Madre hay una sola

En el espejo del baño vio su rostro deformado por el alcohol y se avergonzó, con la mano extendida golpeó con fuerza el espejo y lo quebró, la sangre rodó hasta su muñeca, lavó la herida y se vendó la mano.

En el patio Estelita pedía ayuda. 

Lo último que faltaba…  la niña había salido al patio y la niña le temía al pasto.

Ansiosa fue a la cocina y buscó algo para comer porque la ansiedad se le pasaba masticando, comió tan rápido y tanto que tuvo que regresar a vomitar al baño. Después, exhausta y friolenta se acurrucó en el sillón de la sala y se durmió.

Afuera, Estelita sin moverse continuaba parada sobre el césped, aterrada.

Angustia

 El cielo se iluminaba por la   luz de un rayo que caía a distancia, supongo, en medio del mar.  En la oscuridad de la noche, escuché el toque a mi puerta. Hacia dos días que había oscurecido en mi mundo, la tierra se iba alejando milímetro a milímetro del sol y yo pálida, entumecida, era la única testigo de mi propio fin. 

De nuevo escuché los golpes.  Mi miedo no tenía sentido, ya tenía muy poco que resguardar, quizá sólo unos días más de vida. 

 Abrí la puerta, un hombre viejo entró furtivo a sentarse en el sofá de mi sala. La luz del rayo iluminó su cara y lo vi muy ajado,  delgadísimo y de piel muy blanca…

Soy la Buena Fe, me dijo,  y vengo a quitarte la ilusión. 

Durante 3650 días había mantenido la ilusión, como una planta en el macetero, espera los rayos del sol.

Vi que el hombre miraba la noche por la puerta que había quedado abierta.

Aún tienes ilusión, me dijo burlón,  esa llama que llevas en el cerebro, el anza del sper, estás esperando lo que ya fue,  ¿qué harás?

Años después de una pandemia

En un barrio de Santiago,  Arturito se calienta las manos en el fuego hecho en un medio tambor de lata.

La Rosa ha vuelto del mercado y enjuaga la mascarilla de lienzo en el lavamanos del baño.

En la casa del lado tenemos nuevos vecinos, los viejitos se murieron en la pandemia, así como miles de otros, ahora sus casas  están ocupadas por  parejas de okupas jóvenes con sus crías.

La vida después de 5 años de pandemia es difícil.

Una vez a la semana el equipo médico viene a medirnos los niveles de anticuerpos en la sangre.  Niveles altos logran el permiso para ir a la ciudad a trabajar, en lo que sea,  barrer las calles, recolectar basura, a los más fuertes se los llevaban al campo para trabajos agrícolas.

Yo tengo nada que hacer. Ni para clavar un clavo me llaman…La Rosa habla con la nueva vecina, le enseña como hacer un budín de fideos con huevos… la vecina tiene gallinas , pero, no sabe cocinar.   A veces nos convida huevos… aunque convivir con animales está prohibido; los Chinos no pueden comer murciélagos y nosotros no podemos criar gallinas, en el patio.

Bueno, la Rosa nunca se aburre, es que en tiempos duros a las mujeres les falta el tiempo y a  nosotros nos sobra.

Pandemia

coronavirus,3d render

Mientras yazgo sobre este camastro en el pasillo de un hospital todo lo que vivi cruza en mi mente.

Las hojas en los árboles aún están verdes, ninguna de ellas ha caído antes de tiempo, sólo los súper dotados estamos arrinconados, agónicos y asustados a la misma vez, desmoronados frente a un patógeno invisible, que carcome nuestras sociedades.

Ayer sentados sobre los hombros de gigantes, con vasos de vino brindábamos por el adelanto y el éxito de un futuro resguardado por la tecnológica.

Hoy  he recordado que la sabiduría humana la perdimos cuatro mil años atrás a la orilla de dos ríos, poco antes de echar a andar todo esta maquinaría de poder y mercado.

Imperio tras imperio, mientras más peones tiene el juego más dura  y es más grande es el botín y mientras más adinerados unos pocos, tanto más pobres la mayoría.

En este mundo sanitizado nos olvidamos de los virus  y que son más ciertos que  Dios celestial.

Ahora los virus castigan nuestra arrogancia, está apoderándose de nuestros pulmones, llevándose nuestra vida.

Yo sólo pido una tregua, un pequeño espacio para alejarme un paso y dejarlos pasar, sin irme con ellos.

Pensamiento de un padre, en el día de la Mujer

Una niña de amor, un guijarro fértil y delicado, fácil de desmoronar al ser pisado. Cuando ella nació tuve entre mis brazos, la hermosura, el placer y el guijarro.  Mi hija, arropada en un paño de franela rosada. Desde ese momento me siento un hombre diferente, ahora mi lado femenino existe en el mundo. Tengo a alguien que va a necesitar ser más inteligente y perspicaz que yo, un algo mío que deberá sobrevivir y crearse, en un mundo de hombres.

Secretos

 

 

Recuerdo el aparador, hecho en madera de los bosques sureños, imponente en la sencillez del comedor, encima, el jarrón de greda, pintado verde, tenía un ramillete de azucenas dibujadas en su vientre redondo, espacioso, donde caían pequeñeces que en algún momento sobraban en las manos.   Un adorno intocable de la abuela como todo lo antiguo, lo pasado.

La luz del sol dejaba ver el polvillo sobre la ovalada mesa del comedor que, desde que murió el abuelo, la familia no ocupaba. A esta pieza se iba como a un museo, sin tocar nada. La foto de dos jóvenes recién casados colgaba al centro de la pared.

Fue mi hermano menor que acercando una silla para hurguetear volcó el jarrón, al ruido acudimos todos. El jarrón roto,  una carta que la abuela se precipitó a recoger del suelo. Nerviosa, temblando nos miró angustiada,  casi llorando. Nunca  descubrimos su secreto.

La muerte de un manifestante

 

Cuando las balas le abrieron el pecho dicen que dentro tenia un montón de cosas viejas, cachureos de su vida que ya le pesaban más de la cuenta, había muchas letras sueltas con las que había formado frases nacidas de su corazón, unas hojas de papel donde lo escrito estaba diluido por su sangre, unos pesos que le habían sobrado de tantos años de trabajo y un boleto del tren que había tomado para llegar a la manifestación. Otros  dicen que había dentro de su pecho  una especie de estrella o quizá un sol naciente, como si nunca hubiera abandonado la esperanza de una vida mejor.

Encierre

Todo  de ella me es extra familiar, su olor, su caricia, su mirada y cuando nos saludamos, cada vez,  la misma alegría.  Por la noche entro a instalarme en el sillón frente al televisor; es un mundo dentro de otro mundo, el mío olvidado y el de ella actual.

Presiento todo lo que pasa a su alrededor, antes que pase. Sé si va a pelear con su novio porque  se desprende un olor diferente de su cuerpo que choca con un olor  de él, pelean y yo espero, pronta a defenderla. No es que él me caiga mal, sólo sé donde están mi prioridades. Su novio juega,ocasionalmente, conmigo, hasta que se pone pesado  y tengo que mostrarle los dientes. Ella se enoja conmigo pero  igual voy a su lado, ella es mi seguridad, sé que va estar ahí , como una amiga fiel.

A veces vamos de paseo en el auto y a mi me gusta sacar mi cabeza por la ventana y embriagarme con los olores del mundo, entonces, me siento lanzada de vuelta al mundo de los sentidos, al vértigo de no saber para donde voy, si perderme en un monte o quedarme a su lado.

Su voz me llama a  continuar con nuestro paseo. Soy sólo un perro amarrado a una correa.

Un recuerdo de verano

 

 

Es un recuerdo impreso en mi mente,  el momento en que vi la vida terminar por la mano  que ejerce su derecho de animal superior.

Lo apartaban del rebaño el día anterior y nosotros, los niños,  lo adoptábamos  como una mascota pasajera, lo alimentábamos y jugábamos a enredar nuestros dedos en su lana.

A la mañana el tío que vivía con  la abuela, llevando el puñal al cinto, se preparaba para matar.   El  tío iba adelante cargando  el cordero en sus brazos, hasta un potrero.

En la  la anticipación al momento perturbador mi tío se convertía en  un Abraham, el cordero en un niño maniatado de pie y mano,  y  yo, mis ojos cerrados, deseaba por un rayo celestial, una voz desde el cielo  que detuviera  el golpe final.

No lo iba a suceder, para el cordero no había Dios… la sangre brotaba como la llama en un brasero.

Después, de colgar el vellón a secar, mi tío  cargaba su presa hasta la casa. Nosotros, los niños,  al pasar  por el jardín nos deteníamos a cortar flores para  el florero del comedor. Más  tarde se armaba el festín, carne asada, mosto y  la alegría de los  que nos reuníamos, cada verano, en la casa de la abuela.

 

El abrazo de ellas.


Leí en un periódico de a comienzo del siglo veinte la historia del asesinato de dos mujeres mientras dormían en su casa.

Marta, enseñaba lectura en la escuela del pueblo. Rosana, enseñaba bordado y dibujo.
Las jóvenes profesoras se hicieron amigas y a menudo salían de paseo, acompañadas por el novio de Marta.
Rosana era una muchacha soñadora, curiosa pero temerosa, sin sus amigos nunca hubiese entrado a un bar o jugado una partida de naipes.  Su primer foxtrot lo bailó en un salón del barrio bohemio con Marta y sacaron aplausos.
Marta tenía magia, un misterio que la energizaba, la hacia fuerte y , a veces, hasta desafiante de las normas sociales.
Marta le mostraba su mente como si fuera un mapa de ruta para llegar a juntársele. Y Rosana se le juntó.

