Sinfonía

 

En la cocina el ajetreo de cocineros y ayudantes era agotador. El aroma a  hierbas y la carne asada embriagaba los sentidos.

En el palacio tendría lugar el concierto del maestro Haydn y la servidumbre se aprontaba a dejar sus quehaceres por un minuto y poder escuchar lo que se denominaba como sinfonía.

Los mozos de mesa revisaban sus libreas y empolvaban sus cuerpo para aquietar los malos olores de sus cuerpos.

En el salón las damas, luciendo hermosos vestidos y altos peinados, los caballeros, lucían sus hermosas casacas  bordadas con hilo de oro y sus pelucas rizadas perfectamente acicaladas.

El primer grupo de sirvientes apareció con las bandejas con vasos estilizadas y llenos de champagne.

El maestro  entró vistiendo su librea, algo suelta sobre su escuálido cuerpo y con disposición alegre saludó,  junto a su orquesta , con una gran reverencia a la noble audiencia.

Los sirvientes detuvieron sus quehaceres, subieron las escalinata hasta la mitad para acercarse al salón y poder escuchar la música. Pero, al volver a sus quehaceres, se dieron cuenta que algo les había conmovido el alma, una mezcla de tempestad  e ímpetu.

 

Violento

Violento

Un amanecer, Humberto se despertó oyendo el llanto de un crío. Se levantó apurado y corrió al balcón, miró hacia la calle; no había señal de ninguna criatura.

Humberto vivía una vida ordenada y disciplinada, ejercía la profesión de contador. Desde su infancia aceptó sin cuestionar las enseñanzas de sus padres, fue un hijo santurrón, entregado al cuidado de su madre y al afecto de su padre.

Volvió a escuchar el llanto del crío y pensó que estaba volviéndose loco. Entonces decidió salir a dar un paseo por la costanera, el aire del mar lo devolvería a sus sentidos.

Desde la muerte de sus padres sentía que sin la presencia de ellos la vida placentera y sin preocupaciones que tenía no le pertenecía, había sido el trabajo de sus progenitores.

Salió a pasear por la costanera, deteniéndose a cada paso a escuchar el llanto del crío en su cabeza.

Entró a una cafetería sin clientes y, tras ordenar a la mujer un café con leche, se sentó a una mesa a esperar que le sirvieran.

La ausencia de sus padres lo estaba trastornando, su vida solitaria yacía abierta ante él sin trabas ni responsabilidades, y en esta libertad se perdía. Comenzó a sollozar, se inclinó sobre la mesa para ocultar sus lágrimas pero sólo logró voltear la taza de café que la mujer había depositado sobre el mantel.

Se levantó, se limpió los mocos en la manga de la chaqueta y se aproximó como un limosnero al mesón donde estaba la mujer. Esta, ocupada en exprimir naranjas, lo ignoró. Humberto la vio insensible ante su desazón; la observó: el cabello, de un color indefinido, le cubría la frente; tenía los músculos de los brazos tersos y llenos, los pechos fuertes y redondos; la sintió tibia, suave, viva, e incapaz de sofocar su deseo se calentó hasta la médula de los huesos. Descontrolado, saltó por sobre el mesón, volteó la exprimidera, desparramó las naranjas y la crema para el café y enclavó a la mujer con toda su fuerza sobre las baldosas del piso.

Una vez saciado su deseo, se escabulló; tenía un corte en la parte trasera del cuello y la sangre le manchaba la camisa.

Cerca de la costanera había un edificio derruido que servía de albergue a los vagabundos que deambulaban alrededor de la playa. Humberto entró en el edificio y vio una escalera que bajaba al sótano, bajó rápidamente, tenía apuro en borrar sus huellas, quería despistar su acción, estaba asustado de su propia audacia; bajó a tientas, no había luz y cayó en la cuenta de que no sabía si había más espacio para descender, estaba en completa oscuridad. Se sentó en una grada de la escalera; un gemido mal reprimido lo sacudió y las lágrimas rodaron por sus mejillas, estaba angustiado.

Después de un momento se dio cuenta de que quien lloraba era el mismo crío que lo despertó esa mañana, puso más atención y se percató de que lloraba el hombre solitario, el solterón, el que había sido idealizado como un hijo modelo. Lloraba el huérfano del freno paternal, el que al verse libre se transformó en macho en celo y, enceguecido por clamar su derecho a pasar sus genes, entró a la fuerza en las entrañas de la mujer del café…

Lloró como un crío a la puerta de su vida, de pronto comprendió que era un hombre libre, que ninguna enseñanza moral podía protegerlo, que la elección de actuar de una manera u otra era solamente suya.

Estaba a la intemperie, mojado en lágrimas, lleno de remordimientos, acabado. Luego,  se dio cuenta de que no podía  vivir a la intemperie para siempre y lentamente comenzó a subir la escalera.

Afuera, en la calle, la policía había encontrado su rastro.

La Dulce

La Dulce, quedó preñada a los 17, del Toño.

A los dos les dieron la peor pateadura que recuerdo.  Sus padres
se ensañaron en el culo de los chiquillos y el único paso que les permitieron fue el matrimonio.

En verdad, esto no tiene nada de raro. En el barrio,  nos sucedió así a casi todos, la diferencia fue que, ellos, a poco de estar casados,  se ganaron  la lotería.  Cuando lo supe me puse las gafas y me fui al café de Pepín, pedí de todo hasta saciarme y luego llamé a la Dulce y le pedí me pagara la cuenta, la Dulce me dijo que no tenían aún el dinero, entonces ven a firmar un “te debo”, si no  vienes tu  hijo va a nacer tonto.  La Dulce se asustó y  el Toño  también se asustó, al final llegaron juntitos a firmar el “te debo”.

 

Otros del barrio también se aprovecharon y fueron a comer donde Pepín a cuenta de los  suertudos chiquillos. Por otro lado  el Pepín pensó que estaba  de suerte, pero,  un día,  el padre de la Dulce, que era policía, visitó al Pepín para dejarle  en claro que lo que estaba haciendo era ilícito  y sin más  le tiró por la cara los recibos  “ te debo”.

 

Años más tarde iba yo caminando por una calle del barrio residencial cuando escuché una voz conocida Miré y vi al Toño  dentro de un Ferrari con dos pequeños, un cabezón feo y una niña bonita, igual a la Dulce.

Despertada mi curiosidad por saber  de  esta nueva vida de la Dulce y del Toño y  sin tener nada que hacer, se me ocurrió la idea de  espiarlos.   Averigüé la dirección de su casa  y un día desde uno de los árboles en la calle, los espié.  El Toño tomaba un trago mirando la televisión en la sala.  En el  segundo piso estaba la Dulce tirada sobre la cama, miraba al cielo raso, se notaba tensa, de pronto se levantó y agarrando la almohada  comenzó a darle a las cosas sobre los muebles.  El Toño, sobresaltado por el ruido se levantó.  Lo vi aparecer en el dormitorio. La Dulce comenzó a darle al Toño por la cabeza, él le arrebató la almohada y la tiró por la ventana, tenía la mano lista para darle a la Dulce cuando  los niños gritaron “papá, se cayó la almohada”.

 

Me bajé del árbol y me pregunté que le habría pasado a la Dulce.

Al estar cesante yo tenía todo el tiempo del mundo para averiguarlo. Supe que la Dulce  se pegaba arrancadas al balneario y, una tarde, la seguí en mi bicicleta. Cuando llegué al balneario se venía la puesta de sol.   Supuse la encontraría en los autos estacionados a lo largo de la costanera y no me equivoqué. Estaba ahí, escuchando música y fumando. Comencé a pedalear mi bicicleta en frente a su auto, ni me pescó, parecía ida, se me ocurrió tocar la bocina y entonces ella miró.

¿Dulce, te acordai de mí?.

La Dulce, siempre buena onda, se bajó del auto y me dio un abrazo, ¡Tanto tiempo! ¿Qué hací?

