Pandemia

 

 

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Mientras yazgo sobre este camastro en el pasillo de un hospital todo lo que no pude ver antes cruza enfrente a mi vista

El mundo se cae a mi alrededor. El mundo, las hojas en los árboles aún están verdes, ninguna de ellas ha caído antes de tiempo, sólo los súper dotados estamos arrinconados, agónicos y asustados a la misma vez, desmoronados frente a un enemigo invisible, letal, que carcome las fundaciones de nuestras sociedades.

Ayer sentados sobre los hombros de gigantes, con vasos de vino brindábamos por el adelanto y el éxito de un futuro resguardado por la tecnológica.

Hoy, de pronto,  he recordado que la sabiduría humana a la perdimos cuatro mil años atrás, a la orilla de dos ríos, poco antes de echar a andar todo esta maquinaría de poder y control.

Hemos llegado a ser inmortales en nuestras cuentas bancarias, imperio tras imperio, mientras más peones tiene el juego más dura  y es más grande es el botín y mientras más adinerados unos pocos, tanto más ignorantes la mayoría.

En este mundo sanitizado me olvidé de que existían y que son más ciertos que cualquier Dios celestial.

Ahora los virus castigan mi arrogancia, están aquí apoderándose de mi carne, llevándose mi vida en este camastro de hospital, sólo pido una tregua, un pequeño espacio para alejarme un paso y dejarlos pasar, sin irme con ellos.

En el día de la mujer

Una niña de amor, un guijarro fértil y delicado, fácil de desmoronar al ser pisado. Cuando ella nació tuvo entre sus brazos la hermosura, el placer y el guijarro.  Su hija, arropada en un paño de franela rosada. Desde ese momento se sintió un hombre diferente, ahora su lado femenino existía en el mundo. Tenía a alguien que iba a necesitar ser más inteligente y perspicaz que él, un algo suyo que debería sobrevivir y crearse, en un mundo ajeno.

Secretos

 

 

Recuerdo el aparador, hecho en madera de los bosques sureños, imponente en la sencillez del comedor, encima, el jarrón de greda, pintado verde, tenía un ramillete de azucenas dibujadas en su vientre redondo, espacioso, donde caían pequeñeces que en algún momento sobraban en las manos.   Un adorno intocable de la abuela como todo lo antiguo, lo pasado.

La luz del sol dejaba ver el polvillo sobre la ovalada mesa del comedor que, desde que murió el abuelo, la familia no ocupaba. A esta pieza se iba como a un museo, sin tocar nada. La foto de dos jóvenes recién casados colgaba al centro de la pared.

Fue mi hermano menor que acercando una silla para hurguetear volcó el jarrón, al ruido acudimos todos. El jarrón roto,  una carta que la abuela se precipitó a recoger del suelo. Nerviosa, temblando nos miró angustiada,  casi llorando. Nunca  descubrimos su secreto.

Un recuerdo de verano

 

 

Es un recuerdo impreso en mi mente,  el momento en que vi la vida terminar por la mano  que ejerce su derecho de animal superior.

Lo apartaban del rebaño el día anterior y nosotros, los niños,  lo adoptábamos  como una mascota pasajera, lo alimentábamos y jugábamos a enredar nuestros dedos en su lana.

A la mañana el tío que vivía con  la abuela, llevando el puñal al cinto, se preparaba para matar.   El  tío iba adelante cargando  el cordero en sus brazos, hasta un potrero.

En la  la anticipación al momento perturbador mi tío se convertía en  un Abraham, el cordero en un niño maniatado de pie y mano,  y  yo, mis ojos cerrados, deseaba por un rayo celestial, una voz desde el cielo  que detuviera  el golpe final.

No lo iba a suceder, para el cordero no había Dios… la sangre brotaba como la llama en un brasero.

Después, de colgar el vellón a secar, mi tío  cargaba su presa hasta la casa. Nosotros, los niños,  al pasar  por el jardín nos deteníamos a cortar flores para  el florero del comedor. Más  tarde se armaba el festín, carne asada, mosto y  la alegría de los  que nos reuníamos, cada verano, en la casa de la abuela.

