Sucedió a Perla

 

Roberto, de pie por ocho horas en la línea de la fábrica era como cualquier otro obrero. Quien lo conoció en la fábrica de conservas jamás hubiera sospechado lo que aconteció en su hogar; el único recuerdo que dejó entre sus compañeros fue el de una persona con escaso sentido del humor.

Perla, su esposa, lo recordaría como el marido que se sentaba todas las tardes frente al televisor a disfrutar películas. Un hombre que después de diez años de matrimonio la fue excluyendo, ella, suponía, que todos los matrimonios llegan a un punto donde la intimidad se enfría. Nunca discutió su sentir con su marido porque Roberto poseía un temperamento extraño, sufría de transformaciones siniestras.

La primera transformación de Roberto la conoció Perla a sólo unos meses de estar casados y sucedió a raíz de haberle sugerido que se rapara la cabeza para robustecer el cabello que comenzaba a raleársele; muy ofuscado Roberto se levantó de un brinco del asiento, sus ojos se convirtieron en una delgada línea sobre su rostro moreno y su cabeza se retorció como la de un reptil, sin decir una palabra le fijó la mirada; fue una mirada penetrante como la de una serpiente antes de morder, -nunca me digas lo que tengo que hacer-, la advirtió y se metió en el dormitorio. Permaneció encerrado por días. Perla pasó a ocupar como cama el único sillón que poseían y con más de un resorte al descubierto.

Durante los días que Roberto permaneció encerrado, Perla, llena de turbación, se imaginaba verlo aparecer con el rostro cubierto de escamas y con la lengua de serpiente puntiaguda cazarla como a una mosca para digerirla lentamente.

Para su sorpresa, cuando Roberto abrió la puerta del dormitorio lucía relajado, como si con su actuar hubiera conseguido un lugar eminente en su hogar.

Desde ese momento Perla tomó extremado cuidado en no malhumorarlo, aprendió a reconocer sus miradas de aprobación o rechazo y acomodó toda su vida alrededor de la figura de Roberto a quien comenzó a llamar con una rara reverencia, cariño.

Perla logró los ojos tristes y cansados de una matrona a los treinta años. En su trabajo se desempeñaba como una mujer dinámica, llena de proyectos y humor, pero, en su hogar su presencia se asemejaba a la luz de una lámpara, tenue y débil para no dañar la tranquilidad de su esposo.

Desarrolló mucho tacto en elegir las conversaciones con Roberto, elegía tópicos pueriles que no requerían de ningún racionamiento por parte de su esposo. También aprendió a ponderarle cualquiera opinión fútil, la ensalzaba como interesante, propia de un buen pensador.

Una de las cosas que interesaban a Roberto era aprender a través de películas, conocía Historia Universal mediante la visión del mundo de algún director de cine. Las películas determinaban también sus apreciaciones morales y sociales, se veía a sí mismo como un hombre bueno y era feliz. Se sentía en una posición envidiable, poseía una mujer que no se inmiscuía en sus asuntos; Perla era diferente a las mujeres de sus amigos.

Sin embargo, su vida fue alterada una mañana cuando descubrió sobre la almohada un mechón de su cabello y comprobó que, a pesar de las cremas, se estaba quedando calvo.

Comenzó a levantarse temprano para acicalarse el cabello y cubrir los espacios de la prematura calvicie, antes de irse al trabajo. Pero, las madrugadas comenzaron a dejar su huella y lucía pálido pues cada día necesitaba de más tiempo para acomodarse el cabello, al final optó por no acostarse para evitar despeinarse. Perla lo dejó dormir sentado en la sala noche tras noche.

Una noche de verano, Perla se despertó acalorada, el calor y la humedad que le derretía los huesos; tuvo la mala ocurrencia de abrir la ventana de la sala para refrescar la casa. Volvió a su cama. La brisa le refrescó la piel y se durmió.

Unas horas más tarde el ruido de una ventana golpeándose la despertó, se levantó media dormida a cerrar la ventana de la sala.

El viento de la súbita tormenta había arrasado papeles, volcado floreros, desnivelado cuadros, descolgado las cortinas. Sin embargo, lo que pasmó a Perla fue ver la cabeza de Roberto pelada, el vendaval se había llevado todos sus cabellos.

A la mañana siguiente de este triste suceso, Perla encontró a Roberto en estado mutis frente al televisor, comprendió de inmediato que su marido no debía ser interrogado en su crisis, y cerrando despacio la puerta de calle se fue al trabajo.

A días de la tragedia Roberto continuaba sentado en la sala, sus ojos fijos en la pantalla del televisor e incluso cuando iba al excusado dejaba la puerta abierta para poder observar desde ahí sus películas, eran su única seguridad.

Perla se fue acostumbrando a esta figura, como un objeto, en la sala y para distraer su atención comenzó a hermosear la pieza, compró plantas, figuritas de adorno, cambió las cortinas, pintó de nuevo las paredes, todo mientras Roberto permanecía sentado, callado y lejano. Un día ni se molestó en comer el plato de alimento que Perla le depositaba a diario en la mesita de centro.

Entre tanto Perla desarrolló un gusto por las plantas, acumuló tantas que tenía que moverse con cuidado para no voltearlas. Aprendió a conversarles a media voz para no perturbar a Roberto.

Pasó el tiempo. Un día al llegar rendida y con el pensamiento en su trabajo comenzó a regar sus amadas plantas, la Monstera Deliciosa, siguió con los helechos Nefrolis, continuó con el Zygocactus que estaba en flor y así, fue regando todas su plantas hasta que, sin percatarse, regó la calvicie de Roberto con un chorrito de agua. En las semanas siguientes Perla continuó regando sus plantas y la cabeza de su esposo.

El rostro de Roberto comenzó a cambiar de color, en el cuero cabelludo comenzó a brotarle un moho verdoso y pequeños filamentos verdes aparecieron en su pelada.

Perla abstraída en sus plantas continuó regándolas y hablándole, incluso le dirigió la palabra a Roberto, lo amonestó por primera vez, -qué manera de absorberte el agua, un día que me descuide y te secas-.

Cuando llegó el invierno Perla fertilizó las plantas, con cuidado hundió la barrita compacta de nutrientes en cada macetero y en la nariz de Roberto, ésta ya desaparecía entre los latiguillos que se descolgaban de su cabeza como una frondosa cabellera. Además, de su cuerpo, crecían raicillas afianzándolo al sillón.

Al término del año Perla logró un ascenso en su oficina y con mayor disponibilidad de dinero decidió mudarse a un departamento en el centro de la ciudad.

Plena de alegría decidió deshacerse de sus trastos viejos, lo único que se llevaría serian sus adoradas plantas.
El día de la mudanza Perla dirigió las maniobras, advirtiendo a los cargadores tener mucho cuidado con sus plantas. Uno de los cargadores, al descubrir la extraña planta en la sala le preguntó si se la lleva, -No, esa la pueden tirar a la basura, nunca logré comprarle un macetero más grande. Contestó Perla.

Los hombres levantaron entre dos a Roberto y cuando estaban a punto de tirarlo a la basura Perla los llamó,-¡esperen!, voy a cortar una patillita para colocarla en un macetero y ver si crece…

Al cortar un esqueje de la planta sintió un extraño ardor en el vientre, fue como si algo le surgiera adentro.

 

 

 

 

 

 

Registrado en Safe Creative

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s