Sinfonía

 

En la cocina el ajetreo de cocineros y ayudantes era agotador. El aroma a  hierbas y la carne asada embriagaba los sentidos.

En el palacio tendría lugar el concierto del maestro Haydn y la servidumbre se aprontaba a dejar sus quehaceres por un minuto y poder escuchar lo que se denominaba como sinfonía.

Los mozos de mesa revisaban sus libreas y empolvaban sus cuerpo para aquietar los malos olores de sus cuerpos.

En el salón las damas, luciendo hermosos vestidos y altos peinados, los caballeros, lucían sus hermosas casacas  bordadas con hilo de oro y sus pelucas rizadas perfectamente acicaladas.

El primer grupo de sirvientes apareció con las bandejas con vasos estilizadas y llenos de champagne.

El maestro  entró vistiendo su librea, algo suelta sobre su escuálido cuerpo y con disposición alegre saludó,  junto a su orquesta , con una gran reverencia a la noble audiencia.

Los sirvientes detuvieron sus quehaceres, subieron las escalinata hasta la mitad para acercarse al salón y poder escuchar la música. Pero, al volver a sus quehaceres, se dieron cuenta que algo les había conmovido el alma, una mezcla de tempestad  e ímpetu.

 

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