Me invitó a sentarme en el auto; después de mirarnos y reírnos de nada le dije, te vi llorar y dejar la cagá en tu casa.

Es que el  Toño me exaspera, todos los fines de semana mirando la tele y en la semana, la tienda, nunca ningún tiempo para mí, ¿entendí?

-¿Y qué querí hacer tú poh?

-Salir con los niños; no sé poh, hacer algo

Abrió la cartera y sacó un papelillo de un polvo blanco y  lo aspiró. – ¡Ay, me deprimo tanto… mira, ya se va el día!   

El sol se hundía como una naranja en el mar…

 

No volví a hablar con ella hasta el día que supe de la muerte del Toño. Lo llevaron  de emergencia al hospital, cada arteria de su cuerpo había colapsado, sobredosis.

Llamé a la Dulce por teléfono.

– “tá la cagá,- me dijo-  y sabí, yo estoy con los tiritones, me cuesta hasta sostenerme en pie, habla con “el camión”.

-Tranquila, aguanta Dulce, ya pasará. Ok, yo voy a hablar con “el camión”. 

 Colgué el teléfono. No hablé con nadie, demasiado peligroso.

Astuto

 

 

La rutina se venía repitiendo por mucho tiempo, desde que comenzó a trabajar de jardinero.  Lo inusual  de ese día fue encontrar, camino a su trabajo,  a un metro de la entrada de la casa del vecino y casi escondido  debajo del mal estacionado automóvil , un celular.

El viejo jardinero lo recogió y rápidamente lo metió en el bolsillo, tuvo la latente sospecha que pertenecía a los  vecinos de su patrón, pero  no se acercó a la puerta a preguntar.

El día  lo pasó   dividido entre la alegría de su buena suerte  y debatiendo consigo mismo si ir  a averiguar,  a  la casa del lado,  por  el dueño del celular.  Lo mejor que encontró  para  aliviar su conciencia moral fue decidir  que le serviría a su hijo, pues éste era joven, pobre  y entendido en la nueva tecnología.

Ya de tarde fue hasta el pequeño taller de carpintería donde  trabajaba  su hijo. -Este te puede servir, parece caro…

El viejo relató a su hijo su sospecha acerca del posible dueño…-De seguro, preocupado con las renovaciones en su casa , lo habrá extraviado.

El hijo viendo el valor del   celular y la cantidad de  datos personales que contenía, dijo – este celular lo vamos a devolver.-

Al día siguiente el dueño del celular   llegó hasta el pequeño taller. Se mostró sorprendido y encantado  por la honradez  del joven carpintero y le ofreció  la renovación de su casa.

El viejo jardinero, orgullosamente,  menciona  siempre la elección moral  de su hijo,  pero su hijo  sólo intuyó  la posibilidad de cambiar  la suerte de su padre en  un buen trabajo para él.

 

El beso

 

 

Cuando vi la foto  del beso en  un magazine de fotografías, la curiosidad se apoderó de mí y  quise conocer al  joven marino que el día   25 de agosto de 1945, en Times Square, había besado sorpresivamente a una chica.   En su busca  fui al barracón de la marina a averiguar .  En el barracón me recibió un suboficial  a quien mostré la foto, el hombre, fuerte y algo obeso, la miró detenidamente y concluyó que era  imposible saber quien era el joven .   Ese día todos besamos a muchas chicas , me dijo.

Salí  algo decepcionado porque me di cuenta que sería una búsqueda inútil, no lo encontraría.

Me encaminé hasta  un bar irlandés para  beber una cerveza y meditar sobre  si debía proseguir en  mi intento de  dar un nombre  al joven marino

Cerca de mí un hombre bebía whiskey y miraba de soslayo la portada de mi revista, al final,  se volvió  hacía mí , noté que los ojos le bailaban, como los de un borracho.

  • Yo lo conozco, me dijo,  apuntando a revista sobre la barra.

Y yo, aunque dudoso,  me interesé en escucharlo.

  •  Era de aquí, o New Jersey , no recuerdo bien.  Se llama John McCabe.

-Me gustaría encontrarlo, dije.

-Vaya a SWWV, NY, y pregunte por John McCabe.

El hombre se volvió a su vaso y se quedó callado, indiferente ahora a mi presencia y a mi revista.

 

En   SWWV, NY me dieron la dirección de donde podría encontrarlo, su trabajo.  Partí para allá. Iba esperanzado a entrevistarlo, a  que me describiera  su experiencia del beso más largo en  historia

Cuando llegué a Dave´s garaje pregunté por él  y a los pocos minutos vi a un hombre flaco, melenudo y de  barba   acercarse.  Pasó por su overol  su mano antes de estrellar la mía

Le mostré la foto y  lo noté halagado cuando le pregunté si era él, el  joven marino de la foto. Por un momento estuvo a punto de confirmarlo, de decirme que sí, pero luego dijo :   no, ese no soy yo. Pero, ese beso se  dio con  pasión viva, por   tantos jóvenes muertos..

Antes de retirarme vi en sus ojos  una chispa…  al menos, un buen recuerdo.

El gringo

 

 

 

En las últimas décadas de siglo diecinueve se apacigua  la Araucanía y se reparte la tierra entre colonos europeos y  chilenos.

Mi abuelo, un advenedizo de quizás qué tierras, se casó con mi abuela, hija de un  español que había sido retribuido con   un predio  por  su participación en la guerra de la pacificación.

Colindante a su fundo  estaban las tierras de Schmidt,  un colono alemán.

Al contrario de mi bisabuelo, cuya prosperidad agrícola le fue siempre elusiva , el alemán prosperó de una manera rápida y eficiente En su fundo  se producían las más grandes gavillas,  cargadas con abundantes  granos de  trigo.

A mi abuelo,  ya cerca de los noventa años, aún le motivaba envidia y asombro la  prosperidad  del vecino de su suegro.  Sin embargo, en esos años, a nadie  se le hubiera ocurrido  pensar que la prosperidad del alemán  se debía a los a centenares de indígenas que trabajan de sol a sol   sus tierras, más bien  lo atribuyeron a un pacto  del gringo con el diablo.

El gringo Schmidt  era arrogante y despiadado con sus inquilinos, no solamente los azotaba a la menor falta sino que violaba a sus mujeres a capricho y si un  celoso  indio protestaba iba a parar a la caldera del molino del fundo.

Me contaba mi abuelo  que  durante la estación  de siembras se veía en  sus tierras a un caballero de poncho y sombrero galopar y   esparcir las semillas, día y noche.

Cuando  llegaron los Jesuitas con la escuela e iglesia para los indios, estos se atrevieron a hablar de su maltrato  con los jóvenes hermanos.  Más que justicia humana querían que el dios de los Jesuitas los libera de maligno poder del gringo.

Fue así,  un día entre todos los indios se raptaron al gringo y lo llevaron hasta la iglesia para  exorcizarlo.

A los rezos de los curas respondió un ruido de aves  y rugidos de fieras.

(Y para sobresalto mío, mi abuelo acompañaba su relato con un golpeo en las tablas)

Los diablos, continuó mi abuelo, se azotaban contra el techo de la iglesia , demonios, camaradas del gringo… la cosa duró por  dos días y dos noches  y dicen que si no hubiera sido por la pureza de los curas  los diablos nos hubieran llevado a  todos …Pero una vez limpio el gringo no pudo rehacer su vida, echaba de menos  a sus demonios,  al final buscó un árbol para ahorcarse. Lo encontraron con la lengua afuera, larga y negra, como  un perro cansado.

 

El otro

escanear
original M.B.

Humberto pensó que la fiesta se había prolongado demasiado y subió al segundo piso de su casa para acostarse.  Con su mujer se toparon en el pasillo, Amanda salía del dormitorio.

-No digas nada. Has estado toda la velada con esa mujer.  Le dijo y se alejó rápidamente.

