Reencuentro

 

 A claudia le  llegó la nueva de que su padre trabajaba como locutor en una radio.

Ella  dejó pasar un tiempo antes de mover el dial, pero por fin, una noche, sintonizó la emisora.   La voz del locutor sonó afable, bien timbrada. Claudia ya había olvidado la voz de su padre, no lo veía por más de veinte años.  Al escucharlo, sintió su garganta seca, y agarró el vaso con agua del velador, tomó un sorbo, y luego otro, para tragarse esa amarga saliva que le llenaba la boca. No pudo, la amargura insana persistía, paseándose por cada uno de los rincones de su alma, con autoridad de soberano. 

Treinta minutos después, apagó la radio y decidió que ya era tarde para un reencuentro.

 

 

La niña

 

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La historia comienza en una mañana de primavera. Había en casa un balcón que se abría hacia la quebrada entre dos cerros, en ese balcón me veo en bragas y sin camiseta. Me encantaba disfrutar de esos momentos de libertad, sentir la frescura del aire en mi piel, exponerme a los rayos del sol. Sabía que esa libertad no iba a durar, en unos años mis pechos comenzarían a desarrollarse, pero para eso quedaba tiempo.

Por entonces yo recurría, de vez en cuando, a tretas —como fingir un dolor de estómago— para evitar ir a la escuela y gozar hasta más tarde el calor de mi cama. No me gustaba el colegio, me aburría, lo encontraba todo muy lento y monótono. En el colegio, después de la colación del mediodía —un tachón de leche caliente y pan con manjar o queso—, la profesora nos hacía dormir la siesta. Mi brazo doblado sobre la cubierta del banco me servía de almohada. Recuerdo las ventanas de la sala de clase muy altas y el sol entrando a raudales. Me era imposible dormir, y con un ojo a medio cerrar miraba los tobillos hinchados de la maestra debajo del pupitre, veía su cabeza reposada sobre sus brazos regordetes, entregada a la siesta.

Aquel día estaba en casa, y tendría tiempo para regalonear, me portaría bien, jugaría con mi hermanita menor, y haría cualquier mandado que mamá me pidiera sin rezongar.

Me metí al baño, me esparcí el champú en el pelo y, una vez bien restregado, llamé a mi madre para que me revisara.  Apareció apurada, preocupada de que tanto tiempo desnuda me enfriara; abrió el agua de la ducha y me azuzó a que me enjuagara rápido, luego agarró la toalla y me frotó el pelo para secarlo. Que me lavara los dientes y me apurara en vestirme; si no, me iba a enfermar de verdad me dijo, y salió del baño.

Me gustaba estar con mamá, nos llevábamos bien y me regaloneaba cuando estábamos solas, ese día yo me puse a cargo de mi hermanita y la entretuve con juegos, también le di su leche en mis brazos y la puse a dormir en su camita. Después mi madre me preguntó qué quería almorzar, y como se suponía que yo estaba enferma del estómago, dije: papas cocidas con bistec. Ella se rió:

—Claro, si estás enfermita; lástima, no podrás comer postre, es flan de chocolate.

—Sí puedo; ya me siento mejor.

A eso del mediodía mamá se dio cuenta de que faltaría el pan para el almuerzo y me pidió que fuera a comprarlo, también me dio unos pesos extras porque la había ayudado a cuidar a la bebé. Partí contenta, sentí una sensación de libertad, la de caminar por la calle cuando los otros niños estaban en el colegio. De costumbre, a esa hora yo estaba en la sala de clase, chupando el lápiz y borrando mis garabatos en el cuaderno de caligrafía. Me fui saltando hasta la panadería, imaginando que no volvería más al colegio y me quedaría con mamá, niña para el resto de mi vida.

Regresé a casa con la bolsa de pan y un helado de frutilla en la mano. Al llegar cerca de mi casa tuve un extraño presentimiento. La vecina estaba en la ventana del segundo piso de su casa, la mujer me llamó: ¿y tú no fuiste hoy al colegio? Iba a contestarle cuando escuchamos los gritos de la pelea de mis padres. Corrí hasta mi casa y comencé a golpear frenética la puerta de calle. No me respondían, me puse a llorar y a gritar, la vecina en la ventana amenazó con llamar a la policía. En eso mi padre abrió la puerta, pasé como un rayo delante de él, llamando a mi mamá. La encontré en su dormitorio, con la bebé en brazo, lloraban las dos. En la cara, mi mamá tenía la muestra de una bofeteada. Una terrible rabia me invadió y temblando grité: ¡mamá yo mato a mi papá, yo lo mato!  Mi madre dejó de sollozar y me miró espantada, como si me desconociera. ¡Hija, es tu padre, eso ni lo pienses! Lo dijo tan hondo, tan dramática, que me hizo sentir avergonzada de mi arrebato.  Escuché a mi padre salir dando un portazo. Entonces, a los ocho años, decidí no amar nunca tanto.

