El rosal

 

 

 

 

El aroma del rosal le recordaba  su juventud.

La primavera y el regreso del sol… le recordaba su cuerpo joven, terso, sus caderas de curvas ligeramente llenas como una rosa abierta al madurar.

La primavera presagiaba una vida buena…  y los  colores y los aromas  preparaban su cerebro  para  amar.

Los pajarillos estaban alborotados  como su corazón al ver pasar a un  muchacho bello, ese de hombros anchos y glúteos bien formados.

La espinas del rosal  le recordaba las heridas de la vida  y su sufrir, porque,  la vida es  un papel  liviano, lleno de palabras…algo que está y  le dice,  anciana junto al rosal .

 

 

 

Violento

Violento

Un amanecer, Humberto se despertó oyendo el llanto de un crío. Se levantó apurado y corrió al balcón, miró hacia la calle; no había señal de ninguna criatura.

Humberto vivía una vida ordenada y disciplinada, ejercía la profesión de contador. Desde su infancia aceptó sin cuestionar las enseñanzas de sus padres, fue un hijo santurrón, entregado al cuidado de su madre y al afecto de su padre.

Volvió a escuchar el llanto del crío y pensó que estaba volviéndose loco. Entonces decidió salir a dar un paseo por la costanera, el aire del mar lo devolvería a sus sentidos.

Desde la muerte de sus padres sentía que sin la presencia de ellos la vida placentera y sin preocupaciones que tenía no le pertenecía, había sido el trabajo de sus progenitores.

Salió a pasear por la costanera, deteniéndose a cada paso a escuchar el llanto del crío en su cabeza.

Entró a una cafetería sin clientes y, tras ordenar a la mujer un café con leche, se sentó a una mesa a esperar que le sirvieran.

La ausencia de sus padres lo estaba trastornando, su vida solitaria yacía abierta ante él sin trabas ni responsabilidades, y en esta libertad se perdía. Comenzó a sollozar, se inclinó sobre la mesa para ocultar sus lágrimas pero sólo logró voltear la taza de café que la mujer había depositado sobre el mantel.

Se levantó, se limpió los mocos en la manga de la chaqueta y se aproximó como un limosnero al mesón donde estaba la mujer. Esta, ocupada en exprimir naranjas, lo ignoró. Humberto la vio insensible ante su desazón; la observó: el cabello, de un color indefinido, le cubría la frente; tenía los músculos de los brazos tersos y llenos, los pechos fuertes y redondos; la sintió tibia, suave, viva, e incapaz de sofocar su deseo se calentó hasta la médula de los huesos. Descontrolado, saltó por sobre el mesón, volteó la exprimidera, desparramó las naranjas y la crema para el café y enclavó a la mujer con toda su fuerza sobre las baldosas del piso.

Una vez saciado su deseo, se escabulló; tenía un corte en la parte trasera del cuello y la sangre le manchaba la camisa.

Cerca de la costanera había un edificio derruido que servía de albergue a los vagabundos que deambulaban alrededor de la playa. Humberto entró en el edificio y vio una escalera que bajaba al sótano, bajó rápidamente, tenía apuro en borrar sus huellas, quería despistar su acción, estaba asustado de su propia audacia; bajó a tientas, no había luz y cayó en la cuenta de que no sabía si había más espacio para descender, estaba en completa oscuridad. Se sentó en una grada de la escalera; un gemido mal reprimido lo sacudió y las lágrimas rodaron por sus mejillas, estaba angustiado.

Después de un momento se dio cuenta de que quien lloraba era el mismo crío que lo despertó esa mañana, puso más atención y se percató de que lloraba el hombre solitario, el solterón, el que había sido idealizado como un hijo modelo. Lloraba el huérfano del freno paternal, el que al verse libre se transformó en macho en celo y, enceguecido por clamar su derecho a pasar sus genes, entró a la fuerza en las entrañas de la mujer del café…

Lloró como un crío a la puerta de su vida, de pronto comprendió que era un hombre libre, que ninguna enseñanza moral podía protegerlo, que la elección de actuar de una manera u otra era solamente suya.

Estaba a la intemperie, mojado en lágrimas, lleno de remordimientos, acabado. Luego,  se dio cuenta de que no podía  vivir a la intemperie para siempre y lentamente comenzó a subir la escalera.

Afuera, en la calle, la policía había encontrado su rastro.

Puerto

                De la mano de la vida en la noche del puerto dos dan sexo en un callejón, un gato callejero se detiene a mirar, levanta la cola, maúlla y se va. En un bar trasnochado un marinero pierde la gorra en los versos de una canción, mientras, el mesero borra  bocas del  borde de los vasos. Guarecido de miradas un joven saca el puñal , por unos pesos, lo tiñe y deja la noche triste. El puerto guarda secretos de amor, crimen y olvido.