Humberto, medio ebrio y con una copa en la mano, la siguió con la mirada, luego  depositó la copa en la mesa del  pasillo y entró a su dormitorio.

Se sacó la chaqueta, se abrió el botón de la camisa y se tiró en la cama. La cabeza le daba vueltas, había bebido demasiado, siempre lo hacía para poder soportar a los amigos de Amanda.

Se acomodó en la cama y entonces, hacia el medio,  palpó por sobre el cubrecama, un objeto. Se le pasó la borrachera.  Se levantó y se miró en el espejo  sacándose la  lengua.

Al pasar frente a la mesa  del pasillo retomó su copa.

Entró al salón guindando el objeto encontrado  en su cama, -miren lo que he  encontrado en nuestra cama.-

Amanda soltó su copa de champagne, los invitados, estupefactos, aguardaron el desenlace.

El grano de azúcar

La montaña estaba lejos y para llegar hasta ella había que sortear a una multitud que transitaba en todas direcciones, como  vías de una autopista en Dubái.  Había tanto movimiento como en una  calle de Shanghái, donde venden esos patos de colores, colgados del techo.

Todo es azaroso y frenético, competitivo e individualista, cada cual con su carga a la espalda rumbo al  nido desde donde , al otro día, todo comienza de nuevo.

El campo es mejor, más tranquilo pero hay que ser práctico y estar donde se produce la comida, porque de eso se trata, moverse enfáticamente por la vida, para alimentar la boca propia y la de los  poderosos, la de esos que nacen alados y pueden volar por el mundo,  malgastando el esfuerzo de tantos.

La montaña estaba más cerca, ya casi podía asir en sus manos el grano de azúcar y echárselo a la espalda….

La niña

 

 700arsenkurbanov-1

 

La historia comienza en una mañana de primavera. Había en casa un balcón que se abría hacia la quebrada entre dos cerros, en ese balcón me veo en bragas y sin camiseta. Me encantaba disfrutar de esos momentos de libertad, sentir la frescura del aire en mi piel, exponerme a los rayos del sol. Sabía que esa libertad no iba a durar, en unos años mis pechos comenzarían a desarrollarse, pero para eso quedaba tiempo.

Por entonces yo recurría, de vez en cuando, a tretas —como fingir un dolor de estómago— para evitar ir a la escuela y gozar hasta más tarde el calor de mi cama. No me gustaba el colegio, me aburría, lo encontraba todo muy lento y monótono. En el colegio, después de la colación del mediodía —un tachón de leche caliente y pan con manjar o queso—, la profesora nos hacía dormir la siesta. Mi brazo doblado sobre la cubierta del banco me servía de almohada. Recuerdo las ventanas de la sala de clase muy altas y el sol entrando a raudales. Me era imposible dormir, y con un ojo a medio cerrar miraba los tobillos hinchados de la maestra debajo del pupitre, veía su cabeza reposada sobre sus brazos regordetes, entregada a la siesta.

Aquel día estaba en casa, y tendría tiempo para regalonear, me portaría bien, jugaría con mi hermanita menor, y haría cualquier mandado que mamá me pidiera sin rezongar.

Me metí al baño, me esparcí el champú en el pelo y, una vez bien restregado, llamé a mi madre para que me revisara.  Apareció apurada, preocupada de que tanto tiempo desnuda me enfriara; abrió el agua de la ducha y me azuzó a que me enjuagara rápido, luego agarró la toalla y me frotó el pelo para secarlo. Que me lavara los dientes y me apurara en vestirme; si no, me iba a enfermar de verdad me dijo, y salió del baño.

Me gustaba estar con mamá, nos llevábamos bien y me regaloneaba cuando estábamos solas, ese día yo me puse a cargo de mi hermanita y la entretuve con juegos, también le di su leche en mis brazos y la puse a dormir en su camita. Después mi madre me preguntó qué quería almorzar, y como se suponía que yo estaba enferma del estómago, dije: papas cocidas con bistec. Ella se rió:

—Claro, si estás enfermita; lástima, no podrás comer postre, es flan de chocolate.

—Sí puedo; ya me siento mejor.

A eso del mediodía mamá se dio cuenta de que faltaría el pan para el almuerzo y me pidió que fuera a comprarlo, también me dio unos pesos extras porque la había ayudado a cuidar a la bebé. Partí contenta, sentí una sensación de libertad, la de caminar por la calle cuando los otros niños estaban en el colegio. De costumbre, a esa hora yo estaba en la sala de clase, chupando el lápiz y borrando mis garabatos en el cuaderno de caligrafía. Me fui saltando hasta la panadería, imaginando que no volvería más al colegio y me quedaría con mamá, niña para el resto de mi vida.

Regresé a casa con la bolsa de pan y un helado de frutilla en la mano. Al llegar cerca de mi casa tuve un extraño presentimiento. La vecina estaba en la ventana del segundo piso de su casa, la mujer me llamó: ¿y tú no fuiste hoy al colegio? Iba a contestarle cuando escuchamos los gritos de la pelea de mis padres. Corrí hasta mi casa y comencé a golpear frenética la puerta de calle. No me respondían, me puse a llorar y a gritar, la vecina en la ventana amenazó con llamar a la policía. En eso mi padre abrió la puerta, pasé como un rayo delante de él, llamando a mi mamá. La encontré en su dormitorio, con la bebé en brazo, lloraban las dos. En la cara, mi mamá tenía la muestra de una bofeteada. Una terrible rabia me invadió y temblando grité: ¡mamá yo mato a mi papá, yo lo mato!  Mi madre dejó de sollozar y me miró espantada, como si me desconociera. ¡Hija, es tu padre, eso ni lo pienses! Lo dijo tan hondo, tan dramática, que me hizo sentir avergonzada de mi arrebato.  Escuché a mi padre salir dando un portazo. Entonces, a los ocho años, decidí no amar nunca tanto.

Venganza

 

A nuestro alrededor el silencio de la noche, interrumpido por nuestras risas.

Estaba con mi primo Manuel bebiéndonos unas cervezas en el patio de su casa, la noche estaba estrellada y había luna llena en el cielo.

De pronto nos acordamos de Pablo Gómez, de su  trágica muerte.

La noche del accidente también  habíamos estado bebiendo, fumando marihuana y pasándolo bien en la casa.  Pablo era amigo de Manuel, un muchacho algo torpe y dispuesto a desobedecer en casi todo  a su padre para conseguir amigos.

A Manuel se le ocurrió salir a comprar más trago… pero ninguno de los dos estábamos en condiciones  de  conducir.

Ni supimos como pasó pero el auto al doblar una curva se dio tres vueltas y se estrelló contra un árbol en el camino. Manuel y yo salimos ilesos, pero Pablo, tenía la cabeza incrustada en el parabrisas del auto.

-El padre de Pablo Gómez aún nos echa la culpa, dije.

-Me  odia, dijo Manuel.

Me levanté a buscar otra cerveza. Al mirar al fondo oscuro del patio me pareció escuchar un ruido, indiqué a Manuel que se callara, Manuel soltó una carcajada,

-No creo en fantasmas, Pablo está muerto, me dijo entre risas

Entré a la cocina, cogí dos cervezas del refrigerador.  La tía preparaba unos bocadillos y el tío continuaba mirando  la tele.   Al salir de la cocina noté  la puerta de calle entreabierta.

Volví al patio  con las cervezas y me senté en la silla, Manuel estaba sentado frente a mí, de espalda al fondo del patio… nuevamente, me pareció escuchar el crujido de hojas al ser pisadas…

Hay alguien ahí, dije.

Manuel se volvió a mirar.

-No hay nadie.,

No insistí. Cerré los ojos.  Los vecinos del  barrio se dividieron entre los amigos de nuestra familia y los de la familia de Pablo. Los jóvenes también nos dividimos, ahora sólo Manuel y yo nos juntamos.

