Reminiscencias

Los acontecimientos de nuestra niñez vuelven a estar presente cuando volvemos la mirada … 

Belleza

Verano en casa de mi abuela paterna.  Ese día estaba luminoso, los niños jugábamos en la calle. Frente a la casa corría un canal que servía para recibir las lluvias del invierno, lo cruzaba un puente pequeño de tablas y debajo del puente, los niños del sector, nos reuníamos a jugar. Ahí construíamos con diversos trastos viejos nuestra casa y parodiando a los adultos jugábamos los roles, papá, mamá, hermanos, almacenero, policía, doctor.  Tomábamos turnos en los personajes, aunque el niño gordo siempre era el papá y la niña más grande, la mamá…   Ese día, me apareció, en la luz del sol del mediodía, la figura de una mujer extraña al pueblo, una artista de cine, con sobrero de alas grandes, una estampa tan hermosa que salí de debajo el puente para verla mejor y  en un instante capté la mejor foto de mi madre, en mi mente… 

De tiempo en tiempo me reencuentro con su imagen: caminando por la vereda con su vestido de tela gris a lunares blancos, entallado, su sombrero blanco, cual una dama. 

Carácter

En la escuela regía la idea de disciplina militar y de patriotismo, representado en el izamiento a la bandera. Todas las mañanas nos formábamos en el patio en pares y por clase.  Al frente de las filas se situaban, la directora, las maestras y el inspector, a quien correspondía izar la bandera.  Algo pasó ese día, había demora. Hacía mucho frío y yo en la fila ya sentía las ganas. Me empiné en mi puesto para atisbar lo que pasaba, la directora y el inspector no aparecían. Como estaba estrictamente prohibido romper fila todos permanecíamos quietos. Mis ganas iban en aumento, me empiné de nuevo sobre la fila, la directora en vez de dirigirse a su puesto habitual entró a su oficina, seguida por el inspector. Crucé mis piernas,  no podía más,  perdida traté con toda mi fuerza de aguantarme.   El acto no comenzó nunca y no pude más, liberada dejé caer la orina entre mis piernas y sentí mis calcetines empapados. Nadie se ha dado cuenta,  duró un segundo. 

Te measte / No, no/ Sí, te measte.   La poza a mis pies me delataba.  

Los niños rompieron fila. La profesora se acercó… Se meó, le avisó el más osado.  Y para probar su afirmación se agachó a tocar la vuelta de mis calcetines…  Metete, qué ganas de llorar pero me mantuve firme. 

El señor y la señora Portal

 

El señor y la señora Portal no tenían ninguna necesidad de planear el día. Idealizaron opciones para cuando llegara  este momento, cada cual con su propia visión de lo que haría con su tiempo, los dos sabían que el estar todo el día juntos, iba a ser difícil.   Por entonces, lo que los unía no era el  pasado,  ni  el futuro, lo que los unía era el hoy día, el pago del alquiler, las cuentas  y la educación de los hijos.

Ahora, habían jubilado y llevar la convivencia fue un sismo que los separó para siempre.

Ni el señor ni la señora se bajaron de la máquina, continuaron preocupados de realizar sus sueños de juventud, viajar , conocer gente, ser libre de hacer lo que  les diera  la gana y hasta  de enamorarse de nuevo…  quisieron volver a los veinte con cuarenta y cinco años de más de vida, todo esto fue un esfuerzo sobrenatural.

Hicieron caso omiso a la llamada de su cuerpo, el  cuerpo se sentía, lento, sentimental, curioso, se sentía pesado y quería adherirse al suelo, echar raíces, detenerse por fin a escuchar, a ver, quería ser parte del ecosistema de donde había surgido, millones de años atrás. El  cuerpo sabía que mundo creado había embelesado su juventud, en pago por el progreso.

¡Ahora es  nuestro tiempo!- les gritó el cuerpo, al mundo no le acomodamos.

Pero, el señor y la señora Portal no se bajaron de la maquina, ellos creyeron en la recompensación prometida a cambio de su juventud entregada al avaro progreso.

En busca de la juventud perdida gastaron esfuerzo y dinero, el mundo les extrajo hasta el último centavo:  viajes, rejuvenecimiento y salud.

Murieron, antes de ayer,  como objetos desechables ,sin haber escuchado el lenguaje de los pájaros, el rumor de un río y sin ver la niñez de un árbol