El largo viaje

 

 

Vivía con su padres cerca del río y en sus horas de ocio coleccionaba piedras en la ribera. Las seleccionaba con ojo de buen cateador y las guardaba en una maleta debajo de su cama.

Tenía dieciocho años y supuso que lo que sus padres tenían para mostrar lo habían puesto sobre la mesa en más de una oportunidad.

Consideró que aún el más sedentario de los seres debe, un día, abandonar lo dado y partir a construirse un mundo propio.  Ese día llegó, asió la maleta y partió a tomar el viaje de la vida.

Viajó por valles y montañas, cruzó muchos puentes.

El mundo, pensaba, es una red para cazar nuestro quehacer y expandirse.

En un punto de su viaje encontró un lugar de su agrado y se quedó ahí; abriendo la maleta agarró un puñado de piedras y comenzó a esparcirlas en círculo, luego se sentó en el medio, su espacio en el mundo estaba acotado.  Con el paso del tiempo lo fue llenando  con sus antojos y de gente con las que compartía un poquito de sí misma.

Pasaron más los años y un día ella escuchó, en medio de su sordera, el ruido de un tren, entonces, a su pesar, se dio cuenta que había llegado el momento de partir, otra vez.

De debajo la cama sacó la vieja maleta de cuero y se fue al patio de su casa, comenzó a recoger las piedras con las que había circundado su mundo, estuvo toda la noche de rodillas desenterrando las piedras.

Al despunte del día se encaminó hasta la estación del pueblo cargando la maleta, llegó agotada y sentó en un escaño en el andén.  Mientras esperaba el arribo del tren cayó en cuenta que la maleta estaba de más.

Se dirigió a la oficina de la estación y ofreció la maleta al joven empleado del ferrocarril.

El joven quedó atónito,  tendría que explicarle el significado de la carga en su maleta, pero, en ese momento, vio el tren aproximarse y no tuvo tiempo de decir nada.

Una vez solo el joven empleado abrió ávidamente la maleta.

Ofuscado, por lo encontrado dentro, corrió al andén en busca de la anciana.

No había nadie. Todo continuaba igual, una estación sin trenes de pasajeros por más de 70 años.

 

 

Caracoles

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Me cuesta morir y abandonar a los caracoles en sus caparazones.

Me cuesta ignorar sus cabezas vacilantes al mirarme.

Yo construí la caparazón para que albergaran sus cuerpos.

Hoy me es tan difícil aceptar el rastro de la baba que dejan

sobre el plato de comida que me sirven a diario.

Quiero que  me ayuden a morir mas los caracoles se aíslan en sus caparazones, dejando su rastro de baba al lado de mi cama.

El más querido

El más querido tiene el sol en su sonrisa, sus manos agarran mi cintura bajo la luna. Su piel huele a flor del limonero, su pecho es un nido acurrucando mi amor.

Por la noche es libre como el viento y en la mañana es rocío sobre una flor.

En mi cama y en mi almohada es él, el más querido

 

La casualidad del amor

 

De casualidad, como a un pez el anzuelo, tu amor me encontró boca abierta y me arrastró fuera de mí.

Me envolví en tu mirada, me embrollé en tus palabras.

En mi frente dibuje tu beso para que me reconocieras tuya…

A lo lejos, un bufón llora una balada mexicana y yo juro nunca más amar… pero sé, ¡el amor es casualidad!

 

Amante

 

Tu amante es un abrazo que no debe ser visto.

Un alguien a la puerta de tu vida sin poder entrar.

Una sombra que atisba por la ventana.

Un caracol dorado que se recoge a su espacio, al otro lado de tu vida.

Es tu vacilación frente a un fantasma que los dos engañan.

Bajo el parrón

 

A las once y treinta la policía golpeó a la puerta de su casa. Dagoberto pensó que era Ada, su mujer, que volvía con las compras del mercado.  Los dos policías  le solicitaron pasar, uno extrajo del bolsillo de su casaca una libreta de apuntes y con voz compugida le habló, “Don Dagoberto Carrasco, traigo malas noticias, su señora… a la salida del mercado…, fue instantáneo, el chofer del vehículo se encuentra detenido, pero, hay testigos que corroboran la declaración del chofer, su señora atravesó de sopetón“. Sigue leyendo

Nuestro sueño

 

 

 

 

 

 

 

Me dijo…  los humanos
soñamos ser erarios de la vida,
una estrella alumbrando
el fértil llano humanitario.

Me dijo… si despertásemos
las estrellas serían fosas oscuras,
los arboles, gigantes agresivos y
el pasto, guarida de predadores.