Abrí los ojos de sopetón. La voz enronquecida de José Gómez me hizo saltar, el hombre tenía un cuchillo en la mano.  Manuel  se levantó de un brinco. Yo me quedé sentado, pero, el viejo Gómez  no venía por mí, saltó sobre Manuel y a horcajadas sobre él le clavaba el cuchillo repetidamente en el cuerpo…. Me lancé a sujetarle la  mano pero el hombre tenía una fuerza increíble, el filo de su cuchillo me hizo un tajo profundo en el antebrazo izquierdo. Tenía que dominarlo pronto o el padre de Pablo clavaría el cuchillo de en el pecho de mi primo, reuniendo toda mi fuerza logré, por fin, sujetarle la mano, torciéndosela.

-“Déjame, déjame”, me pidió y su cuerpo se transformó en algo blando, lo solté porque yo estaba extenuado con la lucha.

El viejo Goméz se levantó, dejó caer el cuchillo y sin mirarme se perdió en la noche, silencioso, tal cual había venido.

Me metí en la casa, buscando ayuda… en la cocina mi tía yacía con cuello rebanad y mi tío se sujetaba las tripas  para que no se le desparramaran  al suelo…

-El maldito José Gómez…

La instrucción

 

 

Tener ocho años y  ser católica involucraba entrar al mundo  de culpas y deberes.    Sería instruida  para ser fuerte a las tentaciones  de su propia carne y al mal que rondaba por todas partes. Porque el mal como una laucha también  se metía en una casa limpia,  aún  con un gato grande  y cazador, como su padre.

Un año atrás su presencia en el mundo era como una nube blanca que se desliza en el cielo.  Entonces todo era blando, sin aristas , como la almohada donde cada noche reposaba su cabeza de rizos castaños. Sigue leyendo “La instrucción”

El diablo en el desierto

img_0067_2Cuando Carlitos vino a mi parroquia era un mocetón muy sensible,  con una sensibilidad difícil de encontrar entre los muchachos de su edad. Se sumó al grupo de los “zapatitos”. Yo  los llamaba así, y les explicaba que era porque ellos sentían en sus pies la comezón de dirigirse a la iglesia

Los “zapatitos” eran, en su mayoría, inocentes mocetones que empezaban a despertar a una sexualidad regulada por normas y expectativas familiares.

Yo sé que en algunos jóvenes tímidos  el impulso sexual es fuerte y reprimido a la vez. Muchos de los muchachos me confesaban, rojos de vergüenza, que se masturbaban constantemente. Pero mis “zapatitos” debían ser fieles sólo a Dios y entender que la benevolencia de Dios por sus pecados se manifestaba  a través de mí, yo los absorbía y los motivaba a ser fuertes frente a la tentación de la carne.

Una vez que los tenía dentro de mi círculo, me dedicaba a mostrarme más como un amigo que como un pastor. Comenzaba con gestos de amistad, como es un apretón en el brazo, un beso muy cerca de los labios, una mano que acariciaba sus muslos mientras los confesaba y, cuando ya éramos amigos, les daba un pequeño toque, jugando, en los genitales.

Carlitos era el más sensual, tenía fantasías con su madre desde que la había escuchado hacer el amor con su padre. En la confesión, arrodillado y con su rostro muy cerca del mío, me habló  de ella, me contó que un día su madre se metió a la sala de  baño cuando él se bañaba y comenzó a restregar su espalda. “Me hablaba como si fuera un bebé, y esto me excitó. Al ver mi erección, ella lanzó un grito de terror y salió corriendo. Nos esquivamos por días. Ella parecía avergonzada; yo, mientras tanto, ¡me masturbaba más que nunca!”. Cuando se levantó tenía su pene duro hacia el lado de la ingle, lo toqué a través de la tela. “Hermoso”, dije, y lo dejé ir… sin penitencia.

Desde ese día Carlitos se transformó en uno de mis favoritos, y comenzamos a mantener largas charlas acerca de la verdadera amistad entre hombres. Yo citaba a Jesús y sus discípulos, le hablaba de culturas en la que los hombres, como signo de amistad, juntan sus penes erectos cual espadas cruzadas. Por otro lado lo amonestaba para que se mantuviera puro, lejos de actos sexuales con muchachas fáciles.

Siempre he pensado que los cultos prosperan si sus miembros aprenden a abrirse y guardar secretos a la vez, y cuando alcancé la total confianza de Carlitos mi mano aliviaba, casi en un ritual, la tensión de su deseo. A veces incluso lo hacía con mi boca.

Carlitos fue aceptando que yo era el cura santito que quería llevarlo a Dios y que lo satisfacía para que no cayera en cosas alejadas de la iglesia.

Yo trabajaba en hacerlo santo, un hombre que dominara sus pensamientos lascivos y así se transformara en un hombre refinado, convocado a servir a Dios. La religión y la filosofía se parecen en que a las dos se llega por un cuestionamiento interior, la diferencia está en que la religión da respuestas y la filosofía abre el espíritu humano a más preguntas. Lo que Carlitos buscaba eran respuestas y las recibía de mí, yo como su padre espiritual se las daba y lo hacía sentirse tranquilo.

Ninguno de estos muchachos habría venido a mí si no se hubiera sentido diferente. Eran “zapatitos ”, hombres sensibles que buscan el apoyo de Dios para alejarse de sus pecados,  mi labor fue elegirlos para el servicio de Dios. Mis transgresiones fueron pruebas para robustecer sus espíritus. Yo fui el diablo en el desierto, les hablé, los tenté, algunos huyeron aterrados, algunos triunfaron, pero Carlitos me delató.

Registrado en Safe Creative

Fama y dinero

 

 

 

 

Estamos sentado uno frente al otro.

Hay cosas que agradezco, me dice, mi estatura, ser guapo… y al azar,  haber nacido varón. También por tener encanto para con los hombres, esto es muy importante,  un hombre encantador va construyendo su futuro con buenos amigos   y frecuentando “malas“ mujeres. (sonríe)

Un buen día la suerte me tocó el hombro y todo lo que había aprendido en el arte de ser simpático se convirtió en éxito y dinero. Mi rostro estaba en todas parte, cine , televisión, casinos, clubes. Poco a poco fui adquiriendo el poder que da el dinero … y, por un tiempo,  me montó a un caballo alto y fuerte,  sujetando las riendas para pretender que el dinero no me había hecho arrogante, pero, un el día lo deje suelto …. Desde entonces hago las cosas más horribles y denigrantes a la gente común.

Por ejemplo, en los restaurantes, frente a mis amigos, mi entretenimiento favorito es acosar a las meseras, ellas para conservar su trabajo, se ven obligadas a aceptar mis lascivas sugerencias y las risotadas de mi amigos.

Ando siempre acompañado de dos o tres amigos,  aveces vamos a los restaurantes familiares y  yo, frente a los asombrados ojos de padres y niños, me subo a la silla y desde arriba apunto los terrones el azúcar a  mi taza de café, todo cae en su lugar y a la gente le encanta mi humorada, aunque a ellos no les  está permitido subirse a una silla. (se ríe)

Una  mañana, después de una noche de borrachera,  me subí a la vereda y  maté a una mujer con su hija,  la madre llevaba a su niña al colegio. Un buen abogado con mala conciencia me sacó libre… ( suspira).

Te digo, hay total impunidad, se  logra con cuantiosas donaciones a políticos y jueces. ( sonríe).   Me mira fijamente a los ojos y dice: nada supera la sensación de ser un  empoderado por el dinero, la gente común piensa que el dinero no es lo todo, están equivocados…

La espera

img_0073_2Lunes.

 

Hoy me llamó mi hija: regresa. Esto me lo ha prometido otras veces, ojalá esta vez sea cierto. También me pidió que desaloje su casa, pero los arrendatarios viven allí por años, será  difícil. Le pediré a Margarita que vaya a darles la mala nueva, yo ya estoy vieja para alegatos. Margarita es fortacha.