El trece del presente mes, continúa el artículo, el tío de una de la mujeres entró en la casa de las profesoras y al encontrarlas abrazadas en la cama, disparó y mató a ambas jóvenes.  El perpetrador alegó en su defensa que su sobrina había usurpado el nombre de su hijo fallecido para cometer el acto anómalo de casarse con otra mujer.

El cuarto azul

El joven huésped llegó a la vida  de dos mujeres de setenta y tantos años cuyo único presente eran los recuerdos del pasados

Arrendó el cuarto azul con vista a la bahía. Catalina la más joven de las  señoras se encargó de prepararle  el desayuno, todas las mañanas.

El joven les dijo que tenía el alma rota y buscaba un lugar tranquilo donde tomar aliento para poder seguir viviendo. Las mujeres se enternecieron con la tristeza del joven, sobretodo Catalina que entre sus canas guardaba energía para  vibrar con la compañía de un hombre joven.

Un día su amiga,observándola la advirtió que ese brillo en sus ojos le traería dolor.

-Tú amaste  en tu vida pero yo, ¿ a quién he amado?, déjame sufrir más tarde que hoy tengo pura alegría.

Mucho sosiego, largas caminatas por la costanera, y la sobremesa con las señoras, fueron subiendo el ánimo al joven.

Y llegó el día en que  la risa coqueta de Catalina, sus deferencias, el rubor de sus mejilla hizo al joven  maravillarse y sorprendido sintió que la vida le devolvía el encanto a asombrarse pues aunque casi no podía creerlo, la señora Catalina se había enamorado de él…

Cuando el joven se marchó ellas volvieron a su rutina, pero, de cierta manera, el joven huésped les acercó el presente.

Sinfonía

 

En la cocina el ajetreo de cocineros y ayudantes era agotador. El aroma a  hierbas y la carne asada embriagaba los sentidos.

En el palacio tendría lugar el concierto del maestro Haydn y la servidumbre se aprontaba a dejar sus quehaceres por un minuto y poder escuchar lo que se denominaba como sinfonía.

Los mozos de mesa revisaban sus libreas y empolvaban sus cuerpo para aquietar los malos olores de sus cuerpos.

En el salón las damas, luciendo hermosos vestidos y altos peinados, los caballeros, lucían sus hermosas casacas  bordadas con hilo de oro y sus pelucas rizadas perfectamente acicaladas.

El primer grupo de sirvientes apareció con las bandejas con vasos estilizadas y llenos de champagne.

El maestro  entró vistiendo su librea, algo suelta sobre su escuálido cuerpo y con disposición alegre saludó,  junto a su orquesta , con una gran reverencia a la noble audiencia.

Los sirvientes detuvieron sus quehaceres, subieron las escalinata hasta la mitad para acercarse al salón y poder escuchar la música. Pero, al volver a sus quehaceres, se dieron cuenta que algo les había conmovido el alma, una mezcla de tempestad  e ímpetu.

 

El rosal

 

 

 

 

El aroma del rosal le recordaba  su juventud.

El regreso del sol… le recordaba su cuerpo joven, terso, sus caderas de curvas ligeramente llenas como una rosa abierta al madurar.

La primavera presagiaba una vida buena…  y los  colores y los aromas  preparaban su cerebro  para  amar.

Los pajarillos estaban alborotados  como su corazón al ver pasar a un  muchacho bello.

La espinas del rosal  le recordaba las heridas de la vida  y su sufrir, porque,  la vida es  un papel  liviano, lleno de palabras…algo que está y  le dice,  anciana junto al rosal .

 

 

 

Minientrada

Sicótico

Un amanecer, Humberto se despertó oyendo el llanto de un crío. Se levantó apurado y corrió al balcón, miró hacia la calle; no había señal de ninguna criatura.

Humberto vivía una vida ordenada y disciplinada, ejercía la profesión de contador. Desde su infancia aceptó sin cuestionar las enseñanzas de sus padres, fue un hijo santurrón, entregado al cuidado de su madre y al afecto de su padre.

Volvió a escuchar el llanto del crío y pensó que estaba volviéndose loco. Entonces decidió salir a dar un paseo por la costanera, el aire del mar lo devolvería a sus sentidos.

Desde la muerte de sus padres sentía que sin la presencia de ellos la vida placentera y sin preocupaciones que tenía no le pertenecía, había sido el trabajo de sus progenitores.

Salió a pasear por la costanera, deteniéndose a cada paso a escuchar el llanto del crío en su cabeza.

Entró a una cafetería sin clientes y, tras ordenar a la mujer un café con leche, se sentó a una mesa a esperar que le sirvieran.

La ausencia de sus padres lo estaba trastornando, su vida solitaria yacía abierta ante él sin trabas ni responsabilidades, y en esta libertad se perdía. Comenzó a sollozar, se inclinó sobre la mesa para ocultar sus lágrimas pero sólo logró voltear la taza de café que la mujer había depositado sobre el mantel.

Se levantó, se limpió los mocos en la manga de la chaqueta y se aproximó como un limosnero al mesón donde estaba la mujer. Esta, ocupada en exprimir naranjas, lo ignoró. Humberto la vio insensible ante su desazón; la observó: el cabello, de un color indefinido, le cubría la frente; tenía los músculos de los brazos tersos y llenos, los pechos fuertes y redondos; la sintió tibia, suave, viva, e incapaz de sofocar su deseo se calentó hasta la médula de los huesos. Descontrolado, saltó por sobre el mesón, volteó la exprimidera, desparramó las naranjas y la crema para el café y enclavó a la mujer con toda su fuerza sobre las baldosas del piso.

Una vez saciado su deseo, se escabulló; tenía un corte en la parte trasera del cuello y la sangre le manchaba la camisa.

Cerca de la costanera había un edificio derruido que servía de albergue a los vagabundos que deambulaban alrededor de la playa. Humberto entró en el edificio y vio una escalera que bajaba al sótano, bajó rápidamente, tenía apuro en borrar sus huellas, quería despistar su acción, estaba asustado de su propia audacia; bajó a tientas, no había luz y cayó en la cuenta de que no sabía si había más espacio para descender, estaba en completa oscuridad. Se sentó en una grada de la escalera; un gemido mal reprimido lo sacudió y las lágrimas rodaron por sus mejillas, estaba angustiado.

Después de un momento se dio cuenta de que quien lloraba era el mismo crío que lo despertó esa mañana, puso más atención y se percató de que lloraba el hombre solitario, el solterón, el que había sido idealizado como un hijo modelo. Lloraba el huérfano del freno paternal, el que al verse libre se transformó en macho en celo y, enceguecido por clamar su derecho a pasar sus genes, entró a la fuerza en las entrañas de la mujer del café…

Lloró como un crío a la puerta de su vida, de pronto comprendió que era un hombre libre, que ninguna enseñanza moral podía protegerlo, que la elección de actuar de una manera u otra era solamente suya.

Estaba a la intemperie, mojado en lágrimas, lleno de remordimientos, acabado. Luego,  se dio cuenta de que no podía  vivir a la intemperie para siempre y lentamente comenzó a subir la escalera.

Afuera, en la calle, la policía había encontrado su rastro.

La Dulce

La Dulce, quedó preñada a los 17, del Toño.

A los dos les dieron la peor pateadura que recuerdo.  Sus padres
se ensañaron en el culo de los chiquillos y el único paso que les permitieron fue el matrimonio.

En verdad, esto no tiene nada de raro. En el barrio,  nos sucedió así a casi todos, la diferencia fue que, ellos, a poco de estar casados,  se ganaron  la lotería.  Cuando lo supe me puse las gafas y me fui al café de Pepín, pedí de todo hasta saciarme y luego llamé a la Dulce y le pedí me pagara la cuenta, la Dulce me dijo que no tenían aún el dinero, entonces ven a firmar un “te debo”, si no  vienes tu  hijo va a nacer tonto.  La Dulce se asustó y  el Toño  también se asustó, al final llegaron juntitos a firmar el “te debo”.

 

Otros del barrio también se aprovecharon y fueron a comer donde Pepín a cuenta de los  suertudos chiquillos. Por otro lado  el Pepín pensó que estaba  de suerte, pero,  un día,  el padre de la Dulce, que era policía, visitó al Pepín para dejarle  en claro que lo que estaba haciendo era ilícito  y sin más  le tiró por la cara los recibos  “ te debo”.

 

Años más tarde iba yo caminando por una calle del barrio residencial cuando escuché una voz conocida Miré y vi al Toño  dentro de un Ferrari con dos pequeños, un cabezón feo y una niña bonita, igual a la Dulce.

Despertada mi curiosidad por saber  de  esta nueva vida de la Dulce y del Toño y  sin tener nada que hacer, se me ocurrió la idea de  espiarlos.   Averigüé la dirección de su casa  y un día desde uno de los árboles en la calle, los espié.  El Toño tomaba un trago mirando la televisión en la sala.  En el  segundo piso estaba la Dulce tirada sobre la cama, miraba al cielo raso, se notaba tensa, de pronto se levantó y agarrando la almohada  comenzó a darle a las cosas sobre los muebles.  El Toño, sobresaltado por el ruido se levantó.  Lo vi aparecer en el dormitorio. La Dulce comenzó a darle al Toño por la cabeza, él le arrebató la almohada y la tiró por la ventana, tenía la mano lista para darle a la Dulce cuando  los niños gritaron “papá, se cayó la almohada”.

 

Me bajé del árbol y me pregunté que le habría pasado a la Dulce.