Los ríos y mares, ruido enloquecedor
Los volcanes, depósitos tóxicos
Los frutos, ponzoña y
las aves, nos picotearían los sesos

Me dijo que no me desesperase,
Pues el mundo y los humanos
somos mucho más…somos un sueño vivido entre

la luz y la oscuridad.

Nabila

 

 

 

 

 

Lo quiso,  él era gentil , amable

llano a entregar su corazón.

 

Ella, desde siempre, arrastraba

amores perros en su corazón,

golpes, mentiras y engaños.

 

El duende jugaba en su cabeza,

su razonar lo disculpaba.

 

Una noche, en su huida,

él la alcanzó y con la llave de casa

le arrancó los ojos.

Satchmo

 

 

Satchmo

 

 

 

Recuerdo que estaba nublado, un día de junio. Había llovido y las calles de la feria habían cambiado de color café tierra al castaño pues habían esparcido aserrín para evitar que se formara barro.

En el estand de Ferrocarriles mi padre se paseaba inquieto, esperaba que la pequeña radio funcionara y así poder escuchar el partido Chile-Italia.

Yo entraba y salía. A ratos iba a visitar otros estands, me estaba aburriendo con papá, aunque le había rogado me trajera con él a su trabajo.

Había bullicio y mucha gente visitando la feria de ASIVA, estábamos de fiestas porque el país era anfitrión del mundial del 62.

Recuerdo haber visto un espacio diferente a los estands construidos en madera, estaba cubierto por una carpa y desde temprano unos hombres entraban sillas plegables; esto me llamó la atención, pero luego lo olvidé.

Ya cerca de la hora del partido los visitantes se fueron a sus casas, la feria se quedó vacía, quedamos los cuidadores de los estands y yo…

De pronto escuché una trompeta, el sonido provenía desde la carpa… Me dirigí hasta allí y, con un poco de temor de ser descubierta, levanté el pedazo de lona que colgaba suelto…

En el escenario, un hombre imponente, negro y gordo, estaba sentado en un banquillo alto y soplaba con fuerza la trompeta, inflando sus mejillas como nunca lo había visto hacer…

Fue la primera vez que vi a un africano, primera vez que vi una banda, primera vez que escuché jazz, y primera y única vez que vi a Louis Armstrong.

 

Dame el despertar…

 

Dame el despertar…

 

Dame el despertar de un nuevo día.

Y donde han descansado los leones

se levante el sol y enceguezca los sueños

de acomodados señores que nos han acobardado.

 

Dame el despertar de un nuevo día.

Que el ángel Gabriel desenvaine su espada

y corte en pedazos las historias antiguas

de libros irremediablemente profanos.

No quiero la luz de otros

Ni sus prédicas ni sus rezos

Ni los caminos trazados

para olvidar a tantos míos sacrificados.

 

Dame el despertar de un nuevo día.

Ama a tus semejantes olvidados,

tragados por bocas voraces,

dueñas del dinero, la fama y la historia.

Despierte nuestra alma de sueños inducidos,

sueños aburridos y competitivos

iguales para todos y para muchos imposibles.

 

Dame el despertar de un nuevo día

Donde el verdugo muestre su rostro

Y la gente le tenga, en vez de miedo, lástima.

Tenga el sentimiento prioridad e importancia,

porque el Hombre es, ante todo, calor y sangre.

 

 

 

Pérdida.

 

 

 

Vientos fuertes, los sucesos.

Luché por conservar

la habituada llama,

la escudé con mi cuerpo

y quise ganarle al viento.

 

Se quebró el orden.

 

La puerta dio un golpe,

la ventana  vibró.

Tenías la cara contra el vidrio,

la última vez que miré hacia atrás.

 

 

Mapuche, gente de la tierra.

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Aucana, levantándose las faldas, se adentró en el río para sentir el frescor de las aguas aliviar sus adoloridas piernas. A cierta distancia, sus llamas y guanacos pastaban. Su mundo estaba en paz, su vida estaba libre de espíritus malévolos y el sol relucía sobre las musgosas piedras del río. Pero esa tarde, cuando regresó a su aldea, vio una lanza con jirones de lana ensangrentada en la punta, la lanza estaba clavada en la explanada, punto de reunión mapuche, a la sombra de un canelo. Sigue leyendo

Miedo…

 

 

A los espacios desolados,

a mirar hacia el abandono,

a reabrir la misma herida.

El águila te roba el corazón
y se lleva también tu sombra.
En un pensamiento enrarecido,
la memoria es el peor enemigo.

Tu cerebro es atacado por un virus y,
en el desvarío de conexiones,
quieres robar la luz al sol
para guiar golondrinas en su vuelo.

Desatando el nudo

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Miguel ha llegado. Saluda a su suegra con un beso en la mejilla.

