Amargo

 

 

Lo supe en el trabajo y de pronto me volvió su imagen del viernes recién pasado: nos habíamos cruzado frente al ascensor, él y su mujer se iban, yo con la mía entrábamos al club.

El domingo en la mañana bajó al garaje,
conectó la manguera al tubo de escape del gas, la metió dentro del auto, se sentó al volante, cerró las ventanas y encendió el motor. Horas más tarde su mujer lo encontró muerto.

Al saber la noticia de su muerte creo que pensé: debe haber sido como quedarse dormido, relajado como cuando fumabamos marihuana en el asiento de mi auto.

Días después, su mujer, me entregó la carta que Martín había dejado para mí, no la abrí, la deslicé en mi bolsillo y musité un gracias, ella se quedó mirándome, me pareció que pensaba que la leería frente a ella, pero yo no tenía ninguna intención de saciar su curiosidad.

-De verdad lo siento-, le dije y la toqué levemente en el hombro.   Me escurrí, volví a la rutina de mi trabajo. Durante el día pensé, varias veces, en la carta de Martín.  A eso de la siete de la tarde decidí que hacer: encendí un fósforo y la quemé.

 

Meses más tarde, mi mujer se encontró con la viuda de Martín y cuando regresé a casa esa tarde mi mujer me contó que la viuda le había preguntado acerca del contenido de la carta, yo fingí asombro, le contesté que nunca había recibo una carta, me molesté. La viuda es una metida, pensé, la carta es para mí.

Mi mujer insistió: ella dice que te la entregó personalmente, en el trabajo.

-Ah, pues la quemé…  Mi mujer me miró sorprendida e incrédula, y también curiosa  me preguntó: ¿ Sin leerla la quemaste,  no eran amigos?

Me encogí de hombros sin responderle.

Éramos desconocidos.  Nos juntábamos a beber unas cervezas y fumar marihuana, a hablar de fútbol o cosas laborales y, de vez en cuando, él me contaba de su relación con su mujer. A mí no me interesaban los líos de su matrimonio, nada de él me interesaba, lo encontraba burdo.

Para Martin yo era su amigo, él pensaba que teníamos cosas en común, cerveza, hierba, trabajo, matrimonio, hijos, pero, él tenía todo eso, yo tenía una terrible abulia y un inmenso descontento.

 

En cuanto a  mi mujer, al igual que Martín es una desconocida. Fue una extraña desde el momento que desperté a su lado, la mañana de nuestra primera noche. Su mundo es otro, no sé, la verdad que rara vez nos encontramos.  Ni sus atenciones, ni su amor o su desamor me tocan.  La reprocho a menudo porque todo lo que a ella la interesa yo lo encuentro mediocre o lo detesto, y, a pesar de esto, me agarro a lo cotidiano con furia, me satisface la tranquilidad de la rutina. Para mí ha sido siempre difícil decir te amo y es imposible decir adiós.

Mis hijos también son unos desconocidos, ellos pertenecen a su madre, a ella corren como polluelos al ala de la gallina.  Ellos me juzgan y yo solo quiero que sean lo que yo no fui, quiero que mi experiencia les sirva para no tropezar con mis mismas piedras y mientras yo trato de cambiarle el camino, la madre, les lava los pies cuando vuelven a casa “embarrados”.

Mi mujer me llama hipócrita porque doy estos consejos a mis hijos y fumo marihuana, mi mujer está equivocada no soy hipócrita, soy un amargado.

En fin, ahora que Martín se suicidó no consigo hierba; bebo cerveza, solo.

He mirado televisión todo el fin de semana, a mi alrededor mi mujer limpia o cocina, mis hijos en sus habitaciones escuchan música o juegan en el PC.

Mañana es lunes, otra vez. La vida continua. Martín no te pierdes nada. Ahora me iré a acostar.

 

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