Va ser bueno conversar con mi hija, le contaré algunas cosas de la familia,  claro que hay  días en que todo me parece irrelevante, al final de cuentas son mis tonteras.

Quiero renovar la casa…

No renuevo nada, esta casa está bien para mí y Margarita. Ella va a tener su casa, me estoy confundiendo.

Hoy por la tarde, Margarita ha regresado de hablar con los arrendatarios. Al parecer, rehúsan irse.  Tendrán que hacerlo, tomaré un abogado si es necesario, mi hija necesita su casa.

Jueves.

Me volvió a llamar mi hija, me dijo que ella llamaría a los arrendatarios desde el extranjero. Mi hija cree que las cosas funcionan aquí tan bien como allá: “Es mi casa, tienen que mudarse si yo, la dueña, la necesita para vivir”. No voy a contradecirla, pero aquí la gente considera como suyo lo prestado.

Al final le entregué el teléfono a la Margarita, ella con su tono conciliatorio y humilde le asegura que los arrendatarios se mudarán.

Promesas, me digo, pero no lo digo en voz alta, no es mi problema.

Domingo.

Otro fin de semana. Ya nadie viene a verme.

Lunes otra vez.

Hoy ha amanecido frío, ya llega el invierno. Más gastos —la estufa, la secadora…—, y la Margarita se pone floja, casi no limpia la casa, pasa el día al lado de la estufa teje y teje. El año pasado tejió calcetas a todos sus nietos, tiene una familia grande y pobre.

Mitad de semana.

El que fuera marido de mi hija me llamó, está furioso porque hemos pedido la casa a los arrendatarios. Le dije que no me dijera nada a mí, yo sigo órdenes de mi hija. “Habla con ella”, y le corté. Como temblaba mucho, la Margarita me hizo recostarme y me trajo un té de manzanilla.

Domingo.

Hoy llamé a mi hija para decirle que los arrendatarios se mudarán en seis meses más, lo establece la ley, entonces ella me dice: “Si es así, trabajaré aquí por otros seis meses”. Una lástima, yo estaba esperanzada con que regresaría pronto.

Se lo cuento a Margarita y ella me contesta: “Mejor así, traerá más platita”. ¡Y qué me importa el dinero! Agarro mi bastón y me voy a mi dormitorio.

A la puerta de calle llega la vecina, las escucho conversar, la Margarita me cree dormida y le confiesa a la vecina que me estoy poniendo mañosa. “Ya llegará su hija y se tranquilizará” le comenta la vecina. “¡¡Mejor que se apure!!”, exclamó la Margarita.

¡Chismosa!… Pero es buena conmigo, me cuida, me lleva de su brazo al centro a comprar las cosas que necesito, aunque, en verdad, ya necesito tan poco… Pero es difícil vivir sin necesidades. Cuando jóvenes, las tenemos; cuando viejos, las creamos para seguir aquí, siendo parte de este mundo.

Otra semana.

Hoy es martes y me duele todo, me quedaré en cama. Me da rabia sentirme así, vieja.

Anhelaba compartir recuerdos con mi hija, pero los olvidaré por ahora. Creo que cuando uno recuerda mucho es porque va perdiendo el presente y se va acercando a la muerte.

Cuando tenía cincuenta años murió mi esposo, entonces pensé mucho en la muerte. Como no vino, me olvidé de ella y viví sola hasta los ochenta y cinco. Luego mi hija, preocupada, insistió en tomar a la Margarita. No ha sido mala compañía, pero es chismosa.

Lluvia.

Llegó el invierno y hace días que vengo soñando con mi juventud, con mis padres, mis hermanos y tíos. Los sueños son tan vívidos que al despertar me cuesta darme cuenta de que soy una anciana.

Soñé que hacía el amor con mi marido y desperté con el corazón encabritado.

Me gusta dormir y soñar, y como ya es invierno me acomodo en el sillón al lado de la estufa y duermo.

Ayer desperté cuando el doctor me auscultaba el pecho. La Margarita lo llamó, está preocupada por mi somnolencia.

“Casi no come, doctor”, le dice la Margarita. Tan exagerada.

Entonces me espabilo y protesto: “Me siento bien, doctor”.

El doctor es joven, tiene las manos suaves y tibias, pero me habla como a un bobo: “Tiene que alimentarse, abuelita”, dice.

“¡Perdón —digo—, yo tengo nietos”.

Me da risa mi salida y me río, el doctor también.

Un día cualquiera.

Hoy me llamó mi hija por la tarde, me dijo que va a tratar de venir a verme. Este anuncio me hizo angustiarme: yo le dije así a mi madre cuando supe que ella se moriría pronto.

“No es necesario —le digo—, faltan solo cuatro meses para tu regreso, déjalo así”.

Mi hija pide hablar con la Margarita.

Un mes más tarde

Estoy dormitando en el sillón, al lado de la estufa, espero el arribo de mi hija… Hay mucha ansiedad en esta espera, como cuando esperaba las vacaciones de verano para ir al campo…Y soy una niña, las mieses de trigo están altas, me rozan la mejilla, es un mar ondulante con perfume a grano maduro… Mi madre me llama desde el corredor de la casa. Voy, luego miro hacia atrás y las mieses dejan de ondular… Todo está muy quieto. De nuevo, la voz de mi madre me apremia a volver a casa.

El sueño de Dios

 

Estaba Dios muy aburrido en su nada y se dio cuenta que su espíritu languidecía y con el tiempo moriría si no tenía otro a su semejanza. Dejando vagar su imaginación soñó a un ser como él en un lugar lleno de sol , agua dulce, plantas y animales comestibles; lo imaginó capaz de propagarse por si mismo, lo hizo hermafrodita.  Este ser, a veces macho, a veces hembra, estaba en total compendio consigo mismo, y fue fructífera su propagación por el paraíso.

El sueño soñado por Dios continuó por miles de años. No deseaba despertarse porque disfrutaba ver a estos seres vivir idílicamente en el paraíso y le entretenía mantenerlos bajo su control por medio de prohibiciones, como la de no tocar el árbol de la libertad o morirían.

Sin embargo, presintiendo Dios un explosión demográfica separó las partes sexuales en dos individuos, los hizo únicos e independientes. Mujer y hombre los llamó.

Poco a poco los seres hermafrodita perdieron la capacidad de procrear y desaparecieron del paraíso .

Hombre y mujer ya separados en dos individuos comenzaron a tener una idea entre ellos: escapar del sueño de dios.

Un día cuando el paraíso estaba en la siesta del sueño de Dios, la idea que rondaba en la cabeza de la mujer y del hombre se afianzó en la quietud de la tarde. Juntos caminaron hacia el árbol de la libertad, el árbol de la libertad era muy flexible así que lo sacudieron fuertemente, los pájaros escaparon de las ramas piando y Dios se despertó de su sueño… la nada y el aburrimiento lo volvió a colmar y supo que debería inventar un nuevo sueño.

 

 

 

 

 

La chica mami

 

 

 

La chica mami, era una niña muy glotona y un día fue con su familia a la pizzería. La cocinera que les conocía les sirvió una enorme pizza; alborotada por tan apetitosa merienda la niña la acercó hacia si y, antes que sus padres se dieran cuenta, le ahincó el diente. – Ay, gritó la pizza y, esquivando otra mordida, se elevó por sobre la niña.

La chica mami muy asustada corrió fuera de la pizzería, pero la pizza fue tras de ella, persiguiéndola. La niña bajó por las escalera mecánicas hasta la calle y la pizza detrás de ella.  Nunca había hecho tanto ejercicio, sus piernas respondían bien y se envalentonó a no dejarse atrapar por la un platillo volador de queso, tomate y chorizos que quería estrellarse contra su cara.

