Bajo el parrón

 

A las once y treinta la policía golpeó a la puerta de su casa. Dagoberto pensó que era Ada, su mujer, que volvía con las compras del mercado.  Los dos policías  le solicitaron pasar, uno extrajo del bolsillo de su casaca una libreta de apuntes y con voz compugida le habló, “Don Dagoberto Carrasco, traigo malas noticias, su señora… a la salida del mercado…, fue instantáneo, el chofer del vehículo se encuentra detenido, pero, hay testigos que corroboran la declaración del chofer, su señora atravesó de sopetón“.

 

Esa tarde Dagoberto llegó a la morgue, venía a reconocer el cadáver. Le pesaba todo el cuerpo.   A paso lento siguió a la enfermera.  Interioriormente quería escapar pero siguió a la enfermera. Cerró los ojos y levantó a tientas la sabana, no quería ver la cara destrozada de su mujer, sin embargo abrió los ojos y la miró. Ada lucía cuarenta años más joven, como cuando la conoció, sencilla y plácida, con esa expresión de ángel que llevó hasta “esa“ llamada.

“Es ella”.

 

Meses más tarde Dagoberto se encontraba sentado bajo el parrón y esperaba, con el corazón anhelante, a que sonara la campanilla de la puerta de calle.  Trataba de calmarse pero se sentía asfixiado por la ansiedad. La otra, vendría a visitarlo.  Lo telefoneó en cuanto supo de la muerte de Ada, y le dijo, “me gustaría verte”.  Dagoberto la había amado con un amor mezquino, aprovechándose de su vulnerabilidad de mujer fea.  A la fecha habían transcurrido veinte años desde el día que ella llorando se le abrazó a las piernas, rogándole le diera un hijo, era lo único que le pedía, un hijo para su vejez, nadie lo sabría, ni ella exigiría nada, ni siquiera su apellido para el niño, pero él se asustó y la abandonó para siempre.

La brisa tibia agitó las hojas de las vides del parrón, Dagoberto escuchó la campanilla de la puerta de calle. Caminó rápidamente al interior de la casa, cruzó la sala y con mano firme descorrió el picaporte. El cartero le entregó la cuenta del agua.

Dagoberto regresó a sentarse bajo el parrón.  En verdad ella no había fijado el día de su visita, pero él se había levantado esta mañana con la corazonada que, después de tantos años, hoy vendría a verlo.  Miró el parrón, lo había  plantado el mismo día que decidió abandonar a su amante y desde ese día lo cuidó con esmero para que las uvas crecieran grandes y sanas.

Desde la muerte de Ada la añoranza por compañía lo sobrepasaba, sentía la soledad apegarse a su piel, a sus cosas, a todo a su alrededor.  Sus días se semejaba a páginas amarillentas de libros escritos muchos años atrás.

Recordó cuanto Ada disfrutaba de su sombra en los calurosos días de verano, cerraba las ojos como dormida y a él le gustaba verla tranquila a la sombra del parrón, aunque, desde “esa“ llamada Ada nunca más fue feliz, “esa“  llamada le socavó la vida para siempre.  Nunca le preguntó por su traición, prefirió ignorarla, pero, se volvió desconfiada, cualquier acto de Dagoberto le motivaba sospecha y poseída por los celos cerró su casa a sus amigas, cualquiera de ellas podía ser la mujer que delató a su marido.

Ahora solo y frente al recuerdo Dagoberto sintió que algo se desmoronaba en su pecho, debía ser dicho, “Gloria, Gloria se llamaba”, gritó con rabia. La sangre se le agolpeó a la cabeza y jadeante por aire le pareció ver a su mujer sentada bajo el parrón, “Gloria se llamaba“, le confesó de nuevo, “ya no vale la pena saberlo” la escucho decirle y  cayó muerto bajo la sombra del parrón.

 

2 comentarios en “Bajo el parrón

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