Secretos

 

 

Recuerdo el aparador, hecho en madera de los bosques sureños, imponente en la sencillez del comedor, encima, el jarrón de greda, pintado verde, tenía un ramillete de azucenas dibujadas en su vientre redondo, espacioso, donde caían pequeñeces que en algún momento sobraban en las manos.   Un adorno intocable de la abuela como todo lo antiguo, lo pasado.

La luz del sol dejaba ver el polvillo sobre la ovalada mesa del comedor que, desde que murió el abuelo, la familia no ocupaba. A esta pieza se iba como a un museo, sin tocar nada. La foto de dos jóvenes recién casados colgaba al centro de la pared.

Fue mi hermano menor que acercando una silla para hurguetear volcó el jarrón, al ruido acudimos todos. El jarrón roto,  una carta que la abuela se precipitó a recoger del suelo. Nerviosa, temblando nos miró angustiada,  casi llorando. Nunca  descubrimos su secreto.

La muerte de un manifestante

 

Cuando las balas le abrieron el pecho dicen que dentro tenia un montón de cosas viejas, cachureos de su vida que ya le pesaban más de la cuenta, había muchas letras sueltas con las que había formado frases nacidas de su corazón, unas hojas de papel donde lo escrito estaba diluido por su sangre, unos pesos que le habían sobrado de tantos años de trabajo y un boleto del tren que había tomado para llegar a la manifestación. Otros  dicen que había dentro de su pecho  una especie de estrella o quizá un sol naciente, como si nunca hubiera abandonado la esperanza de una vida mejor.

Encierre

Todo  de ella me es extra familiar, su olor, su caricia, su mirada y cuando nos saludamos, cada vez,  la misma alegría.  Por la noche entro a instalarme en el sillón frente al televisor; es un mundo dentro de otro mundo, el mío olvidado y el de ella actual.

Presiento todo lo que pasa a su alrededor, antes que pase. Sé si va a pelear con su novio porque  se desprende un olor diferente de su cuerpo que choca con un olor  de él, pelean y yo espero, pronta a defenderla. No es que él me caiga mal, sólo sé donde están mi prioridades. Su novio juega,ocasionalmente, conmigo, hasta que se pone pesado  y tengo que mostrarle los dientes. Ella se enoja conmigo pero  igual voy a su lado, ella es mi seguridad, sé que va estar ahí , como una amiga fiel.

A veces vamos de paseo en el auto y a mi me gusta sacar mi cabeza por la ventana y embriagarme con los olores del mundo, entonces, me siento lanzada de vuelta al mundo de los sentidos, al vértigo de no saber para donde voy, si perderme en un monte o quedarme a su lado.

Su voz me llama a  continuar con nuestro paseo. Soy sólo un perro amarrado a una correa.

El señor y la señora Portal

 

El señor y la señora Portal no tenían ninguna necesidad de planear el día. Idealizaron opciones para cuando llegara  este momento, cada cual con su propia visión de lo que haría con su tiempo, los dos sabían que el estar todo el día juntos, iba a ser difícil.   Por entonces, lo que los unía no era el  pasado,  ni  el futuro, lo que los unía era el hoy día, el pago del alquiler, las cuentas  y la educación de los hijos.

Ahora, habían jubilado y llevar la convivencia fue un sismo que los separó para siempre.

Ni el señor ni la señora se bajaron de la máquina, continuaron preocupados de realizar sus sueños de juventud, viajar , conocer gente, ser libre de hacer lo que  les diera  la gana y hasta  de enamorarse de nuevo…  quisieron volver a los veinte con cuarenta y cinco años de más de vida, todo esto fue un esfuerzo sobrenatural.

Hicieron caso omiso a la llamada de su cuerpo, el  cuerpo se sentía, lento, sentimental, curioso, se sentía pesado y quería adherirse al suelo, echar raíces, detenerse por fin a escuchar, a ver, quería ser parte del ecosistema de donde había surgido, millones de años atrás. El  cuerpo sabía que mundo creado había embelesado su juventud, en pago por el progreso.

¡Ahora es  nuestro tiempo!- les gritó el cuerpo, al mundo no le acomodamos.

Pero, el señor y la señora Portal no se bajaron de la maquina, ellos creyeron en la recompensación prometida a cambio de su juventud entregada al avaro progreso.

En busca de la juventud perdida gastaron esfuerzo y dinero, el mundo les extrajo hasta el último centavo:  viajes, rejuvenecimiento y salud.

Murieron, antes de ayer,  como objetos desechables ,sin haber escuchado el lenguaje de los pájaros, el rumor de un río y sin ver la niñez de un árbol

 

Un recuerdo de verano

 

 

Es un recuerdo impreso en mi mente,  el momento en que vi la vida terminar por la mano  que ejerce su derecho de animal superior.

Lo apartaban del rebaño el día anterior y nosotros, los niños,  lo adoptábamos  como una mascota pasajera, lo alimentábamos y jugábamos a enredar nuestros dedos en su lana.

A la mañana el tío que vivía con  la abuela, llevando el puñal al cinto, se preparaba para matar.   El  tío iba adelante cargando  el cordero en sus brazos, hasta un potrero.

En la  la anticipación al momento perturbador mi tío se convertía en  un Abraham, el cordero en un niño maniatado de pie y mano,  y  yo, mis ojos cerrados, deseaba por un rayo celestial, una voz desde el cielo  que detuviera  el golpe final.

No lo iba a suceder, para el cordero no había Dios… la sangre brotaba como la llama en un brasero.

Después, de colgar el vellón a secar, mi tío  cargaba su presa hasta la casa. Nosotros, los niños,  al pasar  por el jardín nos deteníamos a cortar flores para  el florero del comedor. Más  tarde se armaba el festín, carne asada, mosto y  la alegría de los  que nos reuníamos, cada verano, en la casa de la abuela.

 

El abrazo de ellas.


Leí en un periódico de a comienzo del siglo veinte la historia del asesinato de dos mujeres mientras dormían en su casa.

Marta, enseñaba lectura en la escuela del pueblo. Rosana, enseñaba bordado y dibujo.
Las jóvenes profesoras se hicieron amigas y a menudo salían de paseo, acompañadas por el novio de Marta.
Rosana era una muchacha soñadora, curiosa pero temerosa, sin sus amigos nunca hubiese entrado a un bar o jugado una partida de naipes.  Su primer foxtrot lo bailó en un salón del barrio bohemio con Marta y sacaron aplausos.
Marta tenía magia, un misterio que la energizaba, la hacia fuerte y , a veces, hasta desafiante de las normas sociales.
Marta mostraba su mente como si fuera un mapa de ruta para llegar a juntársele. Y Rosana se le juntó.

El trece del presente mes, continúa el artículo, el tío de una de la mujeres entró en la casa de las profesoras y al encontrarlas abrazadas en la cama, disparó y mató a ambas jóvenes.  El perpetrador alegó, en su defensa, que su sobrina había usurpado el nombre de su hijo, fallecido, para cometer el acto anómalo de casarse con otra mujer.