Al sacarle ventaja se detuvo a tomar aliento. ¡Fue sólo un mordisquito! se dijo y volvió a correr porque la pizza se aproximaba.

Volvió a la pizzería a esconderse en los brazos de su madre y para su asombro, la pizza en la mesa la esperaba.

 

 

 

De pacotilla

 

 

Inés nació pobre, entre sabanas con olor a cuerpo y manchas de amor en el lienzo.

Creció sabiendo mantener la boca cerrada en las disputas de sus padres y del barrio aprendió a caminar con cautela. Por haber nacido hembra se ajustó a ser inferior desde la cuna.

Se casó con un albañil de pacotilla, un hacedor de todo lo que quedaba inacabado, un hombre que poseía una ventaja sobre Inés, la ser un conformista empedernido, comulgaba con el dicho que lo que no se hace hoy se puede hacer mañana y mañana puede esperar. Maltrataba a Inés porque ésta era la tarea de los hombres, para enrielar a la mujer. Un día dejó de golpearla porque se enamoró de otra.

Inés se fue con sus tres chiquillos a casa de su madre, unas cuadras a la vuelta de la esquina.

Después de la separación Inés comenzó por primera vez a comunicarse con ella misma, se dio cuenta que podía aprender un oficio y trabajar.

Poco a poco la situación económica de Inés fue mejorando, aunque aún vivía en el barrio donde durante los inviernos los viejos y los niños morían de resfriado.

Para ella ese invierno iba a ser mejor , se mudaba al norte con sus chiquillos.

Por meses Inés y sus hijos gozaron con el cambio de suerte y la tranquilidad que da la buena paga.

Una tarde el albañil de pacotilla la contactó para pedirle lo dejará regresar, quería ser un padre para sus hijos.

Inés se lo comentó a su comadre, la comadre la advirtió: sigue siendo el mismo, bueno para nada. Si quieres un hombre  busca uno por conocer y no un diablo conocido. Sin embargo, Inés sabía que el hombre de la comadre no era mejor que su albañil de pacotilla.

Poco a poco Inés comenzó a escuchar la cuitas de su ex marido y al poco tiempo se encontró teniendo un pensamiento rancio: comenzó a creer que el padre de sus hijos había cambiado

La comadre le dijo que se dejara de leseras, la gente no cambia, y mejor se quedara tranquila, sola  con sus hijos.

Pero,finalmente, Inés lo perdonó y   sus hijos, estupefactos, la vieron recibirlo de vueltas.

 

 

Patriarcado

 

 

Octavio habitualmente entraba por el almacén y veía a su padre, al otro lado del mesón.

Ese día su padre estaba muy ofuscado, vociferaba a la sirvienta de la casa que lo miraba muy asustada. Su padre la acusaba de robar del almacén, ella lo negaba, y protestaba con timidez.

Su padre, muy alterado, la arrojó a empujones a la calle. Una vez hecho esto, metió la mano en su bolsillo y le tiró unas monedas.

  • ¡Ladrona!, le gritó

Una de las monedas rodó hasta el pie de Octavio, él la recogió y se la metió en el bolsillo.

 

Su padre estaba tan ofuscado que necesitó sentarse sobre un cajón cerrado de manzanas.

Esa noche Octavio se despertó y bajó en puntilla a la cocina por un refresco.

En la cocina un quejido lo sobresalto, puso atención, provenía del dormitorio de sus padres.

-Los grandes hacen cosas, le había confidenciado un amigo.

Octavio se aproximó a la puerta entreabierta del dormitorio, atisbó dentro de la pieza.   Su padre estaba sobre el cuerpo desnudo de su madre con cuerdas en sus manos…

 

Años más tarde Octavio estaba sentado a la sombra de un árbol, leía. Al levantar la vista vio al director espiritual salir de la oficina del rector, atravesó casi corriendo la distancia que lo separaba y medio sofocado por el nerviosismo le comunicó que debía viajar cuanto antes, su padre lo necesitaba en casa, era urgente.

Su madre había fallecido.  Ahora el pasado quedaba sin voz. Sus recuerdos, irrefutables.

En el bus a casa Octavio limpia el vidrio de la ventana. Poco a poco van volviendo los paisajes familiares…

En el andén su padre lo recibe con un apretón de mano y sin más caminan hasta el auto.

 

-¿Cómo pasó?

 

  • Sedación. No estaba bien, se sentía sola desde que te fuiste de cura.

 

-Seminarista.

 

-Es igual, todos pollerudos.

 

  • ¿Estás seguro que tú no la empujaste?

 

  • ¿Yo?, la quería.

 

-La abusabas.

 

  • ¡Qué cosas dices hijo! Debieras saber lo que les gusta a las mujeres.

-Cállate.

A los suicidas no se les dice misa.

-La misa se hace, tengo todo listo.

Octavio apretó los puños pero no dijo más.

 

Bandurrias

 

Su amiga Isabel le había encontrado novio , Gladys estuvo encantada y propuso organizar una pequeña reunión de amigos para conocerlo.

Por la mañana del día de la reunión Gladys compró flores para hermosear la sala en la que recibiría a sus amigos .

Por la tarde preparó la merienda, después se entregó a acicalarse y eligió un vestido que fuera con su color de piel.

Al atardecer comenzaron a llegar los amigos, saludos y risas auguraron una noche de alegría y calor humano.

Ya estaban todos reunidos cuando un desconocido se unió al grupo. En la sala Gladys lo vio al lado de Isabel.

Tal cual había acordado con su amiga, Gladys se mantuvo a distancia para observarlo mejor. Tuvo que contar su respiración para calmarse ante la belleza del recién llegado, al final tomó coraje; el momento de la presentación había llegado. Pero, al acercarse, los vio tomarse de la mano, y comprendiendo lo que había pasado, a Gladys la conversación en la sala se le transformó en voces de bandurrias que anunciaban un cambio en el tiempo.

La plaga

 

 

 

 

Era verano en un pueblo apícola. El alcalde regordete y perfumado se promovía para una nueva elección electoral. Por donde pasaba dejaba una sonrisa, un apretón de mano, una promesa. Elección tras elección ganaba el municipio, a pesar de que después de cada elección el alcalde se retiraba a sus asuntos para aumentar su fortuna personal.

Este verano había sido precedido un invierno lluvioso, propicio para los huevos del moscardón,- la hembra deposita sus huevos en la tierra húmeda y próximo a la fecha de las votaciones, los moscardones emergieron por miles a la superficie del suelo,  al poco rato formaron una bandada zumbando por todos lados.

Alrededor del pueblo los productores de miel vieron morir sus abejas melíferas atravesadas por el estilete del moscardón.

El alcalde ante este desastre tan cerca a las elecciones, se puso en acción, contrató a fumigadores norteamericanos para que realizaran la erradicación de la plaga.  Los extranjeros trajeron un entreverado de químicos que eliminó, en pocos días, la plaga de moscardones.  El alcalde limpió la ciudad con extrema prontitud y todo quedó aseado para el día de su reelección.  Su pronta acción frente a la plaga borró de la memoria de la gente su reiterada ineficacia. Ganó por mayoría.

De vueltas en su asiento consistorial volvió a lo suyo, a compromisos truchos entre sus constituyentes, malversación de dinero municipal, enriquecimiento personal, todo tan propio de la vida de un alcalde.

A las pocas semanas, fue informado que una extraña enfermedad  atacaba a la gente joven de su comuna,  las mujeres abortaban espontáneamente y los hombres perdían fuerza muscular.   Muy asustado, pidió ayuda,  vinieron doctores, enfermeros y al final se constató que el químico de los gringos, usado contra la plaga, estaba matando a sus votantes y exterminado a las abejas. El departamento de salud pública ordenó la evacuación masiva de sus habitantes, el pueblo se había transformado en una lugar contaminado.

La casa consistorial se clausuró pero en tiempo de elecciones siempre rondan moscardones cerca de sus ventanas.

