Faustino

Conocí a Faustino en mi nuevo trabajo, era hijo de italianos, de Vicenza. Un gordo regalón de cincuenta años que vivía con sus padres. Admirador de “La guerra de las galaxias“, soñaba con invertir en el mercado inmobiliario  y dejar de trabajar.  Estaba a cargo de emitir cheques a los clientes y cometía errores que causaban caos en el sistema, a las amonestaciones del jefe contestaba nerviosamente con excusas que nadie entendía, y para pretender que no le importaba la reprimenda, en cuanto el jefe se daba la vuelta, lanzaba su consabida frase, vaya con la fuerza.

Su escritorio estaba junto al de Juanita, una mujer desagradable, tan gorda como él, pero muy eficiente, a pesar de jugar al solitario en sus hora de trabajo. Ella Había sido amiga de Faustino, pero terminó detestando su desprolijidad y flojera, lo tenía en la mira y él se daba cuenta, por eso creo, la usaba como blanco de sus chuscadas.   En la oficina, todas las mujeres, veían a Faustino como un bobo, su humor pueril sobre Juanita las incomodada, temían transformarse también en el objeto de sus payasadas. 

Los colegas teníamos la costumbre de ir al pub el último viernes del mes, por unas cervezas, Faustino nunca participaba, él no bebía, su enorme barriga se debía a la abundante comida italiana  que su madre le cocinaba. Un día me sorprendió con una cajita de colación, su madre la había preparado para mí, la acepté porque no supe decir no, me dio lástima, mi flaqueza me convirtió en su amigo; la mayor parte del tiempo. Sin embargo,  cuando  su madre me envía una “cajita“ almorzábamos juntos. Su conversación comenzaba con sus proyectos para hacer dinero en el mercado inmobiliario,  entonces  yo, intencionalmente, le desvía la conversación  a Juanita, sus bromas sobre ella, para mí, eran  más aceptable que sus desquiciados planes para hacer dinero.  La seriedad de su discurso cambiaba de inmediato pues le gustaba ser chistoso, –sabías que un día Juanita fue raptada por alienígenas y concluyeron que no hay vida inteligente en la Tierra, o, – Juanita se fue de vacaciones  a una playa desierta, no cabía en ninguna otra.

 En primavera, a una cuadra de la oficina,  se instaló  un restaurante topless. Faustino, con los ojos brillantes y el color subido al rostro me describió a las mozas de la cintura para arriba, llevaban suspensores, estos tapaban la punta del pezón y sujetaban un pequeño delantal con encajes.  -Podrías invitarme, sugerí.  – No, es muy caro y exclusivo, vi al director ahí.  Faustino al ser un gordo rubio se creía con clase.  Ese restaurante trajo otra dimensión a la vida de mi colega, ahora tenía  mujeres semidesnudas, al pago de un almuerzo. Dejó sus comentarios sarcásticos sobre Juanita, la ignoraba, en verdad nos ignoraba a todos.Una tarde, de regreso de almorzar, se quedó dormido frente al computador, roncando estrepitosamente, soñando, imagino, con las mozas topless.  A Juanita, esto le colmó la paciencia y  escribió una carta a recursos humanos denunciando  la actitud poco profesional de Faustino.  Al día siguiente Faustino no apareció por la oficina, tampoco al otro, ¿qué pasaba con Faustino?  No lo sabíamos. Juanita aseguraba que lo había echado, gracias a su carta.  Pero, después  nos llegó la mala noticia que había sufrido un ataque cardíaco, en un motel.  La moza  huyó desnuda fuera de la pieza, tal cual se registra en la cámara de seguridad.

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