Al estar cesante yo tenía todo el tiempo del mundo para averiguarlo. Supe que la Dulce  se pegaba arrancadas al balneario y, una tarde, la seguí en mi bicicleta. Cuando llegué al balneario se venía la puesta de sol.   Supuse la encontraría en los autos estacionados a lo largo de la costanera y no me equivoqué. Estaba ahí, escuchando música y fumando. Comencé a pedalear mi bicicleta en frente a su auto, ni me pescó, parecía ida, se me ocurrió tocar la bocina y entonces ella miró.

¿Dulce, te acordai de mí?.

La Dulce, siempre buena onda, se bajó del auto y me dio un abrazo, ¡Tanto tiempo! ¿Qué hací?

Me invitó a sentarme en el auto; después de mirarnos y reírnos de nada le dije, te vi llorar y dejar la cagá en tu casa.

Es que el  Toño me exaspera, todos los fines de semana mirando la tele y en la semana, la tienda, nunca ningún tiempo para mí, ¿entendí?

-¿Y qué querí hacer tú poh?

-Salir con los niños; no sé poh, hacer algo

Abrió la cartera y sacó un papelillo de un polvo blanco y  lo aspiró. – ¡Ay, me deprimo tanto… mira, ya se va el día!   

El sol se hundía como una naranja en el mar…

 

No volví a hablar con ella hasta el día que supe de la muerte del Toño. Lo llevaron  de emergencia al hospital, cada arteria de su cuerpo había colapsado, sobredosis.

Llamé a la Dulce por teléfono.

– “tá la cagá,- me dijo-  y sabí, yo estoy con los tiritones, me cuesta hasta sostenerme en pie, habla con “el camión”.

-Tranquila, aguanta Dulce, ya pasará. Ok, yo voy a hablar con “el camión”. 

 Colgué el teléfono. No hablé con nadie, demasiado peligroso.

Astuto

La rutina se venía repitiendo por mucho tiempo, desde que comenzó a trabajar de jardinero.  Lo inusual  ese día fue encontrar, camino a su trabajo,  a un metro de la entrada de la casa del vecino de su patrón, un celular.

El viejo jardinero lo recogió y rápidamente lo metió en su bolsillo, tuvo la latente sospecha que pertenecía  al  vecino de su patrón,  seguro se le había caído  del bolsillo de atrás.

El día  lo pasó   dividido entre la alegría de su buena suerte  o si ir  a devolver   el  celular.  Lo mejor que encontró  para  aliviar su conciencia fue recordar que su hijo necesitaba uno.  Le serviría a su hijo, pues éste era un pobre carpintero, sin posibilidad de comprarse un celular.

Ya de tarde fue hasta el pequeño taller de carpintería  donde trabajaba su hijo.

El viejo comentó a su hijo que sospechaba  saber  quien lo había perdido.

El hijo viendo el valor del   celular y la cantidad de  datos personales que contenía, dijo, – este celular lo vamos a devolver.-

Al día siguiente el dueño del celular   llegó hasta el pequeño taller. Se mostró sorprendido y encantado  por la honradez  del joven carpintero y le ofreció  la renovación de su casa.

El viejo jardinero, orgullosamente,  menciona  siempre la lección moral  que le dio su hijo,  pero el hijo  sólo  había intuido  trocar  la buena suerte de su padre por  un buen trabajo para él.

El beso

Cuando vi la foto  del beso, en  un magazine de fotografías, la curiosidad se apoderó de mí y  quise conocer al  joven marino que el día   25 de agosto de 1945, en Times Square, había besado sorpresivamente a una chica.   En su busca  fui al barracón de la marina a averiguar .  En el barracón me recibió un suboficial  a quien mostré la foto, el hombre, fuerte y algo obeso, la miró detenidamente y concluyó que era  imposible saber quien era el joven .   Ese día todos besamos a muchas chicas , me dijo.

Salí  algo decepcionado porque me di cuenta que sería una búsqueda inútil, no lo encontraría.

Me encaminé hasta  un bar irlandés para  beber una cerveza y meditar sobre  si debía proseguir en  mi intento de  dar un nombre  al joven marino

Cerca de mí un hombre bebía whiskey y miraba de soslayo la portada de mi revista, al final,  se volvió  hacía mí , noté que los ojos le bailaban, como los de un borracho.

  • Yo lo conozco, me dijo,  apuntando a revista sobre la barra.

Y yo, aunque dudoso,  me interesé en escucharlo.

  •  Era de aquí, o New Jersey , no recuerdo bien.  Se llama John McCabe.

-Me gustaría encontrarlo, dije.

-Vaya a SWWV, NY, y pregunte por John McCabe.

El hombre se volvió a su vaso y se quedó callado, indiferente ahora a mi presencia y a mi revista.

En   SWWV, NY me dieron la dirección de donde podría encontrarlo, su trabajo.  Partí para allá. Iba esperanzado a entrevistarlo, a  que me describiera  su experiencia del beso más largo en  historia

Cuando llegué a Dave´s garaje pregunté por él  y a los pocos minutos vi a un hombre flaco, melenudo y de  barba   acercarse.  Pasó por su overol  su mano antes de estrellar la mía

Le mostré la foto  y cuando le pregunté si  era el  joven marino, él estuvo, por un momento,  a punto de confirmarlo, de decirme que sí, pero dijo,

–   No, ese no soy yo. Me hubiera gustado dar un beso con  pasión viva, por  tantos jóvenes muertos.

Antes de retirarme vi en sus ojos  una chispa…  al menos, un buen recuerdo.

El gringo

 

 

 

En las últimas décadas de siglo diecinueve se apacigua  la Araucanía y se reparte la tierra entre colonos europeos y  chilenos.

Mi abuelo, un advenedizo de quizás qué tierras, se casó con mi abuela, hija de un  español que había sido retribuido con   un predio  por  su participación en la guerra de la pacificación.

Colindante a su fundo  estaban las tierras de Schmidt,  un colono alemán.

Al contrario de mi bisabuelo, cuya prosperidad agrícola le fue siempre elusiva , el alemán prosperó de una manera rápida y eficiente En su fundo  se producían las más grandes gavillas,  cargadas con abundantes  granos de  trigo.

A mi abuelo,  ya cerca de los noventa años, aún le motivaba envidia y asombro la  prosperidad  del vecino de su suegro.  Sin embargo, en esos años, a nadie  se le hubiera ocurrido  pensar que la prosperidad del alemán  se debía a los a centenares de indígenas que trabajan de sol a sol   sus tierras, más bien  lo atribuyeron a un pacto  del gringo con el diablo.

El gringo Schmidt  era arrogante y despiadado con sus inquilinos, no solamente los azotaba a la menor falta sino que violaba a sus mujeres a capricho y si un  celoso  indio protestaba iba a parar a la caldera del molino del fundo.

Me contaba mi abuelo  que  durante la estación  de siembras se veía en  sus tierras a un caballero de poncho y sombrero galopar y   esparcir las semillas, día y noche.

Cuando  llegaron los Jesuitas con la escuela e iglesia para los indios, estos se atrevieron a hablar de su maltrato  con los jóvenes hermanos.  Más que justicia humana querían que el dios de los Jesuitas los libera de maligno poder del gringo.

Fue así,  un día entre todos los indios se raptaron al gringo y lo llevaron hasta la iglesia para  exorcizarlo.

A los rezos de los curas respondió un ruido de aves  y rugidos de fieras.

(Y para sobresalto mío, mi abuelo acompañaba su relato con un golpeo en las tablas)

Los diablos, continuó mi abuelo, se azotaban contra el techo de la iglesia , demonios, camaradas del gringo… la cosa duró por  dos días y dos noches  y dicen que si no hubiera sido por la pureza de los curas  los diablos nos hubieran llevado a  todos …Pero una vez limpio el gringo no pudo rehacer su vida, echaba de menos  a sus demonios,  al final buscó un árbol para ahorcarse. Lo encontraron con la lengua afuera, larga y negra, como  un perro cansado.

 

Azar

Varias situaciones  convergen en  el asesinato a una mujer. Esta situación comienza a la madrugada con unos  inmigrantes, los que  aprovechando la soledad del campus universitario  bebían e intercambiaban bromas y recuerdos,  hablando  de dinero, de sueños, del futuro y de cómo se darían las oportunidades en el nuevo país. Todos enardecidos  por el alcohol y sintiéndose los poderosos de la noche…

Mientras tanto, en su casa, Evangelina  dejó lista la merienda para la colación de su hijo sobre la mesa … luego entró en puntillas a  su dormitorio en busca de su abrigo.  Su marido roncaba muy fuerte y de vez en cuando se acomodaba, algo impaciente a que ella se fuera luego trabajar y volviera el silencio.

El bus pasa las 4.50 am, ella se da 4 minutos y así  llega  a la parada  justo a tiempo, sin tener que esperar, pues,  al cerrar la puerta de su casa, la agarra cada mañana el miedo de ser asaltada.

El bus la dejó a cinco cuadras de la Universidad.

Este barrio era mejor, mejores edificios, pero muy solitario. Lo único que la motivaba a conservar su horario de trabajo era que a las tres de la tarde ya estaba de vueltas en casa para  recibir a su  hijo del colegio y llevar  bien los menesteres domésticos.

El chófer le deseo un buen día.  Evangelina endilgó  hacía la Universidad para  empezar con el  aseo de baños y aulas  para que los profesores y estudiantes.

A unos metros, en el grupo de hombres, uno bostezó y dijo:  es hora de volver  a dormir un poco, estuvieron de acuerdo, pero otro comentó,-  esta noche no hemos “cazado “ nada… –  Se rieron  y miraron a la mujer que se se aproximaba… tarea fácil.

Al hurguetear el bolso de Evangelina encontraron unas escasas monedas y un celular viejo.

