El abrazo de ellas.


Leí en un periódico, de a comienzo del siglo veinte, la historia del asesinato de dos mujeres mientras dormían en su casa.

Marta, enseñaba lectura en la escuela del pueblo. Rosana, enseñaba bordado y dibujo.
Las jóvenes profesoras se hicieron amigas y a menudo salían de paseo, acompañadas por el novio de Marta.
Rosana era una muchacha soñadora, curiosa pero temerosa, sin sus amigos nunca hubiese entrado a un bar o jugado una partida de naipes.  Su primer foxtrot lo bailó en un salón del barrio bohemio, con Marta y sacaron aplausos.
Marta tenía magia, un misterio que la energizaba, la hacia fuerte y , a veces, hasta desafiante de las normas sociales.
Marta mostraba su mente como si fuera un mapa de ruta para llegar a juntársele. Y Rosana se le juntó.

El trece del presente mes, continúa el artículo, el tío de una de la mujeres entró en la casa de las profesoras y al encontrarlas abrazadas en la cama, disparó y mató a ambas jóvenes.  El perpetrador alegó, en su defensa, que su sobrina había usurpado el nombre de su hijo, fallecido, para cometer el acto anómalo de casarse con otra mujer.

El cuarto azul

 

 

El joven huésped les trajo el hoy a dos mujeres de setenta y tantos años cuyo presente eran los recuerdos del pasados

Arrendó el cuarto azul con vista a la bahía. Catalina la más joven de las  señoras se encargó de prepararle  el desayuno, todas las mañanas.

El joven les dijo que tenía el alma rota y buscaba un lugar tranquilo donde tomar aliento para poder seguir viviendo. Las mujeres se enternecieron con la tristeza del joven, sobretodo Catalina que entre sus canas guardaba energía para  vibrar con la presencia de un hombre joven.

 

Observándola su amiga la advirtió que ese brillo en sus ojos le traería dolor. Tú amaste  en tu vida pero yo, ¿ a quién he amado?, déjame sufrir más tarde que hoy tengo pura alegría.

Mucho sosiego, largas caminatas por la costanera, y la sobremesa con las señoras, fueron subiendo el ánimo al joven.

Y llegó el día en que  la risa coqueta de Catalina, sus deferencias, el rubor de sus mejilla lo hizo maravillarse y sorprendido sintió que la vida le devolvía el encanto a asombrarse, no podía creerlo, la señora Catalina se había enamorado de él…

Cuando el joven se marchó ellas volvieron a su rutina pero, de cierta manera, el enamoramiento de Catalina les acercó el presente.

 

 

 

 

Hijos

 

 

 

Mis hijos conocen mi rostro, piadoso, airado o feliz…

y mi cuerpo pesado, temeroso del mundo.

Pero, cuando la luna  se sobrepone al sol y el día

se vuelve noche,  ellos buscan a tientas mi mano,

como si yo pudiera, en toda mi flaqueza,

empujar la luna para devolverles el sol.

Sinfonía

 

En la cocina el ajetreo de cocineros y ayudantes era agotador. El aroma a  hierbas y la carne asada embriagaba los sentidos.

En el palacio tendría lugar el concierto del maestro Haydn y la servidumbre se aprontaba a dejar sus quehaceres por un minuto y poder escuchar lo que se denominaba como sinfonía.

Los mozos de mesa revisaban sus libreas y empolvaban sus cuerpo para aquietar los malos olores de sus cuerpos.

En el salón las damas, luciendo hermosos vestidos y altos peinados, los caballeros, lucían sus hermosas casacas  bordadas con hilo de oro y sus pelucas rizadas perfectamente acicaladas.

El primer grupo de sirvientes apareció con las bandejas con vasos estilizadas y llenos de champagne.

El maestro  entró vistiendo su librea, algo suelta sobre su escuálido cuerpo y con disposición alegre saludó,  junto a su orquesta , con una gran reverencia a la noble audiencia.

Los sirvientes detuvieron sus quehaceres, subieron las escalinata hasta la mitad para acercarse al salón y poder escuchar la música. Pero, al volver a sus quehaceres, se dieron cuenta que algo les había conmovido el alma, una mezcla de tempestad  e ímpetu.

 

Si yo fuera un pez…

Si yo fuera un pez…

nadaría los mares  profundos,

el mundo imaginado que

dibuja realidad de vida diversa.

Y en los bosques de algas,

donde el sol  pierde su energía,

sentiría,  en mi cuerpo,

el espíritu de las aguas…

Si yo fuera un pez…

en  la oscuridad del origen de la vida

aprendería a escuchar y a esperar

el momento preciso para hablar y contar.

 

 

El éxodo del indio

 

Yo era un río cuando el barco

zarpó del puerto de Palos.

Yo era un un bosque vírgen

cuando a machete se

abrió la senda a éste  lado del mundo.

Yo era un águila o  cóndor,

un halcón peregrino libre.

 

Cuando la coz del caballo

levantó el polvo del camino

yo era un puma bebiendo

entre las peñas del río.

Yo era   mujer  u hombre,

con dignidad y amor.

Cada cacique, su gente

Cada lonco, su parlamento

Cada espíritu, su machi

Cada ave, su vuelo

Cada huemul, su trote

Cada llama, su lana.

 

Cuando el rey desenvainó su espada,

defendí por trescientos años

mi casa entre  peumos y  araucarias,

construida de paja y barro,

a las faldas de volcanes.

 

Cayó el rey de España y

al criollo le entró maña:

colonizó de extranjeros

su propia tierra americana.

Los árboles fueron leña y tabla,

y el halcón peregrino dejó de pasar.

Del vientre de la Pachamama

nacieron híbridos frutos paganos

 

 

El indio perdió sus tierras y

se volvió un  mal tratado peón,

enfermedad y  pobreza los encadenó

al capricho del mestizo o del criollo señor.

Huérfanos de dignidad

huyeron  sin nombre

bajo un nombre en  español.