 

Alienada

 

 

Son las dos de la mañana en una habitación. Cristina no se atreve a prender la luz, se decide a mirar con el rabillo del ojo a su izquierda, ve un bulto pero no está segura, pueden ser solo las frazadas apiladas. Esta noche teme descubrir su soledad y opta por quedarse quieta hasta el amanecer. Sigue leyendo “Alienada”

El exhibicionista

 

 

 

Mis ojos captaron la figura en la entrada del edificio de enfrente, era la figura de un hombre que había descubierto mi ojeada al callejón desde mi ventana , dos pisos más arriba. Sosteniendo mi mirada se tocó la entrepierna y luego bajándose los pantalones me mostró un manojo de su carne.

Sucedió a Perla

 

Roberto, de pie por ocho horas en la línea de la fábrica era como cualquier otro obrero. Quien lo conoció en la fábrica de conservas jamás hubiera sospechado lo que aconteció en su hogar; el único recuerdo que dejó entre sus compañeros fue el de una persona con escaso sentido del humor.

Perla, su esposa, Sigue leyendo “Sucedió a Perla”

El largo viaje

 

 

Vivía con su padres cerca del río y en sus horas de ocio coleccionaba piedras en la ribera. Las seleccionaba con ojo de buen cateador y las guardaba en una maleta debajo de su cama.

Tenía dieciocho años y supuso que lo que sus padres tenían para mostrar lo habían puesto sobre la mesa en más de una oportunidad. Sigue leyendo “El largo viaje”

Caracoles

image

Me cuesta morir y abandonar a los caracoles en sus caparazones.

Me cuesta ignorar sus cabezas vacilantes al mirarme.

Yo construí la caparazón para que albergaran sus cuerpos.

Hoy me es tan difícil aceptar el rastro de la baba que dejan

sobre el plato de comida que me sirven a diario.

Quiero que  me ayuden a morir mas los caracoles se aíslan en sus caparazones, dejando su rastro de baba al lado de mi cama.

Mujer frente al espejo

        fullsizeoutput_a2a

Julia, Julia, por qué estás aquí. Tus dedos largos, tus uñas rojas y este color de oliva en tu rostro, esa sonrisa de labios rojos, amable al resto del mundo.

Afuera, los perros en el basural y los ladrones de manos diestras logran un botín fácil de necias como tú… Sigue leyendo “Mujer frente al espejo”

Cumpleaños surrealista

Isidora poseía una casa grande, la había construido con su trabajo de muchos años y la compartía con su madre de ochenta años, sus hijos, yerno y su nieta que cumplía, este día, un año.

En el salón globos y serpentinas colgaban del techo y Sigue leyendo “Cumpleaños surrealista”

Por mis pulgares

 

Vivimos en cuevas de la montaña. Es una montaña de roca ubicada al centro de la selva y nos ha cobijado desde que tenemos memoria.

Estamos cercados por una vegetación exuberante que se enmaraña entre  arboles gigantes. Sigue leyendo “Por mis pulgares”

El abrigo marrón

 

Doña Zoila buscó la luz del sol que penetraba por la ventana y colocándose los anteojos se dio a examinar la tela del abrigo marrón; se lo regaló Jacinto muchos años atrás para su primera navidad juntos, ahora, las polillas lo habían dañado.

Doña Zoila dejó el abrigo Sigue leyendo “El abrigo marrón”

Bajo el parrón

 

A las once y treinta la policía golpeó a la puerta de su casa. Dagoberto pensó que era Ada, su mujer, que volvía con las compras del mercado.  Los dos policías  le solicitaron pasar, uno extrajo del bolsillo de su casaca una libreta de apuntes y con voz compugida le habló, “Don Dagoberto Carrasco, traigo malas noticias, su señora… a la salida del mercado…, fue instantáneo, el chofer del vehículo se encuentra detenido, pero, hay testigos que corroboran la declaración del chofer, su señora atravesó de sopetón“. Sigue leyendo “Bajo el parrón”

El currículo

 

 

 

 

Tengo 12 años ya soy una niña grande. Una tía muy vieja me dijo que a los siete años uno alcanza la capacidad de raciocinar y es cierto, cuando miro para atrás habían cosas que yo no entendía, pero, cualquiera explicación de los adultos, me dejaba tranquila. Sigue leyendo “El currículo”

Amargo

 

 

Lo supe en el trabajo y de pronto me volvió su imagen del viernes recién pasado: nos habíamos cruzado frente al ascensor, él y su mujer se iban, yo con la mía entrábamos al club.

El domingo en la mañana bajó al garaje, Sigue leyendo “Amargo”

Alienada

 

 

Son las dos de la mañana en una habitación. Cristina no se atreve a prender la luz, se decide a mirar con el rabillo del ojo a su izquierda, ve un bulto pero no está segura, pueden ser solo las frazadas apiladas. Esta noche teme descubrir su soledad y opta por quedarse quieta hasta el amanecer. Sigue leyendo “Alienada”

Satchmo

 

 

Satchmo

 

 

 

Recuerdo que estaba nublado, un día de junio. Había llovido y las calles de la feria habían cambiado de color café tierra al castaño pues habían esparcido aserrín para evitar que se formara barro.

En el estand de Ferrocarriles mi padre se paseaba inquieto, esperaba que la pequeña radio funcionara y así poder escuchar el partido Chile-Italia.

Yo entraba y salía. A ratos iba a visitar otros estands, me estaba aburriendo con papá, aunque le había rogado me trajera con él a su trabajo.

Había bullicio y mucha gente visitando la feria de ASIVA, estábamos de fiestas porque el país era anfitrión del mundial del 62.

Recuerdo haber visto un espacio diferente a los estands construidos en madera, estaba cubierto por una carpa y desde temprano unos hombres entraban sillas plegables; esto me llamó la atención, pero luego lo olvidé.

Ya cerca de la hora del partido los visitantes se fueron a sus casas, la feria se quedó vacía, quedamos los cuidadores de los estands y yo…

De pronto escuché una trompeta, el sonido provenía desde la carpa… Me dirigí hasta allí y, con un poco de temor de ser descubierta, levanté el pedazo de lona que colgaba suelto…

En el escenario, un hombre imponente, negro y gordo, estaba sentado en un banquillo alto y soplaba con fuerza la trompeta, inflando sus mejillas como nunca lo había visto hacer…

Fue la primera vez que vi a un africano, primera vez que vi una banda, primera vez que escuché jazz, y primera y única vez que vi a Louis Armstrong.

 

Nochebuena

 

 

Nochebuena

 

 

 

 

En el calendario, colgado en la pared, Sofía ha tachado el día en que vive: 24 de diciembre de 1919. Ella y su marido Antonio, sentados a la mesa del comedor, comen pavo con papas doradas y ensalada.

Antonio bebe un trago de vino y Sigue leyendo “Nochebuena”

Mapuche, gente de la tierra.

1289173505322_f

 

 

Aucana, levantándose las faldas, se adentró en el río para sentir el frescor de las aguas aliviar sus adoloridas piernas. A cierta distancia, sus llamas y guanacos pastaban. Su mundo estaba en paz, su vida estaba libre de espíritus malévolos y el sol relucía sobre las musgosas piedras del río. Pero esa tarde, cuando regresó a su aldea, vio una lanza con jirones de lana ensangrentada en la punta, la lanza estaba clavada en la explanada, punto de reunión mapuche, a la sombra de un canelo. Sigue leyendo “Mapuche, gente de la tierra.”

Desatando el nudo

enfermo-en-cama1

 

Miguel ha llegado. Saluda a su suegra con un beso en la mejilla.

—Hay que hablarle. Convérsale, Miguel, de cualquier cosa.

En ese momento la enfermera entra a tomar el pulso a la paciente y a revisar el paso del suero.

—¿Algún indicio de que nos escuche?