 

El abrazo de ellas.


Leí en un periódico de a comienzo del siglo veinte la historia del asesinato de dos mujeres mientras dormían en su casa.

Marta, enseñaba lectura en la escuela del pueblo. Rosana, enseñaba bordado y dibujo.
Las jóvenes profesoras se hicieron amigas y a menudo salían de paseo, acompañadas por el novio de Marta.
Rosana era una muchacha soñadora, curiosa pero temerosa, sin sus amigos nunca hubiese entrado a un bar o jugado una partida de naipes.  Su primer foxtrot lo bailó en un salón del barrio bohemio con Marta y sacaron aplausos.
Marta tenía magia, un misterio que la energizaba, la hacia fuerte y , a veces, hasta desafiante de las normas sociales.
Marta mostraba su mente como si fuera un mapa de ruta para llegar a juntársele. Y Rosana se le juntó.

El trece del presente mes, continúa el artículo, el tío de una de la mujeres entró en la casa de las profesoras y al encontrarlas abrazadas en la cama, disparó y mató a ambas jóvenes.  El perpetrador alegó, en su defensa, que su sobrina había usurpado el nombre de su hijo, fallecido, para cometer el acto anómalo de casarse con otra mujer.

El cuarto azul

 

 

El joven huésped les trajo el hoy a dos mujeres de setenta y tantos años cuyo único presente eran los recuerdos del pasados

Arrendó el cuarto azul con vista a la bahía. Catalina la más joven de las  señoras se encargó de prepararle  el desayuno, todas las mañanas.

El joven les dijo que tenía el alma rota y buscaba un lugar tranquilo donde tomar aliento para poder seguir viviendo. Las mujeres se enternecieron con la tristeza del joven, sobretodo Catalina que entre sus canas guardaba energía para  vibrar con la presencia de un hombre joven.

 

Observándola su amiga la advirtió que ese brillo en sus ojos le traería dolor. Tú amaste  en tu vida pero yo, ¿ a quién he amado?, déjame sufrir más tarde que hoy tengo pura alegría.

Mucho sosiego, largas caminatas por la costanera, y la sobremesa con las señoras, fueron subiendo el ánimo al joven.

Y llegó el día en que  la risa coqueta de Catalina, sus deferencias, el rubor de sus mejilla lo hizo maravillarse y sorprendido sintió que la vida le devolvía el encanto a asombrarse pues no podía creerlo, la señora Catalina se había enamorado de él…

Cuando el joven se marchó ellas volvieron a su rutina pero, de cierta manera, el enamoramiento de Catalina les acercó el presente.

 

 

 

 

Sinfonía

 

En la cocina el ajetreo de cocineros y ayudantes era agotador. El aroma a  hierbas y la carne asada embriagaba los sentidos.

En el palacio tendría lugar el concierto del maestro Haydn y la servidumbre se aprontaba a dejar sus quehaceres por un minuto y poder escuchar lo que se denominaba como sinfonía.

Los mozos de mesa revisaban sus libreas y empolvaban sus cuerpo para aquietar los malos olores de sus cuerpos.

En el salón las damas, luciendo hermosos vestidos y altos peinados, los caballeros, lucían sus hermosas casacas  bordadas con hilo de oro y sus pelucas rizadas perfectamente acicaladas.

El primer grupo de sirvientes apareció con las bandejas con vasos estilizadas y llenos de champagne.

El maestro  entró vistiendo su librea, algo suelta sobre su escuálido cuerpo y con disposición alegre saludó,  junto a su orquesta , con una gran reverencia a la noble audiencia.

Los sirvientes detuvieron sus quehaceres, subieron las escalinata hasta la mitad para acercarse al salón y poder escuchar la música. Pero, al volver a sus quehaceres, se dieron cuenta que algo les había conmovido el alma, una mezcla de tempestad  e ímpetu.