Inspiración

El poeta rasga sus vestidos

por un verso para declamar.

El verso anhelado

está escrito en la corteza del  árbol,

en el lenguaje de  cada Hombre.

El verso buscado

es recitado por  el manantial  y

desatendido en el caos del mundo.

 

Pero  la cerrazón de versos

hunde al poeta en la desesperanza.

Frustrado, sordo, ciego

tira papel tras papel al  tacho.

 

 

 

 

 

Es Cierto

 

 

 

 

 

 

 

Amé la furia y la quietud,

el sol al despuntar,

los pinos a la orilla del camino,

las notas de tu guitarra,

tus besos debajo las sabanas.

 

Tu gastado pantalón,

tu camisa, tus zapatos.

Tuve la lealtad  de tu  perro,

de tu gato la cautela y

de la maleza en tu patio, la persistencia.

 

Y cada  noche

tuve la confianza en un amanecer.

Es cierto, todo eso amé.

Venganza

 

A nuestro alrededor el silencio de la noche, interrumpido por nuestras risas.

Estaba con mi primo Manuel bebiéndonos unas cervezas en el patio de su casa, la noche estaba estrellada y había luna llena en el cielo.

De pronto nos acordamos de Pablo Gómez, de su  trágica muerte.

La noche del accidente también  habíamos estado bebiendo, fumando marihuana y pasándolo bien en la casa.  Pablo era amigo de Manuel, un muchacho algo torpe y dispuesto a desobedecer en casi todo  a su padre para conseguir amigos.

A Manuel se le ocurrió salir a comprar más trago… pero ninguno de los dos estábamos en condiciones  de  conducir.

Ni supimos como pasó pero el auto al doblar una curva se dio tres vueltas y se estrelló contra un árbol en el camino. Manuel y yo salimos ilesos, pero Pablo, tenía la cabeza incrustada en el parabrisas del auto.

-El padre de Pablo Gómez aún nos echa la culpa, dije.

-Me  odia, dijo Manuel.

Me levanté a buscar otra cerveza. Al mirar al fondo oscuro del patio me pareció escuchar un ruido, indiqué a Manuel que se callara, Manuel soltó una carcajada,

-No creo en fantasmas, Pablo está muerto, me dijo entre risas

Entré a la cocina, cogí dos cervezas del refrigerador.  La tía preparaba unos bocadillos y el tío continuaba mirando  la tele.   Al salir de la cocina noté  la puerta de calle entreabierta.

Volví al patio  con las cervezas y me senté en la silla, Manuel estaba sentado frente a mí, de espalda al fondo del patio… nuevamente, me pareció escuchar el crujido de hojas al ser pisadas…

Hay alguien ahí, dije.

Manuel se volvió a mirar.

-No hay nadie.,

No insistí. Cerré los ojos.  Los vecinos del  barrio se dividieron entre los amigos de nuestra familia y los de la familia de Pablo. Los jóvenes también nos dividimos, ahora sólo Manuel y yo nos juntamos.

Abrí los ojos de sopetón. La voz enronquecida de José Gómez me hizo saltar, el hombre tenía un cuchillo en la mano.  Manuel  se levantó de un brinco. Yo me quedé sentado, pero, el viejo Gómez  no venía por mí, saltó sobre Manuel y a horcajadas sobre él le clavaba el cuchillo repetidamente en el cuerpo…. Me lancé a sujetarle la  mano pero el hombre tenía una fuerza increíble, el filo de su cuchillo me hizo un tajo profundo en el antebrazo izquierdo. Tenía que dominarlo pronto o el padre de Pablo clavaría el cuchillo de en el pecho de mi primo, reuniendo toda mi fuerza logré, por fin, sujetarle la mano, torciéndosela.

-“Déjame, déjame”, me pidió y su cuerpo se transformó en algo blando, lo solté porque yo estaba extenuado con la lucha.

El viejo Goméz se levantó, dejó caer el cuchillo y sin mirarme se perdió en la noche, silencioso, tal cual había venido.

Me metí en la casa, buscando ayuda… en la cocina mi tía yacía con cuello rebanad y mi tío se sujetaba las tripas  para que no se le desparramaran  al suelo…

-El maldito José Gómez…

La instrucción

 

 

Tener ocho años y  ser católica involucraba entrar al mundo  de culpas y deberes.    Sería instruida  para ser fuerte a las tentaciones  de su propia carne y al mal que rondaba por todas partes. Porque el mal como una laucha también  se metía en una casa limpia,  aún  con un gato grande  y cazador, como su padre.

Un año atrás su presencia en el mundo era como una nube blanca que se desliza en el cielo.  Entonces todo era blando, sin aristas , como la almohada donde cada noche reposaba su cabeza de rizos castaños. Sigue leyendo