Alienada

 

 

Son las dos de la mañana en una habitación. Cristina no se atreve a prender la luz, se decide a mirar con el rabillo del ojo a su izquierda, ve un bulto pero no está segura, pueden ser solo las frazadas apiladas. Esta noche teme descubrir su soledad y opta por quedarse quieta hasta el amanecer.

Quieta como cuando escuchaba la voz áspera que la persiguió desde los once años; quieta como cuando sentía las yemas de los dedos húmedos moviendo a un lado la entrepierna de su calzón. El placer de sus caricias la hacían sentir sucia, como si su dios mirara para otro lado cada vez que su hermano gritaba: “¡Cristina, ven acá!”.

 

Las tres de la madrugada. Cristina piensa en Pedro; le servirá el desayuno en la bandeja de bambú que él le regaló para la Navidad pasada. Después de desayunar saldrán a pasear por el parque y se sentarán frente a la pileta a mirar a los dioses mitológicos escupir el agua en la fuente.

Las cuatro de la mañana. El cansancio comienza a vencerla, pero no logra dormirse. Cristina tiene miedo, sabe que encontrará un hueco en su cama, en la pieza, en su vida, una inestabilidad emocional le ordena resguardarse en sus relaciones con los hombres.

Las cinco de la mañana. Ahora Cristina puede vislumbrar su lencería en el suelo; está allí, pero bien podía no estarlo, no hay un nexo entre ella y sus cosas.

Cuando los vellos aparecieron en su pubis, su hermano fue el primero en notarlo, y sonriendo trató, por primera vez, de introducirle el dedo en la vagina, ella se escabulló y desde entonces le tuvo miedo.

Un día su madre salió al campo a comprar gallinas; iba a sumar al negocio de las hortalizas la venta de huevos., Se llevó con ella a los dos más pequeños, y a Cristina y la Maga las dejó encargadas de desmalezar la huerta. Al poco rato la Maga se cansó de trabajar y se volvió a la casa. Cristina continuó picando la tierra con el chuzo para arrancar la maleza.

No supo qué pasó, pero escuchó el grito de la Maga, tampoco supo por qué no soltó el chuzo cuando entró a la casa, o por qué encegueció de rabia al ver, en el suelo del living, al hermano mayor con los pantalones abajo, forjándose sobre la Maga, abriéndole las piernas con una mano y con la otra cubriéndole la boca. Cristina levantó el chuzo y lo dejó caer con fuerza. La Maga dejó de forcejear y temblando le dijo: “mataste al Julio…”.

Las seis de la mañana. Cristina ve claramente el bulto debajo de las frazadas pero lo ignora.

Durante el tiempo que pasó en la correccional, aprendió la preparación del suelo para el cultivo de hortalizas, y cuando quedó libre volvió a su casa, contenta de una vida sin el Julio, y sintiéndose digna por haber protegido a su hermana.

Las seis quince. Cristina se levanta a la cocina a hervir agua para prepararse un café y despejar su cabeza llena de reminiscencias.

 

Las seis treinta de la mañana., Pedro se mueve por primera vez, abre los ojos e incorporándose en la cama se sorprende al encontrarse solo, quiere llamar a Cristina pero ve asombrado que no tiene boca, su cabeza está con su cuerpo todavía en la cama, debajo de las frazadas. Ella lo ha hecho suyo, le ha dado una cualidad,: amante, y sin embargo lo mata con su vacilación para entregarse.

Mientras tanto, Cristina, sentada a la mesa de la cocina, bebe café a pequeños sorbos.

 

Al entrar a casa vio a sus hermanos pequeños cobijados alrededor de su madre, y esta, muy agria al verla en casa, le dijo: “Recoge tus cosas, tú ya no vives aquí”. Ella cayó de rodillas y le besó las manos, el ruedo de la falda, pero la madre permaneció ciega, como cuando el Julio la llamaba: “¡Cristina, ven acá!”.

 

“¡Cristina, ven acá!”. Es la voz de Pedro sacándola de sus cavilaciones, pero ella no se mueve.

 

 

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