El Gallo

El gallo dejó caer el ala frente a la estatua y levantó la cresta en un remolinar de pluma. La más bella diosa de la galería sostenía entre sus finas manos, sobre su vientre redondo y la media luna de sus pechos, a la gallina de los huevos de oro. 

Una buena razón

Cambios climáticos, pestilencias y muerte,

la radiación secó los fluidos de mi cuerpo 

encogiéndome a una partícula.

 El diamante de la creación a punto de extinción.

La violencia es el arma para sobrevivir, 

ojos crueles y egoístas espían por presa,

a estómago saciado. 

Tormentas me arrastran por suelo,  

el animal quebrado muere rezagado.

Violencia

La luz rompe la oscuridad

las nubes chocan

la lluvia golpea la tierra

el sol prende la rama

el viento atiza

La rabia mueve la mano

el golpe rompe la boca

la patada machuca

La palabra clava 

la mirada desprecia

el engaño degrada

la avaricia descrimina

el abrazo aprieta

Pasajeros de la vida

A tientas avanzamos

por la historia,

hasta el tiempo sin ruido.

Los duendes atrapan el pasado,

pronostican el futuro,

y dejan el presente ignorado.

Somos un momento fugaz

sin registro en las pupilas.

Malas noticias.

La luz de la mañana iluminó el dormitorio. Un moscardón madrugador rompió el silencio sobre la cabeza de Eloy Pizarro, se levantó en calzoncillos, tomó la jarra de agua y la vació en el lavatorio. Se lavó la cara, las axilas y se secó con la toalla.  De la repisa sacó la peineta, agarró la camisa y del suelo sus pantalones.  Luego salió a inspeccionar sus repollos  

La calle de enfrente a su chacra lo llevaba al Dimeno, un almacén que visitaba cuando tenía que comprar provisiones y vender sus hortalizas. La dueña, Doña Marta, era una especie de amiga que lo conocía de toda la vida. 

Eloy miró el cielo. Si llovía, se iría al diablo su siembra.  Decidió ir a lo de Marta a negociar el precio. Salió mascando una hojita de menta para endulzar su aliento. Al llegar al almacén vio a Marta al otro lado del mesón pelando habas. Tenía la televisión encendida sin prestar atención al noticiario. Unos jóvenes habían asaltado un cajero automático.  Al poco rato entraron dos hombres con placa y preguntaron  por un tal Eloy Pizarro.  

Eloy, al escuchar la pregunta se puso muy tenso, cruzó su mirada con Marta. Ella entendió. 

El loro en la pieza del motel

La billetera sobre el velador, la chaqueta en el respaldo de la silla y el loro dentro la jaula cerca de la ventana.  

El hombre, con los pantalones y calzoncillos abajo, abrazado a la almohada en un solitario frenesí. 

La cama del motel crujiendo bajo su peso, y el loro preguntando: qué pasa ahí, qué pasa ahí.  

El hombre lanza un grito desgarrador y el loro abre sus alas, golpeándolas contra las barras de la jaula, qué pasa ahí, qué pasa ahí. 

 El hombre se tiende de espaldas y se queda mirando fijamente la mancha húmeda dibujada en el cielo raso. 

 El loro, sin respuesta.

Femicidio

Mujer ten cuidado,

el mal revivido entra a tu aposento,

hay lágrimas en tus ojos …

Nadie debe  traer de vueltas un tiempo de dolor. 

Tus vísceras se rompen,

 y el agrio sabor a la amargura 

te llena la boca

No  se acerque, 

 no golpeé a tu puerta.

No recibas su presencia 

encadenada a hábitos, ya olvidados.

Hombre

Albañil,

con maestría levantas la casa

donde habita mi amor.

Tu boca aviva mi cuerpo, 

el reloj vuelve su espalda, 

 y el mundo se desvanece en mi mente.

 Tu grito escucho en 

la liviandad del sexo disfrutado…

luego,

te liberas de mi abrazo,

mustio y desarmado,  te vas…

La otra cara

 

La llama del fuego

 ilumina el cielo 

 y engaña a la mariposa.

