisión, casinos, clubes. Poco a poco fui adquiriendo el poder que da el dinero … y, por un tiempo,  me montó a un caballo alto y fuerte,  sujetando las riendas para pretender que el dinero no me había hecho arrogante, pero, un el día lo deje suelto …. Desde entonces hago las cosas más horribles y denigrantes a la gente común.

Por ejemplo, en los restaurantes, frente a mis amigos, mi entretenimiento favorito es acosar a las meseras, ellas para conservar su trabajo, se ven obligadas a aceptar mis lascivas sugerencias y las risotadas de mi amigos.

Ando siempre acompañado de dos o tres amigos,  aveces vamos a los restaurantes familiares y  yo, frente a los asombrados ojos de padres y niños, me subo a la silla y desde arriba apunto los terrones el azúcar a  mi taza de café, todo cae en su lugar y a la gente le encanta mi humorada, aunque a ellos no les  está permitido subirse a una silla. (se ríe)

Una  mañana, después de una noche de borrachera,  me subí a la vereda y  maté a una mujer con su hija,  la madre llevaba a su niña al colegio. Un buen abogado con mala conciencia me sacó libre… ( suspira).

Te digo, hay total impunidad, se  logra con cuantiosas donaciones a políticos y jueces. ( sonríe).   Me mira fijamente a los ojos y dice: nada supera la sensación de ser un  empoderado por el dinero, la gente común piensa que el dinero no es lo todo, están equivocados…

La espera

img_0073_2Lunes.

 

Hoy me llamó mi hija: regresa. Esto me lo ha prometido otras veces, ojalá esta vez sea cierto. También me pidió que desaloje su casa, pero los arrendatarios viven allí por años, será  difícil. Le pediré a Margarita que vaya a darles la mala nueva, yo ya estoy vieja para alegatos. Margarita es fortacha.

Va ser bueno conversar con mi hija, le contaré algunas cosas de la familia,  claro que hay  días en que todo me parece irrelevante, al final de cuentas son mis tonteras.

Quiero renovar la casa…

No renuevo nada, esta casa está bien para mí y Margarita. Ella va a tener su casa, me estoy confundiendo.

Hoy por la tarde, Margarita ha regresado de hablar con los arrendatarios. Al parecer, rehúsan irse.  Tendrán que hacerlo, tomaré un abogado si es necesario, mi hija necesita su casa.

Jueves.

Me volvió a llamar mi hija, me dijo que ella llamaría a los arrendatarios desde el extranjero. Mi hija cree que las cosas funcionan aquí tan bien como allá: “Es mi casa, tienen que mudarse si yo, la dueña, la necesita para vivir”. No voy a contradecirla, pero aquí la gente considera como suyo lo prestado.

Al final le entregué el teléfono a la Margarita, ella con su tono conciliatorio y humilde le asegura que los arrendatarios se mudarán.

Promesas, me digo, pero no lo digo en voz alta, no es mi problema.

Domingo.

Otro fin de semana. Ya nadie viene a verme.

Lunes otra vez.

Hoy ha amanecido frío, ya llega el invierno. Más gastos —la estufa, la secadora…—, y la Margarita se pone floja, casi no limpia la casa, pasa el día al lado de la estufa teje y teje. El año pasado tejió calcetas a todos sus nietos, tiene una familia grande y pobre.

Mitad de semana.

El que fuera marido de mi hija me llamó, está furioso porque hemos pedido la casa a los arrendatarios. Le dije que no me dijera nada a mí, yo sigo órdenes de mi hija. “Habla con ella”, y le corté. Como temblaba mucho, la Margarita me hizo recostarme y me trajo un té de manzanilla.

Domingo.

Hoy llamé a mi hija para decirle que los arrendatarios se mudarán en seis meses más, lo establece la ley, entonces ella me dice: “Si es así, trabajaré aquí por otros seis meses”. Una lástima, yo estaba esperanzada con que regresaría pronto.

Se lo cuento a Margarita y ella me contesta: “Mejor así, traerá más platita”. ¡Y qué me importa el dinero! Agarro mi bastón y me voy a mi dormitorio.

A la puerta de calle llega la vecina, las escucho conversar, la Margarita me cree dormida y le confiesa a la vecina que me estoy poniendo mañosa. “Ya llegará su hija y se tranquilizará” le comenta la vecina. “¡¡Mejor que se apure!!”, exclamó la Margarita.

¡Chismosa!… Pero es buena conmigo, me cuida, me lleva de su brazo al centro a comprar las cosas que necesito, aunque, en verdad, ya necesito tan poco… Pero es difícil vivir sin necesidades. Cuando jóvenes, las tenemos; cuando viejos, las creamos para seguir aquí, siendo parte de este mundo.

Otra semana.

Hoy es martes y me duele todo, me quedaré en cama. Me da rabia sentirme así, vieja.

Anhelaba compartir recuerdos con mi hija, pero los olvidaré por ahora. Creo que cuando uno recuerda mucho es porque va perdiendo el presente y se va acercando a la muerte.

Cuando tenía cincuenta años murió mi esposo, entonces pensé mucho en la muerte. Como no vino, me olvidé de ella y viví sola hasta los ochenta y cinco. Luego mi hija, preocupada, insistió en tomar a la Margarita. No ha sido mala compañía, pero es chismosa.

Lluvia.

Llegó el invierno y hace días que vengo soñando con mi juventud, con mis padres, mis hermanos y tíos. Los sueños son tan vívidos que al despertar me cuesta darme cuenta de que soy una anciana.

Soñé que hacía el amor con mi marido y desperté con el corazón encabritado.

Me gusta dormir y soñar, y como ya es invierno me acomodo en el sillón al lado de la estufa y duermo.

Ayer desperté cuando el doctor me auscultaba el pecho. La Margarita lo llamó, está preocupada por mi somnolencia.

“Casi no come, doctor”, le dice la Margarita. Tan exagerada.

Entonces me espabilo y protesto: “Me siento bien, doctor”.

El doctor es joven, tiene las manos suaves y tibias, pero me habla como a un bobo: “Tiene que alimentarse, abuelita”, dice.

“¡Perdón —digo—, yo tengo nietos”.

Me da risa mi salida y me río, el doctor también.

Un día cualquiera.

Hoy me llamó mi hija por la tarde, me dijo que va a tratar de venir a verme. Este anuncio me hizo angustiarme: yo le dije así a mi madre cuando supe que ella se moriría pronto.

“No es necesario —le digo—, faltan solo cuatro meses para tu regreso, déjalo así”.

Mi hija pide hablar con la Margarita.

Un mes más tarde

Estoy dormitando en el sillón, al lado de la estufa, espero el arribo de mi hija… Hay mucha ansiedad en esta espera, como cuando esperaba las vacaciones de verano para ir al campo…Y soy una niña, las mieses de trigo están altas, me rozan la mejilla, es un mar ondulante con perfume a grano maduro… Mi madre me llama desde el corredor de la casa. Voy, luego miro hacia atrás y las mieses dejan de ondular… Todo está muy quieto. De nuevo, la voz de mi madre me apremia a volver a casa.

Recordándote…

 

Siempre me acuerdo de ti.

En mi huerto tus manos

recogen los frutos cada verano y

en la tela de mis vestidos

están  impresos tus recuerdos:

cosas de antepasados y de nuevos retoños.

 

Día a día te recuerdo.

Tu rostro sonríe

en los rostros de otras ancianas.

 

La nostalgia cual una artista

dibuja tu rostro en mis días, y

te has ido.

 

La tarde se va apagando,

como va pasando la vida.

Tú ya no buscas la sombra del árbol en el patio.