img_0017Adán.

Adán respiró con dificultad. Sintió mucho calor y mucha sed. La energía cósmica se expandía cual polen por el aire, empujándolo hacia la evolución. Muy debilitado, se arrastró hasta la poza de agua que una vertiente subterránea formaba entre los junquillos. El agua fresca lo revivió un poco, y al levantar la cabeza de la poza notó, por primera vez, en el reflejo del agua, sus ojos, su frente, sus mejillas, su nariz, su boca. Por un rato se observó intrigado.

Al erguirse vio seres semejantes a él debajo de los árboles; le resultaron extraños, les tuvo miedo, e instintivamente se ocultó entre los junquillos; agazapado, los observó chillar, pelearse, morderse, ir y venir sin rumbo. Adán volvió a mirarse en el reflejo del agua, él era diferente, solo eso entendió, todo lo anterior ya no existía en su memoria, y se quedó entre los junquillos a esperar la noche para desertar del mundo arcaico en el que había vivido hasta entonces.

Una vez lejos, Adán aligeró el paso. Se descubrió a sí mismo en el mundo y se sintió desamparado, solitario, perdido, expulsado de su paraíso terrenal. Adán era el animal más débil, el más vulnerable. Cada noche observaba las estrellas y, fascinado por la luz que emanaban, quiso crear un vínculo con ellas, pues las imaginó ojos de seres superiores, más poderosos que las fieras, los volcanes o los vientos. Un día, al cazar un venado joven, fuerte y sano, se le ocurrió sacrificar el animal; convencido de que su vida estaba reglamentada por los astros en el cielo, cortó el cuello del animal con una piedra afilada y ofrendó su sangre a las estrellas para que continuaran alumbrando la oscuridad de sus noches.

Una noche Adán soñó que caminaba sin estrellas por la tierra; aterrorizado por la oscuridad, caía a un abismo, y cuando iba a chocar contra el suelo, un rayo de estrella lo elevaba al cielo, desde donde veía la tierra cubierta de una manada de hombres como él.

Después de este sueño Adán creyó que su camino estaba predestinado por los astros del cielo, y concluyó que las estrellas lo harían imperecedero en el tiempo.

Eva.

En otra parte de la Tierra, Eva llevaba días siguiendo el rastro de otro como ella.

Muy cansada, se detuvo bajo un árbol cuyas ramas formaban un toldo protector y cuyas raíces gigantescas simulaban una especie de madriguera en la que se acomodó para pasar la noche.

Soñó con el árbol a cuyos pies dormía, lo veía luchar contra el claustro de las profundidades subterráneas que succionaba todo hacia su centro; tras mucho esfuerzo, el árbol lograba asomarse como una pequeña bellota que crecía y florecía en el suelo. Cuando Eva despertó del sueño entendió que, como el árbol, ella había surgido de la tierra, había luchado por aflorar sobre el suelo para encontrarse con otros y dar frutos.

Se puso de nuevo en marcha; a lo largo del camino fue recolectando frutos, larvas, gusanos, y raspando la miel de los árboles. Era ágil, cautelosa e intuitiva para esquivar los peligros; sin embargo, una tarde, al tratar de cortar el fruto que crecía en el tope de un cactus alto, perdió el equilibrio y cayó entre unos cardos. Sintió la mordida en la pantorrilla y al momento Eva entró en el Tiempo de los Sueños.

En el Tiempo de los Sueños todas las cosas —árboles, animales, piedras, ríos, luna, estrellas— no existen en estado físico, existen en ausencia, es un mundo sin esqueleto, como el sentir; los seres que conforman este mundo no entran en conflicto, solo se dejan percibir. Eva sintió sed y el río le dio de su agua, y cuando tuvo frío el sol se tendió a su lado. También sintió a la serpiente que la había mordido subir por el cactus, cortar el fruto y con el jugo del fruto curar su herida.

Mientras convalecía en el Tiempo de los Sueños, la serpiente se le acercó, vomitó frente a ella una manzana y le ordenó: “Cuando encuentres al otro como tú, le das de comer de esta manzana, y tu misión en el mundo se habrá cumplido”.

Eva no adoraba a los astros en el cielo, ella seguía el Tiempo de los Sueños, en el sentir estaba el mapa de su ruta.

Adán y Eva.

Lo vio después de unos días de caminar, al bajar un monte. Eva se escondió detrás de unos matorrales; el otro era más o menos de su altura y de su constitución. Adán levantó la vista, se puso de pie, se llevó la mano a la frente para esquivar el sol y, al verla, la ahuyentó con voces y gestos. Eva no se marchó. Traía del Tiempo de los Sueños la manzana del sentir en su mano.

Adán se acercó curioso, midiendo cada uno de sus pasos, atento y alerta, cerciorándose de que era bienvenido. Eva le ofreció la manzana, y al comer el dulce fruto que la mujer le daba, el hombre asoció este momento de encuentro al placer.

Más tarde, cuando la luz de las estrellas iluminó la noche, Adán y Eva crearon su descendencia de cielo y tierra.

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