Bob era fuerte, trabajaba en la bodega del supermercado transportando la mercadería. Ilse trabajaba en la caja, era una joven tranquila que se aislaba de las actividades sociales de sus compañeros de trabajo, algunos decían que tenía pareja y un niño, por eso para ella la rutina era de su trabajo a la casa.

A la hora de la colación se sentaba a comer su sándwich en el patio trasero, donde llegaban los camiones con la mercadería, y a veces intercambiaba un hola con Bob. Poco a poco él comenzó a acercarse a Ilse. Ella contestaba sus atenciones de buen modo pero sin mayor interés. Un día él la invitó al cine, pero ella dijo que no podía, que tenía mucho trabajo en casa. Bob pensó que debía ser paciente y que de seguro la chica se estaba dando importancia.

El rechazo a su invitación le hizo a Bob recordar a su mascota, un ratoncito. Cada vez que el animalito percibía su presencia, chillaba, le mostraba los dientecitos. Si lo sacaba de la jaula, lo arañaba y se escabullía muy nervioso debajo de la cama.

La madre de Bob lo acusaba de torpe, de ser un bruto para tomarlo, son animalitos frágiles como novia, le decía.

Un día, cuando tenía diez años, hurgando en los cajones de la cómoda de su madre, encontró un guante largo de novia. Se lo puso y sacó de la jaula al ratoncito. Esperó hasta que se sosegara; la cola larga y pelada se le enrolló a su dedo meñique, y entonces él le apretó el cuello hasta dejarlo convertido en un algo inerte, algo totalmente a su disposición. Después corrió hasta la cocina llamando a su madre, se murió, mintió, mi ratoncito se murió. Su madre lo abrazó muy fuerte y él sintió un beso, un pequeño chasquido junto a su oreja.

La ilusión de Bob por Ilse lo tornó alegre, los días se sucedían rápidos y radiantes, aun en invierno la tibieza de sus pensamientos amorosos lo animaban a trabajar mejor que nunca, incluso el jefe lo felicitó por su productividad: Bob podía descargar un camión, él solo, en menos tiempo que dos hombres.

Una mañana Bob se enteró de que Ilse dejaba el trabajo. Ambos ya iban para los tres años de empleo. Casi tres años enamorado de Ilse, pensó Bob esa mañana mientras se afeitaba. No podía soportar la idea de que ya no estaría sentada en ese banquillo del patio comiendo su colación. ¿Dónde se iría? El la seguiría donde fuera.

A Ilse sus compañeros de trabajo le dieron una pequeña despedida y desapareció del supermercado tal cual había llegado, sin amigos, por esto nadie pudo contestar a Bob su pregunta sobre dónde se había ido.

Bob cambió, se volvió flojo en el trabajo, su madre notó que amanecía con los ojos enrojecidos de dormir poco, aunque en verdad era de llorar.

Una tarde, a la salida del metro, Bob divisó a Ilse entre los pasajeros que desembarcaban. Olvidándose de su rumbo la siguió, abriéndose paso entre la aglomeración de pasajeros que conmutaban de una línea a otra. Ya a la salida la alcanzó y con el corazón palpitante le agarró el brazo. Ilse se volvió extrañada, asustada, él le sonrió y se disculpó, atolondrado, qué suerte haberla encontrado, no se imaginaba cuánto había pensado en ella, pero no había sabido dónde encontrarla. Ilse al reconocerlo volvió a su compostura habitual, pero no lograba entender bien a este hombre que vagamente situaba en su anterior trabajo. Al notar que el agarre en su brazo era firme se inquietó.

Pasaron frente a una cafetería y Bob la invitó a sentarse un rato a conversar. Oscurecía, e Ilse sabía que su casa distaba una cuantas cuadras de la estación, además estaba el parque, que no era recomendable atravesarlo de noche.

—No puedo, otra vez.

Bob soltó el agarre y se retiró unos pasos. Ella le dijo adiós y se marchó raudamente.

Bob se quedó mirándola, no había logrado retenerla, a pesar de todo ese tiempo sin verse, tanto tiempo imaginando encontrarla un día de casualidad en la gran ciudad, hoy era el día y lo estaba desperdiciando. Tenía que hablarle, decirle que la amaba, que desde el día que ella cambió de trabajo su vida era una mierda, que la amaba por cuatro largo años. Recordaba cada de uno de sus gestos, su pelo liso cayéndole sobre la frente y la forma de comer su sándwich, a pequeños mordiscos, tal cual como su ratoncito comía los trocitos de zanahoria.

Partió tras ella, anduvo rápido hasta que la vio entrando al parque, entonces echó a correr para no dejarla escapar. En su bolsillo llevaba el guante largo de novia de su madre.

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