—Hay que hablarle. Convérsale, Miguel, de cualquier cosa.

En ese momento la enfermera entra a tomar el pulso a la paciente y a revisar el paso del suero.

—¿Algún indicio de que nos escuche?

—Señora, hay que esperar —contesta la enfermera y la guía fuera de la pieza. Sigue leyendo

Amor de arcilla

 

 

Ese amor hecho de arcilla,

 

rojo en el crepúsculo de la tarde.

 

Alfarera fui en tus brazos y a mi gusto

 

moldeé tu cuerpo enamorado.

 

Dos figuras maleables entre las sábanas,

 

dos artistas en  un escenario

 

recitando elocuentes parlamentos de enamorados.

 

Dolor…

430896_1     En la oscuridad de la guarida y

a la lumbre del fuego,

fantaseamos ver hostiles gigantes en la pared.

 

Se apilan los cadáveres de seres humillados,

todos arrancados del curso natural de su vida o muerte.

 

Víctimas inocentes horrorizan

la historia de nuestra humanidad.

 

 

 

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Esa vez ella estaba atribulada por un sinfín de problemas, la escuché con atención y traté de encontrar palabras de consuelo.

Salimos a pasear por el parque, cerca de mi casa. En un momento ella se adelantó y cuando  la alcancé le vi la cara angustiada. Me confesó que se sentía cansada de sí misma.

Encendió un cigarro y aspiró muy hondo. Sigue leyendo

Suposiciones de Rubén

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A las nueve de la noche apareció el vecino, venía a conversar un poco y tirar unas cartas. Rubén fue de inmediato por ellas y se sentaron a la mesa para jugar a la brisca.

En un momento del juego el vecino le comentó que su mujer lo tenía enfermo de los nervios… Rubén supuso que un día el vecino la mataría.

“Paciencia”, dijo en voz alta refiriéndose a su mala suerte, no había ganado ninguna partida.

“Difícil tenerla”, respondió el vecino refiriéndose a  la actitud de su esposa, y tiró el As de triunfo a la mesa. Sigue leyendo

El guante largo de novia.

 

 

Bob era fuerte, trabajaba en la bodega del supermercado transportando la mercadería. Ilse trabajaba en la caja, era una joven tranquila que se aislaba de las actividades sociales de sus compañeros de trabajo, algunos decían que tenía pareja y un niño, por eso para ella la rutina era de su trabajo a la casa.

A la hora de la colación se sentaba a comer su sándwich en el patio trasero, donde llegaban los camiones con la mercadería, y a veces intercambiaba un hola con Bob. Sigue leyendo

La fotografía

 

 

 

Me acuerdo de su muerte pero no de su funeral. La llevábamos desde su pequeño pueblo al doctor en la ciudad. El conductor del tren avisó a mi padre. El tren parecía una bestia desbocada y él tuvo que avanzar afirmándose en las butacas hasta el carro donde, en una camilla, viajaba la abuela materna. Yo intuí que mi madre sospechaba la noticia. Cuando mi padre regresó yo observé con mis ojos muy abiertos, porque me habían dicho que a los siete años uno comienza a recordar para siempre. Mi padre se inclinó a hablarle al oído; recuerdo su mejilla tersa y bien afeitada, su boca con un bigotillo cuidado, mi madre comenzó un llanto suave para no despertar al bebé que acunaba en sus brazos. Sigue leyendo

Líneas paralelas.

 

 

 

 

 

 

 

Mi padre se despide con un beso, me aconseja obedecer a mi madre, se abrocha el abrigo y se va.

Los días pasan rápido y, en menos tiempo de lo que yo imaginé, mi padre regresa contento, relajado, quizá hasta cariñoso con mamá.

Desde su último viaje me percato de que papá comienza a tomar cuidado de su apariencia, viste mejor, se ve más joven. Sigue leyendo

La primera pareja

img_0017Adán.

Adán respiró con dificultad. Sintió mucho calor y mucha sed. La energía cósmica se expandía cual polen por el aire, empujándolo hacia la evolución. Muy debilitado, se arrastró hasta la poza de agua que una vertiente subterránea formaba entre los junquillos. El agua fresca lo revivió un poco, y al levantar la cabeza de la poza notó, por primera vez, en el reflejo del agua, Sigue leyendo

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Podríamos conversar, sin embargo nos faltan las palabras. Tenemos muchos pensamientos para compartir y nos quedamos clavados en la luz del día.

Sobre el vidrio de la ventana una mosca se lava la cara.

El sol me pone somnolienta y poco a poco mi deseo de conversar se aquieta, me levanto y como todos los días me voy a dormir la siesta.