El corte inglés

 

 

 

El corte inglés

 

Es primavera de 1932. Por la plaza Sotomayor, un grupo de extranjeros camina hacia el ascensor El Peral, van a subir al cerro para fotografiar la bahía. Frente al ascensor se topan con un asno cargado con tachos de comida añeja, les llama la atención y toman unas fotos.

Arriba, en el cerro, está el paseo con escaños y un mirador a la bahía.

Matilde, aprovechando el tibio sol, está sentada en uno de los escaños y lee un poemario. Son versos de un poeta porteño, ganador de la flor natural, un importante galardón de un concurso literario que se celebra cada primavera… De súbito le llama la atención el grupo de extranjeros que ha subido a fotografiar la bahía.

Uno de ellos, al verla, se aparta de sus compañeros. Ella lo ve acercarse, viste un traje blanco y sombrero. Al saludarla, se descubre y, con una exagerada reverencia, le pide, en casi perfecto español, permiso para sentarse a su lado. Parece educado y alegre, le cuenta que es hijo de un funcionario público, también le dice que aprendió castellano en España y que trabaja para Duncan House, una compañía naviera. Su nombre es  Matthew Bennett.

Ella lo escucha fascinada, observa que tiene un bigotillo rubio, le cae lacio sobre el labio superior, le asienta. Matilde se siente atraída y tiene que hacer un esfuerzo para despedirse, las señoritas se quedan poco tiempo con un extraño…

Matthew, cogiéndole la mano, le pide verla de nuevo. La invita al teatro Victoria, esa tarde está en cartelera Doña Francisquita, con artistas y orquesta de la zarzuela madrileña. Poniéndose el sombrero sobre su corazón, le ruega que no lo deje plantado.

—¿Cómo podría? —le contesta ella audazmente.

Esa tarde vuelven a encontrarse, caminan hacia el teatro hablando en voz baja, como si temieran quebrar el hechizo que los sobrecoge.

Una vez en la sala, entre tonadillas y fandangos, Matthew, en la oscuridad,  le toma la mano y  le besa cada yema de los dedos…

Son novios. Matilde y Matthew van de paseo por el camino costero a Viña del Mar. La brisa del mar les desordena el cabello. El cochero golpea la fusta sobre el lomo del caballo.

Se bajan pasado la desembocadura del estero y caminan por la playa hasta una especie de cueva abierta entre rocas. Él acarrea una maleta de picnic con té y galletas de mantequilla, Matilde porta un chal que tiende sobre la arena, se sientan muy juntos. Él la abraza y besa.

—Oh, Matthew…

 

El año siguiente, en Londres, el reloj de la torre da las 11 de la mañana cuando el gerente de Duncan House recibe a Matthew por un asunto “de caballeros”. El asunto, le dice, concierne a una carta llegada desde Duncan House en Chile; en ésta se pide ubicar a Matthew Bennett, ingeniero comercial de Duncan House, por la demanda de paternidad presentada por la familia de Matilde Urrutia.

Matthew saca su cigarrera de oro, golpea el cigarrillo y sonríe.

—Mi estimado señor: yo soy un hombre casado; usted lo comprende, ¿no es cierto?

—Lo entiendo, pero debo contestar esta carta a Santiago, y usted me dirá cómo.

—Diga a Duncan House en Chile que doy mi palabra de caballero de que nunca conocí a esa dama, y que el único acto social en el que participé estando allí fue el baile de bienvenida a la presidencia de don Arturo Alessandri Palma.

—Muy bien, así se hará, señor Bennett; y ahora tengo instrucciones de Lord Duncan para su próximo viaje, que es a Sudáfrica. ¿Pasamos a este asunto?

—Por supuesto.

 

 

 

 

 

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