Depresión

 

Desde un  rincón cualquiera, como aguada costera,

lágrimas  empañan tu mirada al mundo exterior.

En el portal de los escombros escarbas por piezas perdidas

de un robot feliz  con el que otrora  te acompañabas.

El temor  se sube a tu espalda,  te apega a las tablas,

hueles el polvo rancio de las pisadas, y las sombras

te cubren  como alas extendidas de  un cuervo.

En la garganta el grito y la ayuda  demorar una vida en llegar.

La Dulce

La Dulce, quedó preñada a los 17, del Toño.

A los dos les dieron la peor pateadura que recuerdo.  Sus padres
se ensañaron en el culo de los chiquillos y el único paso que les permitieron fue el matrimonio.

En verdad, esto no tiene nada de raro. En el barrio,  nos sucedió así a casi todos, la diferencia fue que, ellos, a poco de estar casados,  se ganaron  la lotería.  Cuando lo supe me puse las gafas y me fui al café de Pepín, pedí de todo hasta saciarme y luego llamé a la Dulce y le pedí me pagara la cuenta, la Dulce me dijo que no tenían aún el dinero, entonces ven a firmar un “te debo”, si no  vienes tu  hijo va a nacer tonto.  La Dulce se asustó y  el Toño  también se asustó, al final llegaron juntitos a firmar el “te debo”.

 

Otros del barrio también se aprovecharon y fueron a comer donde Pepín a cuenta de los  suertudos chiquillos. Por otro lado  el Pepín pensó que estaba  de suerte, pero,  un día,  el padre de la Dulce, que era policía, visitó al Pepín para dejarle  en claro que lo que estaba haciendo era ilícito  y sin más  le tiró por la cara los recibos  “ te debo”.

 

Años más tarde iba yo caminando por una calle del barrio residencial cuando escuché una voz conocida Miré y vi al Toño  dentro de un Ferrari con dos pequeños, un cabezón feo y una niña bonita, igual a la Dulce.

Despertada mi curiosidad por saber  de  esta nueva vida de la Dulce y del Toño y  sin tener nada que hacer, se me ocurrió la idea de  espiarlos.   Averigüé la dirección de su casa  y un día desde uno de los árboles en la calle, los espié.  El Toño tomaba un trago mirando la televisión en la sala.  En el  segundo piso estaba la Dulce tirada sobre la cama, miraba al cielo raso, se notaba tensa, de pronto se levantó y agarrando la almohada  comenzó a darle a las cosas sobre los muebles.  El Toño, sobresaltado por el ruido se levantó.  Lo vi aparecer en el dormitorio. La Dulce comenzó a darle al Toño por la cabeza, él le arrebató la almohada y la tiró por la ventana, tenía la mano lista para darle a la Dulce cuando  los niños gritaron “papá, se cayó la almohada”.

 

Me bajé del árbol y me pregunté que le habría pasado a la Dulce.

Al estar cesante yo tenía todo el tiempo del mundo para averiguarlo. Supe que la Dulce  se pegaba arrancadas al balneario y, una tarde, la seguí en mi bicicleta. Cuando llegué al balneario se venía la puesta de sol.   Supuse la encontraría en los autos estacionados a lo largo de la costanera y no me equivoqué. Estaba ahí, escuchando música y fumando. Comencé a pedalear mi bicicleta en frente a su auto, ni me pescó, parecía ida, se me ocurrió tocar la bocina y entonces ella miró.

¿Dulce, te acordai de mí?.

La Dulce, siempre buena onda, se bajó del auto y me dio un abrazo, ¡Tanto tiempo! ¿Qué hací?

Me invitó a sentarme en el auto; después de mirarnos y reírnos de nada le dije, te vi llorar y dejar la cagá en tu casa.

Es que el  Toño me exaspera, todos los fines de semana mirando la tele y en la semana, la tienda, nunca ningún tiempo para mí, ¿entendí?

-¿Y qué querí hacer tú poh?

-Salir con los niños; no sé poh, hacer algo

Abrió la cartera y sacó un papelillo de un polvo blanco y  lo aspiró. – ¡Ay, me deprimo tanto… mira, ya se va el día!   

El sol se hundía como una naranja en el mar…

 

No volví a hablar con ella hasta el día que supe de la muerte del Toño. Lo llevaron  de emergencia al hospital, cada arteria de su cuerpo había colapsado, sobredosis.

Llamé a la Dulce por teléfono.

– “tá la cagá,- me dijo-  y sabí, yo estoy con los tiritones, me cuesta hasta sostenerme en pie, habla con “el camión”.

-Tranquila, aguanta Dulce, ya pasará. Ok, yo voy a hablar con “el camión”. 

 Colgué el teléfono. No hablé con nadie, demasiado peligroso.