Violento

Violento

Un amanecer, Humberto se despertó oyendo el llanto de un crío. Se levantó apurado y corrió al balcón, miró hacia la calle; no había señal de ninguna criatura.

Humberto vivía una vida ordenada y disciplinada, ejercía la profesión de contador. Desde su infancia aceptó sin cuestionar las enseñanzas de sus padres, fue un hijo santurrón, entregado al cuidado de su madre y al afecto de su padre.

Volvió a escuchar el llanto del crío y pensó que estaba volviéndose loco. Entonces decidió salir a dar un paseo por la costanera, el aire del mar lo devolvería a sus sentidos.

Desde la muerte de sus padres sentía que sin la presencia de ellos la vida placentera y sin preocupaciones que tenía no le pertenecía, había sido el trabajo de sus progenitores.

Paseó por la costanera deteniéndose a cada paso a escuchar el llanto del crío en su cabeza. Entró a una cafetería sin clientes y, tras ordenar a la mujer un café con leche, se sentó a una mesa a esperar que le sirvieran.

La ausencia de sus padres lo estaba trastornando, su vida solitaria yacía abierta ante él sin trabas ni responsabilidades, y en esta libertad se perdía. Comenzó a sollozar, se inclinó sobre la mesa para ocultar sus lágrimas pero sólo logró voltear la taza de café que la mujer había depositado sobre el mantel.

Se levantó, se limpió los mocos en la manga de la chaqueta y se aproximó como un limosnero al mesón donde estaba la mujer. Esta, ocupada en exprimir naranjas, lo ignoró. Humberto la vio insensible ante su desazón; la observó: el cabello, de un color indefinido, le cubría la frente; tenía los músculos de los brazos tersos y llenos, los pechos fuertes y redondos; la sintió tibia, suave, viva, e incapaz de sofocar su deseo se calentó hasta la médula de los huesos. Descontrolado, saltó por sobre el mesón, volteó la exprimidera, desparramó las naranjas y la crema para el café y enclavó a la mujer con toda su fuerza sobre las baldosas del piso.

Una vez saciado su deseo, se escabulló; tenía un corte en la parte trasera del cuello y la sangre le manchaba la camisa.

Cerca de la costanera había un edificio derruido que servía de albergue a los vagabundos que deambulaban alrededor de la playa. Humberto entró en el edificio y vio una escalera que bajaba al sótano, bajó rápidamente, tenía apuro en borrar sus huellas, quería despistar su acción, estaba asustado de su propia audacia; bajó a tientas, no había luz y cayó en la cuenta de que no sabía si había más espacio para descender, estaba en completa oscuridad. Se sentó en una grada de la escalera; un gemido mal reprimido lo sacudió y las lágrimas rodaron por sus mejillas, estaba angustiado.

Después de un momento se dio cuenta de que quien lloraba era el mismo crío que lo despertó esa mañana, puso más atención y se percató de que lloraba el hombre solitario, el solterón, el que había sido idealizado como un hijo modelo. Lloraba el huérfano del freno paternal, el que al verse libre se transformó en macho en celo y, enceguecido por clamar su derecho a pasar sus genes, entró a la fuerza en las entrañas de la mujer del café…

Lloró como un crío a la puerta de su vida, de pronto comprendió que era un hombre libre, que ninguna enseñanza moral podía protegerlo, que la elección de actuar de una manera u otra era solamente suya.

Estaba a la intemperie, mojado en lágrimas, lleno de remordimientos, acabado, y se dio cuenta de que no estaba tan loco como para vivir a la intemperie. Lentamente comenzó a subir la escalera.

Afuera, en la calle, la policía había encontrado su rastro.

1 comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s