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Aucana, levantándose las faldas, se adentró en el río para sentir el frescor de las aguas aliviar sus adoloridas piernas. A cierta distancia, sus llamas y guanacos pastaban. Su mundo estaba en paz, su vida estaba libre de espíritus malévolos y el sol relucía sobre las musgosas piedras del río. Pero esa tarde, cuando regresó a su aldea, vio una lanza con jirones de lana ensangrentada en la punta, la lanza estaba clavada en la explanada, punto de reunión mapuche, a la sombra de un canelo.

Se dirigió a la ruca de su familia y vio a su abuela machi que, apretando un manojo de hierbas santas, las levantaba e invocaba espíritus mediante conjuros.

Sin comprender qué había pasado, volvió a la explanada, adonde ya llegaban los caciques de aldeas cercanas, que se fueron sentando alrededor del canelo, árbol sagrado. Cuando todos estuvieron sentados, apareció su abuela; gimiendo y golpeándose la espalda con el manojo de hierbas santas, se postró en la base del canelo sobrecogida por lamentos. El cacique jefe se puso de pie y, con la autoridad de su cargo, la increpó a hablar, y la machi, recogiendo un puñado de tierra, lo vació en la palma del cacique jefe.

—Debemos rogar para que nuestro espíritu nos cambie el destino —dijo.

Esa noche, en busca de unión y protección, la gente bailó al ritmo del cultrún.

En un punto del guillatún, Aucana se acercó al muchacho que había traído la nueva de los extraños seres en la costa.

—Dime a qué se parecen.  —Lancaleo la miró sin responder, lo que menos quería era recordar esos seres fantasmales que le asustaron el espíritu.

 

Al otro día, como de costumbre, Aucana salió a pastorear su ganado, y en la quietud de los montes se puso a pensar en los seres que Lancaleo había visto. Quizá estos seres fueran dioses que regresaban para enseñarles, en vida, la senda que hay entre el cielo y la tierra, ese camino que todo mapuche recorre cuando muere. Quizá los mapuches dejarían de mirar hacia los dioses y serían los dioses quienes los mirarían a ellos.

La expectativa de algo grandiosamente místico dio bríos a su imaginación, y cuando vio a Lancaleo caminando hacia ella, decidió hacerle una proposición.

Lancaleo la pretendía y la rondaba, y según sus costumbres, debía hacerlo por un tiempo antes de efectuar el rapto simulado de la muchacha.

—¡Llévame al lugar donde viste a los seres extraños! —le pidió ella.

Esa noche abandonaron sigilosamente la aldea. Siguieron el cauce del río hacia la costa, al lugar donde Lancaleo, agazapado entre matorrales, había visto desembarcar a los extraños seres. Caminaron todo el día, y al anochecer buscaron una cueva donde descansar. Se tendieron sobre sus mantas, y por un rato permanecieron boca arriba, observando los relieves que el tiempo había dibujado en el techo de la cueva.

En un momento, siempre en silencio, Lancaleo se volteó hacia ella, y Aucana lo acogió por primera vez.

A la mañana siguiente, mientras Lancaleo dormía, Aucana se levantó a buscar corteza de Quillay para lavarse en el río. La mañana era una algarabía de ruidos, las cumbres nevadas de la cordillera se reflejaban en las aguas cristalinas del río, toda la naturaleza, árboles, aves e insectos despertaban a un nuevo día.

Mientras tanto, don Diego Oñoza y Mercado cabalgaba río arriba, hacia la cordillera. Se había adelantado a sus compañeros para reconocer el terreno y descubrir la tierra fértil que según los nativos del norte encontraría en este país del sur.

Don Diego, en sus andanzas de soldado aventurero, prefería viajar de noche y dormir de día, y este hábito le había concedido en muchas ocasiones la ventaja de caer por sorpresa sobre dormidos nativos.

 

El nuevo dios estaba frente a ella, tenía pecho y cabeza de metal. Aucana vio la espada ensangrentada y la cabeza de Lancaleo agarrada por la cabellera, guindando y chorreando sangre antes de ser lanzada al río.

No bien la cabeza cercenada de Lancaleo se hubo hundido en las aguas, más bestias y dioses, espada en mano, remecieron su tierra.

Su pueblo rehusaría ser sometido, lucharía por cientos de años para recuperar su paraíso perdido: la tierra que el dios mapuche entregó a su pueblo para que viviera feliz en ella.

 

 

One thought on “Mapuche, gente de la tierra.

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