La mal querida

Su  amor se quedó como  un remolino de papel  en su mente, giraba y giraba aunque no corriera ningún viento.

Ella lo entrañaba porque la amante cuando quiere olvidar más recuerda y cuando acepta recordar, desea.

Dicen que pasó por el cuartel policial a avisar que iba a ver a su amor y que si  él la rechazaba se mataría.  Nadie  le creyó porque   a esa hora de la mañana nadie  se suicidaba  por amor.

Al mediodía ella se colgó en la torre de la iglesia, a sabiendas que el cerdo no puede mirar al cielo.

El otro

escanear

original M.B.

Humberto pensó que la fiesta se había prolongado demasiado y subió al segundo piso de su casa para acostarse.  Con su mujer se toparon en el pasillo, Amanda salía del dormitorio.

-No digas nada. Has estado toda la velada con esa mujer.  Le dijo y se alejó rápidamente.

Humberto, medio ebrio y con una copa en la mano, la siguió con la mirada, luego  depositó la copa en la mesa del  pasillo y entró a su dormitorio.

Se sacó la chaqueta, se abrió el botón de la camisa y se tiró en la cama. La cabeza le daba vueltas, había bebido demasiado, siempre lo hacía para poder soportar a los amigos de Amanda.

Se acomodó en la cama y entonces, hacia el medio,  palpó por sobre el cubrecama, un objeto. Se le pasó la borrachera.  Se levantó y se miró en el espejo  sacándose la  lengua.

Al pasar frente a la mesa  del pasillo retomó su copa.

Entró al salón guindando el objeto encontrado  en su cama, -miren lo que he  encontrado en nuestra cama.-

Amanda soltó su copa de champagne, los invitados, estupefactos, aguardaron el desenlace.

El grano de azúcar

La montaña estaba lejos y para llegar hasta ella había que sortear a una multitud que transitaba en todas direcciones, como  vías de una autopista en Dubái.  Había tanto movimiento como en una  calle de Shanghái, donde venden esos patos de colores, colgados del techo.

Todo es azaroso y frenético, competitivo e individualista, cada cual con su carga a la espalda rumbo al  nido desde donde , al otro día, todo comienza de nuevo.

El campo es mejor, más tranquilo pero hay que ser práctico y estar donde se produce la comida, porque de eso se trata, moverse enfáticamente por la vida, para alimentar la boca propia y la de los  poderosos, la de esos que nacen alados y pueden volar por el mundo,  malgastando el esfuerzo de tantos.

La montaña estaba más cerca, ya casi podía asir en sus manos el grano de azúcar y echárselo a la espalda….

El Locutor

 A claudia le  llegó la nueva de que su padre trabajaba como locutor en una radio.

Ella  dejó pasar un tiempo antes de mover el dial, pero por fin, una noche, sintonizó la emisora.   La voz del locutor sonó afable, bien timbrada. Claudia ya había olvidado la voz de su padre, no lo veía  desde los diez años.  Al escucharlo, sintió su garganta seca, y agarró el vaso con agua del velador, tomó un sorbo, y luego otro sorbo para tragarse esa amarga saliva que le llenaba la boca. No pudo, la amargura insana persistía, paseándose por cada uno de los rincones de su alma, con autoridad de soberano. 

Apagó la radio y decidió que ya era tarde para un reencuentro.

La niña

 

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La historia comienza en una mañana de primavera. Había en casa un balcón que se abría hacia la quebrada entre dos cerros, en ese balcón me veo en bragas y sin camiseta. Me encantaba disfrutar de esos momentos de libertad, sentir la frescura del aire en mi piel, exponerme a los rayos del sol. Sabía que esa libertad no iba a durar, en unos años mis pechos comenzarían a desarrollarse, pero para eso quedaba tiempo.

Por entonces yo recurría, de vez en cuando, a tretas —como fingir un dolor de estómago— para evitar ir a la escuela y gozar hasta más tarde el calor de mi cama. No me gustaba el colegio, me aburría, lo encontraba todo muy lento y monótono. En el colegio, después de la colación del mediodía —un tachón de leche caliente y pan con manjar o queso—, la profesora nos hacía dormir la siesta. Mi brazo doblado sobre la cubierta del banco me servía de almohada. Recuerdo las ventanas de la sala de clase muy altas y el sol entrando a raudales. Me era imposible dormir, y con un ojo a medio cerrar miraba los tobillos hinchados de la maestra debajo del pupitre, veía su cabeza reposada sobre sus brazos regordetes, entregada a la siesta.

Aquel día estaba en casa, y tendría tiempo para regalonear, me portaría bien, jugaría con mi hermanita menor, y haría cualquier mandado que mamá me pidiera sin rezongar.

Me metí al baño, me esparcí el champú en el pelo y, una vez bien restregado, llamé a mi madre para que me revisara.  Apareció apurada, preocupada de que tanto tiempo desnuda me enfriara; abrió el agua de la ducha y me azuzó a que me enjuagara rápido, luego agarró la toalla y me frotó el pelo para secarlo. Que me lavara los dientes y me apurara en vestirme; si no, me iba a enfermar de verdad me dijo, y salió del baño.

Me gustaba estar con mamá, nos llevábamos bien y me regaloneaba cuando estábamos solas, ese día yo me puse a cargo de mi hermanita y la entretuve con juegos, también le di su leche en mis brazos y la puse a dormir en su camita. Después mi madre me preguntó qué quería almorzar, y como se suponía que yo estaba enferma del estómago, dije: papas cocidas con bistec. Ella se rió:

—Claro, si estás enfermita; lástima, no podrás comer postre, es flan de chocolate.

—Sí puedo; ya me siento mejor.

A eso del mediodía mamá se dio cuenta de que faltaría el pan para el almuerzo y me pidió que fuera a comprarlo, también me dio unos pesos extras porque la había ayudado a cuidar a la bebé. Partí contenta, sentí una sensación de libertad, la de caminar por la calle cuando los otros niños estaban en el colegio. De costumbre, a esa hora yo estaba en la sala de clase, chupando el lápiz y borrando mis garabatos en el cuaderno de caligrafía. Me fui saltando hasta la panadería, imaginando que no volvería más al colegio y me quedaría con mamá, niña para el resto de mi vida.

Regresé a casa con la bolsa de pan y un helado de frutilla en la mano. Al llegar cerca de mi casa tuve un extraño presentimiento. La vecina estaba en la ventana del segundo piso de su casa, la mujer me llamó: ¿y tú no fuiste hoy al colegio? Iba a contestarle cuando escuchamos los gritos de la pelea de mis padres. Corrí hasta mi casa y comencé a golpear frenética la puerta de calle. No me respondían, me puse a llorar y a gritar, la vecina en la ventana amenazó con llamar a la policía. En eso mi padre abrió la puerta, pasé como un rayo delante de él, llamando a mi mamá. La encontré en su dormitorio, con la bebé en brazo, lloraban las dos. En la cara, mi mamá tenía la muestra de una bofeteada. Una terrible rabia me invadió y temblando grité: ¡mamá yo mato a mi papá, yo lo mato!  Mi madre dejó de sollozar y me miró espantada, como si me desconociera. ¡Hija, es tu padre, eso ni lo pienses! Lo dijo tan hondo, tan dramática, que me hizo sentir avergonzada de mi arrebato.  Escuché a mi padre salir dando un portazo. Entonces, a los ocho años, decidí no amar nunca tanto.

Venganza

 

A nuestro alrededor el silencio de la noche, interrumpido por nuestras risas.

Estaba con mi primo Manuel bebiéndonos unas cervezas en el patio de su casa, la noche estaba estrellada y había luna llena en el cielo.

De pronto nos acordamos de Pablo Gómez, de su  trágica muerte.

La noche del accidente también  habíamos estado bebiendo, fumando marihuana y pasándolo bien en la casa.  Pablo era amigo de Manuel, un muchacho algo torpe y dispuesto a desobedecer en casi todo  a su padre para conseguir amigos.

A Manuel se le ocurrió salir a comprar más trago… pero ninguno de los dos estábamos en condiciones  de  conducir.

Ni supimos como pasó pero el auto al doblar una curva se dio tres vueltas y se estrelló contra un árbol en el camino. Manuel y yo salimos ilesos, pero Pablo, tenía la cabeza incrustada en el parabrisas del auto.

-El padre de Pablo Gómez aún nos echa la culpa, dije.

-Me  odia, dijo Manuel.

Me levanté a buscar otra cerveza. Al mirar al fondo oscuro del patio me pareció escuchar un ruido, indiqué a Manuel que se callara, Manuel soltó una carcajada,

-No creo en fantasmas, Pablo está muerto, me dijo entre risas

Entré a la cocina, cogí dos cervezas del refrigerador.  La tía preparaba unos bocadillos y el tío continuaba mirando  la tele.   Al salir de la cocina noté  la puerta de calle entreabierta.

Volví al patio  con las cervezas y me senté en la silla, Manuel estaba sentado frente a mí, de espalda al fondo del patio… nuevamente, me pareció escuchar el crujido de hojas al ser pisadas…

Hay alguien ahí, dije.

Manuel se volvió a mirar.

-No hay nadie.,

No insistí. Cerré los ojos.  Los vecinos del  barrio se dividieron entre los amigos de nuestra familia y los de la familia de Pablo. Los jóvenes también nos dividimos, ahora sólo Manuel y yo nos juntamos.