—Señora, hay que esperar —contesta la enfermera y la guía fuera de la pieza. Sigue leyendo “Desatando el nudo”

Amigas

 

pablo-picasso-woman-with-a-hairnet-1956-color-transfer-on-zinc-1368423366_org

Esa vez que nos juntamos ella estaba atribulada por un sinfín de problemas, la escuché con atención y traté de encontrar palabras de consuelo.

Salimos a pasear por el parque, cerca de mi casa. En un momento ella se adelantó y cuando  la alcancé le vi la cara angustiada. Me confesó que se sentía cansada de sí misma.

Encendió un cigarro y aspiró muy hondo. Sigue leyendo “Amigas”

Suposiciones de Rubén

fullsizeoutput_a42

A las nueve de la noche apareció el vecino, venía a conversar un poco y tirar unas cartas. Rubén fue de inmediato por ellas y se sentaron a la mesa para jugar a la brisca.

En un momento del juego el vecino le comentó que su mujer lo tenía enfermo de los nervios… Rubén supuso que un día el vecino la mataría.

“Paciencia”, dijo en voz alta refiriéndose a su mala suerte, no había ganado ninguna partida.

“Difícil tenerla”, respondió el vecino refiriéndose a  la actitud de su esposa, y tiró el As de triunfo a la mesa. Sigue leyendo “Suposiciones de Rubén”

El guante largo de novia.

 

 

Bob era fuerte, trabajaba en la bodega del supermercado transportando la mercadería. Ilse trabajaba en la caja, era una joven tranquila que se aislaba de las actividades sociales de sus compañeros de trabajo, algunos decían que tenía pareja y un niño, por eso para ella la rutina era de su trabajo a la casa.

A la hora de la colación se sentaba a comer su sándwich en el patio trasero, donde llegaban los camiones con la mercadería, y a veces intercambiaba un hola con Bob. Sigue leyendo “El guante largo de novia.”

La fotografía

 

 

 

Me acuerdo de su muerte pero no de su funeral. La llevábamos desde su pequeño pueblo al doctor en la ciudad. El conductor del tren avisó a mi padre. El tren parecía una bestia desbocada y él tuvo que avanzar afirmándose en las butacas hasta el carro donde, en una camilla, viajaba la abuela materna. Yo intuí que mi madre sospechaba la noticia. Cuando mi padre regresó yo observé con mis ojos muy abiertos, porque me habían dicho que a los siete años uno comienza a recordar para siempre. Mi padre se inclinó a hablarle al oído; recuerdo su mejilla tersa y bien afeitada, su boca con un bigotillo cuidado, mi madre comenzó un llanto suave para no despertar al bebé que acunaba en sus brazos. Sigue leyendo “La fotografía”

Líneas paralelas.

 

 

 

 

 

 

 

Mi padre se despide con un beso, me aconseja obedecer a mi madre, se abrocha el abrigo y se va.

Los días pasan rápido y, en menos tiempo de lo que yo imaginé, mi padre regresa contento, relajado, quizá hasta cariñoso con mamá.

Desde su último viaje me percato de que papá comienza a tomar cuidado de su apariencia, viste mejor, se ve más joven. Sigue leyendo “Líneas paralelas.”

La noche antes del poder

La noche está estrellada, huele a vida renovada, a primavera.

Mañana será un día espectacular, todo está sincronizado y las alianzas confirmadas. Cuando me levante caminaré hacia la gloria del poder.
Sigue leyendo “La noche antes del poder”

El rey Topitzín

fullsizeoutput_a32

El rey Topitzín

Redivivo de entre ruinas inmemoriales, emergiendo del sepulcro descuartizado por el tiempo, en el corazón de la selva, el rey Topitzín se alzó y con movimientos torpes caminó fuera de su tumba. Sigue leyendo “El rey Topitzín”

La primera pareja

img_0017Adán.

Adán respiró con dificultad. Sintió mucho calor y mucha sed. La energía cósmica se expandía cual polen por el aire, empujándolo hacia la evolución. Muy debilitado, se arrastró hasta la poza de agua que una vertiente subterránea formaba entre los junquillos. El agua fresca lo revivió un poco, y al levantar la cabeza de la poza notó, por primera vez, en el reflejo del agua, Sigue leyendo “La primera pareja”

Desaparecido

img_0072_2

 

 

 

 

 

La noche aún no aclaraba cuando el gendarme lo arrojó en la celda oscura. Los pasos se alejaron y Francisco comprendió que le daban una tregua. Tenía sed, la lengua seca, iba a enloquecer, necesitaba beber agua.
Con esfuerzo levantó su cabeza del suelo, en un rincón de la celda había un recipiente con agua.

Sintió que un hombre lo asió por debajo los brazos y lo arrastró hasta un camastro.

—Tengo sed…

—Deje el agua, con la electricidad que le aplicaron bebe una gota y se va derecho al cielo…

—Tengo sed…

El colchón de paja del camastro olía a suciedad y humedad, Francisco sintió todo su cuerpo adolorido y un dolor punzante en los intestinos. Cerró los ojos y trató de relajarse.

A pesar de no ver a su compañero, creyó que tenía un testigo a quien relatar lo que estaba ocurriendo, no quería desaparecer sin rastro, como tantos otros.

—Me llamo Francisco Huechumanque Gatica, mi mujer se llama Margarita Coyam y vivo cerca del estero El Gato. El veinticinco de junio mi compadre Froilán ayudó a un muchacho herido de bala, una semana más tarde el muchacho se fue con su herida aún vendada, pero antes de irse nos contó que en la mina abandonada, al otro lado del pueblo, habían asesinado a tiros a más de diez campesinos.

Al día siguiente de la partida de este muchacho, mi compadre y yo fuimos a la mina a constatar su historia.  »No nos pudimos acercar, el olor nos producía náuseas, entonces tuvimos la idea de dar a conocer este atropello y nos fuimos al pueblo en busca de un teléfono para llamar al diario local. Pasaron unos días y pensamos que el diario no nos había creído, nada se publicó. Ahí nos quedamos, esperando.

» Después, una tarde, mi compadre vino a avisarme que debíamos escondernos.

»—Váyase usted, compadre, yo no he hecho nada malo, dar a conocer un atropello no es política, es ser humano…

»Él huyó, y  a mí me agarraron,  así que, por favor, cuando usted salga de esta se lo cuenta … Yo no voy a  desaparecer .“

Con el hablar la fuerza se le iba,  pero aun desfalleciendo sintió la necesidad de saber si había sido escuchado.

—¿Me escuchó, amigo? ¿Me escuchó? Oiga, amigo…

Nadie le contestó, iba a volver a insistir pero escuchó los pasos de los guardias volver por el corredor.

Carol Baines.

img_1282
original de mi María Belén, 9 años

Manuel era el guardia del albergue de la iglesia Anglicana donde la joven arrendaba una pieza. Esa noche ella lo saludó al pasar. Manuel admiró el cuerpo esbelto, el pelo rubio de la muchacha y,  como cada vez que la veía, fantaseó tenerla al alcance de su mano. Sigue leyendo “Carol Baines.”

Bostezo.

escanear-33

 

Podríamos conversar, sin embargo nos faltan las palabras. Tenemos muchos pensamientos para compartir y nos quedamos clavados en la luz del día.

Sobre el vidrio de la ventana una mosca se lava la cara.

El sol me pone somnolienta y poco a poco mi deseo de conversar se aquieta, me levanto y como todos los días me voy a dormir la siesta.

El día que Dios escuchó las cuitas

escanear
original dude MB, a los 7 años

 

 

 

 

 

 

 

 

Un día Dios estaba sentado pensando que ya era hora de actuar. En este mundo celestial, se dijo, vivo solo y aburrido, es hora de sacudir este tedio que  la inactividad me produce. Sigue leyendo “El día que Dios escuchó las cuitas”

A %d blogueros les gusta esto: