El Locutor

 A claudia le  llegó la nueva de que su padre trabajaba como locutor en una radio.

Ella  dejó pasar un tiempo antes de mover el dial, pero por fin, una noche, sintonizó la emisora.   La voz del locutor sonó afable, bien timbrada. Claudia ya había olvidado la voz de su padre, no lo veía  desde los diez años.  Al escucharlo, sintió su garganta seca, y agarró el vaso con agua del velador, tomó un sorbo, y luego otro sorbo para tragarse esa amarga saliva que le llenaba la boca. No pudo, la amargura insana persistía, paseándose por cada uno de los rincones de su alma, con autoridad de soberano. 

Apagó la radio y decidió que ya era tarde para un reencuentro.

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