Sombría la vida

impone sus reglas

en el cuartel de las normas.

Persiguiendo mi suerte 

sobrepaso el confín  

y apuesto por los juegos.

A mi puerta

se abre la noche

excitando el deseo.

Sacrilegios arcaicos

reverdecen en las sombras

y se añejan en el día.

Faustino

Conocí a Faustino en mi nuevo trabajo, era hijo de italianos, de Vicenza. Un gordo regalón de cincuenta años que vivía con sus padres. Admirador de “La guerra de las galaxias“, soñaba con invertir en el mercado inmobiliario  y dejar de trabajar.  Estaba a cargo de emitir cheques a los clientes y cometía errores que causaban caos en el sistema, a las amonestaciones del jefe contestaba nerviosamente con excusas que nadie entendía, y para pretender que no le importaba la reprimenda, en cuanto el jefe se daba la vuelta, lanzaba su consabida frase, vaya con la fuerza.

Su escritorio estaba junto al de Juanita, una mujer desagradable, tan gorda como él, pero muy eficiente, a pesar de jugar al solitario en sus hora de trabajo. Ella Había sido amiga de Faustino, pero terminó detestando su desprolijidad y flojera, lo tenía en la mira y él se daba cuenta, por eso creo, la usaba como blanco de sus chuscadas.   En la oficina, todas las mujeres, veían a Faustino como un bobo, su humor pueril sobre Juanita las incomodada, temían transformarse también en el objeto de sus payasadas. 

Los colegas teníamos la costumbre de ir al pub el último viernes del mes, por unas cervezas, Faustino nunca participaba, él no bebía, su enorme barriga se debía a la abundante comida italiana  que su madre le cocinaba. Un día me sorprendió con una cajita de colación, su madre la había preparado para mí, la acepté porque no supe decir no, me dio lástima, mi flaqueza me convirtió en su amigo; la mayor parte del tiempo. Sin embargo,  cuando  su madre me envía una “cajita“ almorzábamos juntos. Su conversación comenzaba con sus proyectos para hacer dinero en el mercado inmobiliario,  entonces  yo, intencionalmente, le desvía la conversación  a Juanita, sus bromas sobre ella, para mí, eran  más aceptable que sus desquiciados planes para hacer dinero.  La seriedad de su discurso cambiaba de inmediato pues le gustaba ser chistoso, –sabías que un día Juanita fue raptada por alienígenas y concluyeron que no hay vida inteligente en la Tierra, o, – Juanita se fue de vacaciones  a una playa desierta, no cabía en ninguna otra.

 En primavera, a una cuadra de la oficina,  se instaló  un restaurante topless. Faustino, con los ojos brillantes y el color subido al rostro me describió a las mozas de la cintura para arriba, llevaban suspensores, estos tapaban la punta del pezón y sujetaban un pequeño delantal con encajes.  -Podrías invitarme, sugerí.  – No, es muy caro y exclusivo, vi al director ahí.  Faustino al ser un gordo rubio se creía con clase.  Ese restaurante trajo otra dimensión a la vida de mi colega, ahora tenía  mujeres semidesnudas, al pago de un almuerzo. Dejó sus comentarios sarcásticos sobre Juanita, la ignoraba, en verdad nos ignoraba a todos.Una tarde, de regreso de almorzar, se quedó dormido frente al computador, roncando estrepitosamente, soñando, imagino, con las mozas topless.  A Juanita, esto le colmó la paciencia y  escribió una carta a recursos humanos denunciando  la actitud poco profesional de Faustino.  Al día siguiente Faustino no apareció por la oficina, tampoco al otro, ¿qué pasaba con Faustino?  No lo sabíamos. Juanita aseguraba que lo había echado, gracias a su carta.  Pero, después  nos llegó la mala noticia que había sufrido un ataque cardíaco, en un motel.  La moza  huyó desnuda fuera de la pieza, tal cual se registra en la cámara de seguridad.