La fotografía

 

 

 

Me acuerdo de su muerte pero no de su funeral. La llevábamos desde su pequeño pueblo al doctor en la ciudad. El conductor del tren avisó a mi padre. El tren parecía una bestia desbocada y él tuvo que avanzar afirmándose en las butacas hasta el carro donde, en una camilla, viajaba la abuela materna. Yo intuí que mi madre sospechaba la noticia. Cuando mi padre regresó yo observé con mis ojos muy abiertos, porque me habían dicho que a los siete años uno comienza a recordar para siempre. Mi padre se inclinó a hablarle al oído; recuerdo su mejilla tersa y bien afeitada, su boca con un bigotillo cuidado, mi madre comenzó un llanto suave para no despertar al bebé que acunaba en sus brazos.

Luego hubo que disimular el resto del viaje, ¡sin llorar! Papá lo organizó todo: bajaron a la abuela en una silla de ruedas y la pusieron en el taxi. Nos sentamos con la abuela muerta hasta la casa de la tía, todo esto para que no fuera llevada de la estación del ferrocarril al hospital y cortaran su carne de mujer anciana.

Nada más.

Viajamos de regreso a casa. Me dolía saber que no vería más a la abuela.

En un momento observé el voraz movimiento de la mandíbula de mi hermano al mamar el pezón café de mi madre. Eso era la vida misma.

Recuerdo el ruido del tren y el calor de la tarde de marzo, la incomodidad del bebé, el grifo en el carro sin funcionar y el ahínco con que el bebé chupaba el biberón vacío.

Arribamos con el bebé deshidratado y todos acongojados por la muerte de la abuela. La casa me parecía un espacio lúgubre, como una catedral, imágenes tristes desfilaban por mi mente, bosquejos grises colgados en la pared de mi dormitorio.

 

Unos días después el bebé se agravó y yo corrí una última vez en busca del médico, tres, cuatro cuadras, rogando que aguantara, que no se muriera, que esperara… El médico no estaba. Caminé de regreso a casa, paso a paso y rezando para que Dios no me fallara…

Yo fallé, volví sin el médico. Mi madre levantó la vista por un instante, luego gimió desgarradoramente, el bebé acababa de morir en sus brazos.

 

Esa noche tuve fiebre y deliré. La abuela se había llevado a mi hermanito y, a la puerta de mi dormitorio, me llamaba a mí también. Sentí mi cuerpo flotar en el aire y entonces me agarré a las sábanas de mi cama con toda mi fuerza… Al día siguiente cumplí el deseo de mi madre: fui a buscar al fotógrafo para que tomara la única fotografía del bebé, entre azucenas blancas.

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