Abrí los ojos de sopetón. La voz enronquecida de José Gómez me hizo saltar, el hombre tenía un cuchillo en la mano.  Manuel  se levantó de un brinco. Yo me quedé sentado, pero, el viejo Gómez  no venía por mí, saltó sobre Manuel y a horcajadas sobre él le clavaba el cuchillo repetidamente en el cuerpo…. Me lancé a sujetarle la  mano pero el hombre tenía una fuerza increíble, el filo de su cuchillo me hizo un tajo profundo en el antebrazo izquierdo. Tenía que dominarlo pronto o el padre de Pablo clavaría el cuchillo de en el pecho de mi primo, reuniendo toda mi fuerza logré, por fin, sujetarle la mano, torciéndosela.

-“Déjame, déjame”, me pidió y su cuerpo se transformó en algo blando, lo solté porque yo estaba extenuado con la lucha.

El viejo Goméz se levantó, dejó caer el cuchillo y sin mirarme se perdió en la noche, silencioso, tal cual había venido.

Me metí en la casa, buscando ayuda… en la cocina mi tía yacía con cuello rebanad y mi tío se sujetaba las tripas  para que no se le desparramaran  al suelo…

-El maldito José Gómez…

Padre nuestro

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original de María Belén, 9 años

 

 

 

 

 

La casa estaba siempre llena de “tíos”, algunos venían solos, otros con sus mujeres, se sentaban en una mesa colocada bajo la sombra de un árbol a beber vino y a bromear. En un punto de la velada, Sigue leyendo

La instrucción

 

 

Tener ocho años y  ser católica involucraba entrar al mundo  de culpas y deberes.    Sería instruida  para ser fuerte a las tentaciones  de su propia carne y al mal que rondaba por todas partes. Porque el mal como una laucha también  se metía en una casa limpia,  aún  con un gato grande  y cazador, como su padre.

Un año atrás su presencia en el mundo era como una nube blanca que se desliza en el cielo.  Entonces todo era blando, sin aristas , como la almohada donde cada noche reposaba su cabeza de rizos castaños. Sigue leyendo

El diablo en el desierto

img_0067_2Cuando Carlitos vino a mi parroquia era un mocetón muy sensible,  con una sensibilidad difícil de encontrar entre los muchachos de su edad. Se sumó al grupo de los “zapatitos”. Yo  los llamaba así, y les explicaba que era porque ellos sentían en sus pies la comezón de dirigirse a la iglesia

Los “zapatitos” eran, en su mayoría, inocentes mocetones que empezaban a despertar a una sexualidad regulada por normas y expectativas familiares.

Yo sé que en algunos jóvenes tímidos  el impulso sexual es fuerte y reprimido a la vez. Muchos de los muchachos me confesaban, rojos de vergüenza, que se masturbaban constantemente. Pero mis “zapatitos” debían ser fieles sólo a Dios y entender que la benevolencia de Dios por sus pecados se manifestaba  a través de mí, yo los absorbía y los motivaba a ser fuertes frente a la tentación de la carne.

Una vez que los tenía dentro de mi círculo, me dedicaba a mostrarme más como un amigo que como un pastor. Comenzaba con gestos de amistad, como es un apretón en el brazo, un beso muy cerca de los labios, una mano que acariciaba sus muslos mientras los confesaba y, cuando ya éramos amigos, les daba un pequeño toque, jugando, en los genitales.

Carlitos era el más sensual, tenía fantasías con su madre desde que la había escuchado hacer el amor con su padre. En la confesión, arrodillado y con su rostro muy cerca del mío, me habló  de ella, me contó que un día su madre se metió a la sala de  baño cuando él se bañaba y comenzó a restregar su espalda. “Me hablaba como si fuera un bebé, y esto me excitó. Al ver mi erección, ella lanzó un grito de terror y salió corriendo. Nos esquivamos por días. Ella parecía avergonzada; yo, mientras tanto, ¡me masturbaba más que nunca!”. Cuando se levantó tenía su pene duro hacia el lado de la ingle, lo toqué a través de la tela. “Hermoso”, dije, y lo dejé ir… sin penitencia.

Desde ese día Carlitos se transformó en uno de mis favoritos, y comenzamos a mantener largas charlas acerca de la verdadera amistad entre hombres. Yo citaba a Jesús y sus discípulos, le hablaba de culturas en la que los hombres, como signo de amistad, juntan sus penes erectos cual espadas cruzadas. Por otro lado lo amonestaba para que se mantuviera puro, lejos de actos sexuales con muchachas fáciles.

Siempre he pensado que los cultos prosperan si sus miembros aprenden a abrirse y guardar secretos a la vez, y cuando alcancé la total confianza de Carlitos mi mano aliviaba, casi en un ritual, la tensión de su deseo. A veces incluso lo hacía con mi boca.

Carlitos fue aceptando que yo era el cura santito que quería llevarlo a Dios y que lo satisfacía para que no cayera en cosas alejadas de la iglesia.

Yo trabajaba en hacerlo santo, un hombre que dominara sus pensamientos lascivos y así se transformara en un hombre refinado, convocado a servir a Dios. La religión y la filosofía se parecen en que a las dos se llega por un cuestionamiento interior, la diferencia está en que la religión da respuestas y la filosofía abre el espíritu humano a más preguntas. Lo que Carlitos buscaba eran respuestas y las recibía de mí, yo como su padre espiritual se las daba y lo hacía sentirse tranquilo.

Ninguno de estos muchachos habría venido a mí si no se hubiera sentido diferente. Eran “zapatitos ”, hombres sensibles que buscan el apoyo de Dios para alejarse de sus pecados,  mi labor fue elegirlos para el servicio de Dios. Mis transgresiones fueron pruebas para robustecer sus espíritus. Yo fui el diablo en el desierto, les hablé, los tenté, algunos huyeron aterrados, algunos triunfaron, pero Carlitos me delató.

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Fama y dinero

 

 

 

 

Estamos sentado uno frente al otro.

Hay cosas que agradezco, me dice, mi estatura, ser guapo… y al azar,  haber nacido varón. También por tener encanto para con los hombres, esto es muy importante,  un hombre encantador va construyendo su futuro con buenos amigos   y frecuentando “malas“ mujeres. (sonríe)

Un buen día la suerte me tocó el hombro y todo lo que había aprendido en el arte de ser simpático se convirtió en éxito y dinero. Mi rostro estaba en todas parte, cine , televisión, casinos, clubes. Poco a poco fui adquiriendo el poder que da el dinero … y, por un tiempo,  me montó a un caballo alto y fuerte,  sujetando las riendas para pretender que el dinero no me había hecho arrogante, pero, un el día lo deje suelto …. Desde entonces hago las cosas más horribles y denigrantes a la gente común.

Por ejemplo, en los restaurantes, frente a mis amigos, mi entretenimiento favorito es acosar a las meseras, ellas para conservar su trabajo, se ven obligadas a aceptar mis lascivas sugerencias y las risotadas de mi amigos.

Ando siempre acompañado de dos o tres amigos,  aveces vamos a los restaurantes familiares y  yo, frente a los asombrados ojos de padres y niños, me subo a la silla y desde arriba apunto los terrones el azúcar a  mi taza de café, todo cae en su lugar y a la gente le encanta mi humorada, aunque a ellos no les  está permitido subirse a una silla. (se ríe)

Una  mañana, después de una noche de borrachera,  me subí a la vereda y  maté a una mujer con su hija,  la madre llevaba a su niña al colegio. Un buen abogado con mala conciencia me sacó libre… ( suspira).

Te digo, hay total impunidad, se  logra con cuantiosas donaciones a políticos y jueces. ( sonríe).   Me mira fijamente a los ojos y dice: nada supera la sensación de ser un  empoderado por el dinero, la gente común piensa que el dinero no es lo todo, están equivocados…

La espera

img_0073_2Lunes.

 

Hoy me llamó mi hija: regresa. Esto me lo ha prometido otras veces, ojalá esta vez sea cierto. También me pidió que desaloje su casa, pero los arrendatarios viven allí por años, será  difícil. Le pediré a Margarita que vaya a darles la mala nueva, yo ya estoy vieja para alegatos. Margarita es fortacha.

Va ser bueno conversar con mi hija, le contaré algunas cosas de la familia,  claro que hay  días en que todo me parece irrelevante, al final de cuentas son mis tonteras.

Quiero renovar la casa…

No renuevo nada, esta casa está bien para mí y Margarita. Ella va a tener su casa, me estoy confundiendo.

Hoy por la tarde, Margarita ha regresado de hablar con los arrendatarios. Al parecer, rehúsan irse.  Tendrán que hacerlo, tomaré un abogado si es necesario, mi hija necesita su casa.

Jueves.

Me volvió a llamar mi hija, me dijo que ella llamaría a los arrendatarios desde el extranjero. Mi hija cree que las cosas funcionan aquí tan bien como allá: “Es mi casa, tienen que mudarse si yo, la dueña, la necesita para vivir”. No voy a contradecirla, pero aquí la gente considera como suyo lo prestado.

Al final le entregué el teléfono a la Margarita, ella con su tono conciliatorio y humilde le asegura que los arrendatarios se mudarán.

Promesas, me digo, pero no lo digo en voz alta, no es mi problema.

Domingo.

Otro fin de semana. Ya nadie viene a verme.

Lunes otra vez.

Hoy ha amanecido frío, ya llega el invierno. Más gastos —la estufa, la secadora…—, y la Margarita se pone floja, casi no limpia la casa, pasa el día al lado de la estufa teje y teje. El año pasado tejió calcetas a todos sus nietos, tiene una familia grande y pobre.

Mitad de semana.

El que fuera marido de mi hija me llamó, está furioso porque hemos pedido la casa a los arrendatarios. Le dije que no me dijera nada a mí, yo sigo órdenes de mi hija. “Habla con ella”, y le corté. Como temblaba mucho, la Margarita me hizo recostarme y me trajo un té de manzanilla.

Domingo.

Hoy llamé a mi hija para decirle que los arrendatarios se mudarán en seis meses más, lo establece la ley, entonces ella me dice: “Si es así, trabajaré aquí por otros seis meses”. Una lástima, yo estaba esperanzada con que regresaría pronto.

Se lo cuento a Margarita y ella me contesta: “Mejor así, traerá más platita”. ¡Y qué me importa el dinero! Agarro mi bastón y me voy a mi dormitorio.

A la puerta de calle llega la vecina, las escucho conversar, la Margarita me cree dormida y le confiesa a la vecina que me estoy poniendo mañosa. “Ya llegará su hija y se tranquilizará” le comenta la vecina. “¡¡Mejor que se apure!!”, exclamó la Margarita.

¡Chismosa!… Pero es buena conmigo, me cuida, me lleva de su brazo al centro a comprar las cosas que necesito, aunque, en verdad, ya necesito tan poco… Pero es difícil vivir sin necesidades. Cuando jóvenes, las tenemos; cuando viejos, las creamos para seguir aquí, siendo parte de este mundo.

Otra semana.

Hoy es martes y me duele todo, me quedaré en cama. Me da rabia sentirme así, vieja.

Anhelaba compartir recuerdos con mi hija, pero los olvidaré por ahora. Creo que cuando uno recuerda mucho es porque va perdiendo el presente y se va acercando a la muerte.

Cuando tenía cincuenta años murió mi esposo, entonces pensé mucho en la muerte. Como no vino, me olvidé de ella y viví sola hasta los ochenta y cinco. Luego mi hija, preocupada, insistió en tomar a la Margarita. No ha sido mala compañía, pero es chismosa.

Lluvia.

Llegó el invierno y hace días que vengo soñando con mi juventud, con mis padres, mis hermanos y tíos. Los sueños son tan vívidos que al despertar me cuesta darme cuenta de que soy una anciana.

Soñé que hacía el amor con mi marido y desperté con el corazón encabritado.

Me gusta dormir y soñar, y como ya es invierno me acomodo en el sillón al lado de la estufa y duermo.

Ayer desperté cuando el doctor me auscultaba el pecho. La Margarita lo llamó, está preocupada por mi somnolencia.

“Casi no come, doctor”, le dice la Margarita. Tan exagerada.

Entonces me espabilo y protesto: “Me siento bien, doctor”.

El doctor es joven, tiene las manos suaves y tibias, pero me habla como a un bobo: “Tiene que alimentarse, abuelita”, dice.

“¡Perdón —digo—, yo tengo nietos”.

Me da risa mi salida y me río, el doctor también.

Un día cualquiera.

Hoy me llamó mi hija por la tarde, me dijo que va a tratar de venir a verme. Este anuncio me hizo angustiarme: yo le dije así a mi madre cuando supe que ella se moriría pronto.

“No es necesario —le digo—, faltan solo cuatro meses para tu regreso, déjalo así”.

Mi hija pide hablar con la Margarita.

Un mes más tarde

Estoy dormitando en el sillón, al lado de la estufa, espero el arribo de mi hija… Hay mucha ansiedad en esta espera, como cuando esperaba las vacaciones de verano para ir al campo…Y soy una niña, las mieses de trigo están altas, me rozan la mejilla, es un mar ondulante con perfume a grano maduro… Mi madre me llama desde el corredor de la casa. Voy, luego miro hacia atrás y las mieses dejan de ondular… Todo está muy quieto. De nuevo, la voz de mi madre me apremia a volver a casa.

El sueño de Dios

 

Estaba Dios muy aburrido en su nada y se dio cuenta que su espíritu languidecía y con el tiempo moriría si no tenía otro a su semejanza. Dejando vagar su imaginación soñó a un ser como él en un lugar lleno de sol , agua dulce, plantas y animales comestibles; lo imaginó capaz de propagarse por si mismo, lo hizo hermafrodita.  Este ser, a veces macho, a veces hembra, estaba en total compendio consigo mismo, y fue fructífera su propagación por el paraíso.

El sueño soñado por Dios continuó por miles de años. No deseaba despertarse porque disfrutaba ver a estos seres vivir idílicamente en el paraíso y le entretenía mantenerlos bajo su control por medio de prohibiciones, como la de no tocar el árbol de la libertad o morirían.

Sin embargo, presintiendo Dios un explosión demográfica separó las partes sexuales en dos individuos, los hizo únicos e independientes. Mujer y hombre los llamó.

Poco a poco los seres hermafrodita perdieron la capacidad de procrear y desaparecieron del paraíso .

Hombre y mujer ya separados en dos individuos comenzaron a tener una idea entre ellos: escapar del sueño de dios.

Un día cuando el paraíso estaba en la siesta del sueño de Dios, la idea que rondaba en la cabeza de la mujer y del hombre se afianzó en la quietud de la tarde. Juntos caminaron hacia el árbol de la libertad, el árbol de la libertad era muy flexible así que lo sacudieron fuertemente, los pájaros escaparon de las ramas piando y Dios se despertó de su sueño… la nada y el aburrimiento lo volvió a colmar y supo que debería inventar un nuevo sueño.

 

 

 

 

 

La chica mami

 

 

 

La chica mami, era una niña muy glotona y un día fue con su familia a la pizzería. La cocinera que les conocía les sirvió una enorme pizza; alborotada por tan apetitosa merienda la niña la acercó hacia si y, antes que sus padres se dieran cuenta, le ahincó el diente. – Ay, gritó la pizza y, esquivando otra mordida, se elevó por sobre la niña.

La chica mami muy asustada corrió fuera de la pizzería, pero la pizza fue tras de ella, persiguiéndola. La niña bajó por las escalera mecánicas hasta la calle y la pizza detrás de ella.  Nunca había hecho tanto ejercicio, sus piernas respondían bien y se envalentonó a no dejarse atrapar por la un platillo volador de queso, tomate y chorizos que quería estrellarse contra su cara.

Al sacarle ventaja se detuvo a tomar aliento. ¡Fue sólo un mordisquito! se dijo y volvió a correr porque la pizza se aproximaba.

Volvió a la pizzería a esconderse en los brazos de su madre y para su asombro, la pizza en la mesa la esperaba.

 

 

 

De pacotilla

 

 

Inés nació pobre, entre sabanas con olor a cuerpo y manchas de amor en el lienzo.

Creció sabiendo mantener la boca cerrada en las disputas de sus padres y del barrio aprendió a caminar con cautela. Por haber nacido hembra se ajustó a ser inferior desde la cuna.

Se casó con un albañil de pacotilla, un hacedor de todo lo que quedaba inacabado, un hombre que poseía una ventaja sobre Inés, la ser un conformista empedernido, comulgaba con el dicho que lo que no se hace hoy se puede hacer mañana y mañana puede esperar. Maltrataba a Inés porque ésta era la tarea de los hombres, para enrielar a la mujer. Un día dejó de golpearla porque se enamoró de otra.

Inés se fue con sus tres chiquillos a casa de su madre, unas cuadras a la vuelta de la esquina.

Después de la separación Inés comenzó por primera vez a comunicarse con ella misma, se dio cuenta que podía aprender un oficio y trabajar.

Poco a poco la situación económica de Inés fue mejorando, aunque aún vivía en el barrio donde durante los inviernos los viejos y los niños morían de resfriado.

Para ella ese invierno iba a ser mejor , se mudaba al norte con sus chiquillos.

Por meses Inés y sus hijos gozaron con el cambio de suerte y la tranquilidad que da la buena paga.

Una tarde el albañil de pacotilla la contactó para pedirle lo dejará regresar, quería ser un padre para sus hijos.

Inés se lo comentó a su comadre, la comadre la advirtió: sigue siendo el mismo, bueno para nada. Si quieres un hombre  busca uno por conocer y no un diablo conocido. Sin embargo, Inés sabía que el hombre de la comadre no era mejor que su albañil de pacotilla.

Poco a poco Inés comenzó a escuchar la cuitas de su ex marido y al poco tiempo se encontró teniendo un pensamiento rancio: comenzó a creer que el padre de sus hijos había cambiado

La comadre le dijo que se dejara de leseras, la gente no cambia, y mejor se quedara tranquila, sola  con sus hijos.

Pero,finalmente, Inés lo perdonó y   sus hijos, estupefactos, la vieron recibirlo de vueltas.

 

 

Patriarcado

 

 

Octavio habitualmente entraba por el almacén y veía a su padre, al otro lado del mesón.

Ese día su padre estaba muy ofuscado, vociferaba a la sirvienta de la casa que lo miraba muy asustada. Su padre la acusaba de robar del almacén, ella lo negaba, y protestaba con timidez.

Su padre, muy alterado, la arrojó a empujones a la calle. Una vez hecho esto, metió la mano en su bolsillo y le tiró unas monedas.

  • ¡Ladrona!, le gritó

Una de las monedas rodó hasta el pie de Octavio, él la recogió y se la metió en el bolsillo.

 

Su padre estaba tan ofuscado que necesitó sentarse sobre un cajón cerrado de manzanas.

Esa noche Octavio se despertó y bajó en puntilla a la cocina por un refresco.

En la cocina un quejido lo sobresalto, puso atención, provenía del dormitorio de sus padres.

-Los grandes hacen cosas, le había confidenciado un amigo.

Octavio se aproximó a la puerta entreabierta del dormitorio, atisbó dentro de la pieza.   Su padre estaba sobre el cuerpo desnudo de su madre con cuerdas en sus manos…

 

Años más tarde Octavio estaba sentado a la sombra de un árbol, leía. Al levantar la vista vio al director espiritual salir de la oficina del rector, atravesó casi corriendo la distancia que lo separaba y medio sofocado por el nerviosismo le comunicó que debía viajar cuanto antes, su padre lo necesitaba en casa, era urgente.

Su madre había fallecido.  Ahora el pasado quedaba sin voz. Sus recuerdos, irrefutables.

En el bus a casa Octavio limpia el vidrio de la ventana. Poco a poco van volviendo los paisajes familiares…

En el andén su padre lo recibe con un apretón de mano y sin más caminan hasta el auto.

 

-¿Cómo pasó?

 

  • Sedación. No estaba bien, se sentía sola desde que te fuiste de cura.

 

-Seminarista.

 

-Es igual, todos pollerudos.

 

  • ¿Estás seguro que tú no la empujaste?

 

  • ¿Yo?, la quería.

 

-La abusabas.

 

  • ¡Qué cosas dices hijo! Debieras saber lo que les gusta a las mujeres.

-Cállate.

A los suicidas no se les dice misa.

-La misa se hace, tengo todo listo.

Octavio apretó los puños pero no dijo más.

 

Bandurrias

 

Su amiga Isabel le había encontrado novio , Gladys estuvo encantada y propuso organizar una pequeña reunión de amigos para conocerlo.

Por la mañana del día de la reunión Gladys compró flores para hermosear la sala en la que recibiría a sus amigos .

Por la tarde preparó la merienda, después se entregó a acicalarse y eligió un vestido que fuera con su color de piel.

Al atardecer comenzaron a llegar los amigos, saludos y risas auguraron una noche de alegría y calor humano.

Ya estaban todos reunidos cuando un desconocido se unió al grupo. En la sala Gladys lo vio al lado de Isabel.

Tal cual había acordado con su amiga, Gladys se mantuvo a distancia para observarlo mejor. Tuvo que contar su respiración para calmarse ante la belleza del recién llegado, al final tomó coraje; el momento de la presentación había llegado. Pero, al acercarse, los vio tomarse de la mano, y comprendiendo lo que había pasado, a Gladys la conversación en la sala se le transformó en voces de bandurrias que anunciaban un cambio en el tiempo.

La plaga

 

 

 

 

Era verano en un pueblo apícola. El alcalde regordete y perfumado se promovía para una nueva elección electoral. Por donde pasaba dejaba una sonrisa, un apretón de mano, una promesa. Elección tras elección ganaba el municipio, a pesar de que después de cada elección el alcalde se retiraba a sus asuntos para aumentar su fortuna personal.

Este verano había sido precedido un invierno lluvioso, propicio para los huevos del moscardón,- la hembra deposita sus huevos en la tierra húmeda y próximo a la fecha de las votaciones, los moscardones emergieron por miles a la superficie del suelo,  al poco rato formaron una bandada zumbando por todos lados.

Alrededor del pueblo los productores de miel vieron morir sus abejas melíferas atravesadas por el estilete del moscardón.

El alcalde ante este desastre tan cerca a las elecciones, se puso en acción, contrató a fumigadores norteamericanos para que realizaran la erradicación de la plaga.  Los extranjeros trajeron un entreverado de químicos que eliminó, en pocos días, la plaga de moscardones.  El alcalde limpió la ciudad con extrema prontitud y todo quedó aseado para el día de su reelección.  Su pronta acción frente a la plaga borró de la memoria de la gente su reiterada ineficacia. Ganó por mayoría.

De vueltas en su asiento consistorial volvió a lo suyo, a compromisos truchos entre sus constituyentes, malversación de dinero municipal, enriquecimiento personal, todo tan propio de la vida de un alcalde.

A las pocas semanas, fue informado que una extraña enfermedad  atacaba a la gente joven de su comuna,  las mujeres abortaban espontáneamente y los hombres perdían fuerza muscular.   Muy asustado, pidió ayuda,  vinieron doctores, enfermeros y al final se constató que el químico de los gringos, usado contra la plaga, estaba matando a sus votantes y exterminado a las abejas. El departamento de salud pública ordenó la evacuación masiva de sus habitantes, el pueblo se había transformado en una lugar contaminado.

La casa consistorial se clausuró pero en tiempo de elecciones siempre rondan moscardones cerca de sus ventanas.

 

Alienada

 

 

Son las dos de la mañana en una habitación. Cristina no se atreve a prender la luz, se decide a mirar con el rabillo del ojo a su izquierda, ve un bulto pero no está segura, pueden ser solo las frazadas apiladas. Esta noche teme descubrir su soledad y opta por quedarse quieta hasta el amanecer. Sigue leyendo

El exhibicionista

 

 

 

Mis ojos captaron la figura en la entrada del edificio de enfrente, era la figura de un hombre que había descubierto mi ojeada al callejón desde mi ventana , dos pisos más arriba. Sosteniendo mi mirada se tocó la entrepierna y luego bajándose los pantalones me mostró un manojo de su carne.

Sucedió a Perla

 

Roberto, de pie por ocho horas en la línea de la fábrica era como cualquier otro obrero. Quien lo conoció en la fábrica de conservas jamás hubiera sospechado lo que aconteció en su hogar; el único recuerdo que dejó entre sus compañeros fue el de una persona con escaso sentido del humor.

Perla, su esposa, Sigue leyendo

El largo viaje

 

 

Vivía con su padres cerca del río y en sus horas de ocio coleccionaba piedras en la ribera. Las seleccionaba con ojo de buen cateador y las guardaba en una maleta debajo de su cama.

Tenía dieciocho años y supuso que lo que sus padres tenían para mostrar lo habían puesto sobre la mesa en más de una oportunidad. Sigue leyendo

Caracoles

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Me cuesta morir y abandonar a los caracoles en sus caparazones.

Me cuesta ignorar sus cabezas vacilantes al mirarme.

Yo construí la caparazón para que albergaran sus cuerpos.

Hoy me es tan difícil aceptar el rastro de la baba que dejan

sobre el plato de comida que me sirven a diario.

Quiero que  me ayuden a morir mas los caracoles se aíslan en sus caparazones, dejando su rastro de baba al lado de mi cama.

Mujer frente al espejo

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Julia, Julia, por qué estás aquí. Tus dedos largos, tus uñas rojas y este color de oliva en tu rostro, esa sonrisa de labios rojos, amable al resto del mundo.

Afuera, los perros en el basural y los ladrones de manos diestras logran un botín fácil de necias como tú… Sigue leyendo

Cumpleaños surrealista

Isidora poseía una casa grande, la había construido con su trabajo de muchos años y la compartía con su madre de ochenta años, sus hijos, yerno y su nieta que cumplía, este día, un año.

En el salón globos y serpentinas colgaban del techo y Sigue leyendo

Por mis pulgares

 

Vivimos en cuevas de la montaña. Es una montaña de roca ubicada al centro de la selva y nos ha cobijado desde que tenemos memoria.

Estamos cercados por una vegetación exuberante que se enmaraña entre  arboles gigantes. Sigue leyendo

El abrigo marrón

 

Doña Zoila buscó la luz del sol que penetraba por la ventana y colocándose los anteojos se dio a examinar la tela del abrigo marrón; se lo regaló Jacinto muchos años atrás para su primera navidad juntos, ahora, las polillas lo habían dañado.

Doña Zoila dejó el abrigo Sigue leyendo

Bajo el parrón

 

A las once y treinta la policía golpeó a la puerta de su casa. Dagoberto pensó que era Ada, su mujer, que volvía con las compras del mercado.  Los dos policías  le solicitaron pasar, uno extrajo del bolsillo de su casaca una libreta de apuntes y con voz compugida le habló, “Don Dagoberto Carrasco, traigo malas noticias, su señora… a la salida del mercado…, fue instantáneo, el chofer del vehículo se encuentra detenido, pero, hay testigos que corroboran la declaración del chofer, su señora atravesó de sopetón“. Sigue leyendo

El currículo

 

 

 

 

Tengo 12 años ya soy una niña grande. Una tía muy vieja me dijo que a los siete años uno alcanza la capacidad de raciocinar y es cierto, cuando miro para atrás habían cosas que yo no entendía, pero, cualquiera explicación de los adultos, me dejaba tranquila. Sigue leyendo

Amargo

 

 

Lo supe en el trabajo y de pronto me volvió su imagen del viernes recién pasado: nos habíamos cruzado frente al ascensor, él y su mujer se iban, yo con la mía entrábamos al club.

El domingo en la mañana bajó al garaje, Sigue leyendo

Alienada

 

 

Son las dos de la mañana en una habitación. Cristina no se atreve a prender la luz, se decide a mirar con el rabillo del ojo a su izquierda, ve un bulto pero no está segura, pueden ser solo las frazadas apiladas. Esta noche teme descubrir su soledad y opta por quedarse quieta hasta el amanecer. Sigue leyendo

Satchmo

 

 

Satchmo

 

 

 

Recuerdo que estaba nublado, un día de junio. Había llovido y las calles de la feria habían cambiado de color café tierra al castaño pues habían esparcido aserrín para evitar que se formara barro.

En el estand de Ferrocarriles mi padre se paseaba inquieto, esperaba que la pequeña radio funcionara y así poder escuchar el partido Chile-Italia.

Yo entraba y salía. A ratos iba a visitar otros estands, me estaba aburriendo con papá, aunque le había rogado me trajera con él a su trabajo.

Había bullicio y mucha gente visitando la feria de ASIVA, estábamos de fiestas porque el país era anfitrión del mundial del 62.

Recuerdo haber visto un espacio diferente a los estands construidos en madera, estaba cubierto por una carpa y desde temprano unos hombres entraban sillas plegables; esto me llamó la atención, pero luego lo olvidé.

Ya cerca de la hora del partido los visitantes se fueron a sus casas, la feria se quedó vacía, quedamos los cuidadores de los estands y yo…

De pronto escuché una trompeta, el sonido provenía desde la carpa… Me dirigí hasta allí y, con un poco de temor de ser descubierta, levanté el pedazo de lona que colgaba suelto…

En el escenario, un hombre imponente, negro y gordo, estaba sentado en un banquillo alto y soplaba con fuerza la trompeta, inflando sus mejillas como nunca lo había visto hacer…

Fue la primera vez que vi a un africano, primera vez que vi una banda, primera vez que escuché jazz, y primera y única vez que vi a Louis Armstrong.

 

Nochebuena

 

 

Nochebuena

 

 

 

 

En el calendario, colgado en la pared, Sofía ha tachado el día en que vive: 24 de diciembre de 1919. Ella y su marido Antonio, sentados a la mesa del comedor, comen pavo con papas doradas y ensalada.

Antonio bebe un trago de vino y Sigue leyendo

Mapuche, gente de la tierra.

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Aucana, levantándose las faldas, se adentró en el río para sentir el frescor de las aguas aliviar sus adoloridas piernas. A cierta distancia, sus llamas y guanacos pastaban. Su mundo estaba en paz, su vida estaba libre de espíritus malévolos y el sol relucía sobre las musgosas piedras del río. Pero esa tarde, cuando regresó a su aldea, vio una lanza con jirones de lana ensangrentada en la punta, la lanza estaba clavada en la explanada, punto de reunión mapuche, a la sombra de un canelo. Sigue leyendo

Desatando el nudo

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Miguel ha llegado. Saluda a su suegra con un beso en la mejilla.

—Hay que hablarle. Convérsale, Miguel, de cualquier cosa.

En ese momento la enfermera entra a tomar el pulso a la paciente y a revisar el paso del suero.

—¿Algún indicio de que nos escuche?

—Señora, hay que esperar —contesta la enfermera y la guía fuera de la pieza. Sigue leyendo

Minientrada

Amigas

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Esa vez que nos juntamos ella estaba atribulada por un sinfín de problemas, la escuché con atención y traté de encontrar palabras de consuelo.

Salimos a pasear por el parque, cerca de mi casa. En un momento ella se adelantó y cuando  la alcancé le vi la cara angustiada. Me confesó que se sentía cansada de sí misma.

Encendió un cigarro y aspiró muy hondo.

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Suposiciones de Rubén

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A las nueve de la noche apareció el vecino, venía a conversar un poco y tirar unas cartas. Rubén fue de inmediato por ellas y se sentaron a la mesa para jugar a la brisca.

En un momento del juego el vecino le comentó que su mujer lo tenía enfermo de los nervios… Rubén supuso que un día el vecino la mataría.

“Paciencia”, dijo en voz alta refiriéndose a su mala suerte, no había ganado ninguna partida.

“Difícil tenerla”, respondió el vecino refiriéndose a  la actitud de su esposa, y tiró el As de triunfo a la mesa. Sigue leyendo

El guante largo de novia.

 

 

Bob era fuerte, trabajaba en la bodega del supermercado transportando la mercadería. Ilse trabajaba en la caja, era una joven tranquila que se aislaba de las actividades sociales de sus compañeros de trabajo, algunos decían que tenía pareja y un niño, por eso para ella la rutina era de su trabajo a la casa.

A la hora de la colación se sentaba a comer su sándwich en el patio trasero, donde llegaban los camiones con la mercadería, y a veces intercambiaba un hola con Bob. Sigue leyendo

La fotografía

Me acuerdo de su muerte pero no de su funeral. La llevábamos desde su pequeño pueblo al doctor en la ciudad. El conductor del tren avisó a mi padre. El tren parecía una bestia desbocada y él tuvo que avanzar afirmándose en las butacas hasta el carro donde, en una camilla, viajaba la abuela materna. Yo intuí que mi madre sospechaba la noticia. Cuando mi padre regresó yo observé con mis ojos muy abiertos, porque me habían dicho que a los siete años uno comienza a recordar para siempre. Mi padre se inclinó a hablarle al oído; recuerdo su mejilla tersa y bien afeitada, su boca con un bigotillo cuidado, cerca de su oreja, mi madre comenzó un llanto suave para no despertar al bebé que acunaba en sus brazos.

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Líneas paralelas.

 

 

 

 

 

 

 

Mi padre se despide con un beso, me aconseja obedecer a mi madre, se abrocha el abrigo y se va.

Los días pasan rápido y, en menos tiempo de lo que yo imaginé, mi padre regresa contento, relajado, quizá hasta cariñoso con mamá.

Desde su último viaje me percato de que papá comienza a tomar cuidado de su apariencia, viste mejor, se ve más joven. Sigue leyendo

La noche antes del poder

La noche está estrellada, huele a vida renovada, a primavera.

Mañana será un día espectacular, todo está sincronizado y las alianzas confirmadas. Cuando me levante caminaré hacia la gloria del poder.
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El rey Topitzín

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El rey Topitzín

Redivivo de entre ruinas inmemoriales, emergiendo del sepulcro descuartizado por el tiempo, en el corazón de la selva, el rey Topitzín se alzó y con movimientos torpes caminó fuera de su tumba. Sigue leyendo

Santiago

Santiago, dónde te escondes mientras el mundo baila desnudo en tus calles y la esperanza trepa al futuro con múltiples brotes.

Santiago, mago social, despabilado seductor de embustes. Sigue leyendo

La primera pareja

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Adán respiró con dificultad. Sintió mucho calor y mucha sed. La energía cósmica se expandía cual polen por el aire, empujándolo hacia la evolución. Muy debilitado, se arrastró hasta la poza de agua que una vertiente subterránea formaba entre los junquillos. El agua fresca lo revivió un poco, y al levantar la cabeza de la poza notó, por primera vez, en el reflejo del agua, Sigue leyendo

El gato Tú

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original de María Belén 9 años

 

 

 

 

 

 

El gato Tú estaba perdiendo la pelea. Con sus mostachos apuntaba para todos lados, quería huir pero estaba en una situación sin salida. Tenía que mantener su posición de felino y  saltar por el tragaluz de la pieza,  fuera de la pelea. Sigue leyendo

Desaparecido

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La noche aún no aclaraba cuando el gendarme lo arrojó en la celda oscura. Los pasos se alejaron y Francisco comprendió que le daban una tregua. Tenía sed, la lengua seca, iba a enloquecer, necesitaba beber agua.
Con esfuerzo levantó su cabeza del suelo, en un rincón de la celda había un recipiente con agua.

Sintió que un hombre lo asió por debajo los brazos y lo arrastró hasta un camastro.

—Tengo sed…

—Deje el agua, con la electricidad que le aplicaron bebe una gota y se va derecho al cielo…

—Tengo sed…

El colchón de paja del camastro olía a suciedad y humedad, Francisco sintió todo su cuerpo adolorido y un dolor punzante en los intestinos. Cerró los ojos y trató de relajarse.

A pesar de no ver a su compañero, creyó que tenía un testigo a quien relatar lo que estaba ocurriendo, no quería desaparecer sin rastro, como tantos otros.

—Me llamo Francisco Huechumanque Gatica, mi mujer se llama Margarita Coyam y vivo cerca del estero El Gato. El veinticinco de junio mi compadre Froilán ayudó a un muchacho herido de bala, una semana más tarde el muchacho se fue con su herida aún vendada, pero antes de irse nos contó que en la mina abandonada, al otro lado del pueblo, habían asesinado a tiros a más de diez campesinos.

Al día siguiente de la partida de este muchacho, mi compadre y yo fuimos a la mina a constatar su historia.  »No nos pudimos acercar, el olor nos producía náuseas, entonces tuvimos la idea de dar a conocer este atropello y nos fuimos al pueblo en busca de un teléfono para llamar al diario local. Pasaron unos días y pensamos que el diario no nos había creído, nada se publicó. Ahí nos quedamos, esperando.

» Después, una tarde, mi compadre vino a avisarme que debíamos escondernos.

»—Váyase usted, compadre, yo no he hecho nada malo, dar a conocer un atropello no es política, es ser humano…

»Él huyó, y  a mí me agarraron,  así que, por favor, cuando usted salga de esta se lo cuenta … Yo no voy a  desaparecer .“

Con el hablar la fuerza se le iba,  pero aun desfalleciendo sintió la necesidad de saber si había sido escuchado.

—¿Me escuchó, amigo? ¿Me escuchó? Oiga, amigo…

Nadie le contestó, iba a volver a insistir pero escuchó los pasos de los guardias volver por el corredor.

Carol Baines.

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original de mi María Belén, 9 años

Manuel era el guardia del albergue de la iglesia Anglicana donde la joven arrendaba una pieza. Esa noche ella lo saludó al pasar. Manuel admiró el cuerpo esbelto, el pelo rubio de la muchacha y,  como cada vez que la veía, fantaseó tenerla al alcance de su mano. Sigue leyendo

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Bostezo.

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Podríamos conversar, sin embargo nos faltan las palabras. Tenemos muchos pensamientos para compartir y nos quedamos clavados en la luz del día.

Sobre el vidrio de la ventana una mosca se lava la cara.

El sol me pone somnolienta y poco a poco mi deseo de conversar se aquieta, me levanto y como todos los días me voy a dormir la siesta.

El día que Dios escuchó las cuitas

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original dude MB, a los 7 años

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día Dios estaba sentado pensando que ya era hora de actuar. En este mundo celestial, se dijo, vivo solo y aburrido, es hora de sacudir este tedio que  la inactividad me produce. Sigue leyendo