img_0073_2Lunes.

 

Hoy me llamó mi hija: regresa. Me lo ha prometido otras veces, ojalá esta vez sea cierto. También me pidió que desaloje su casa, pero los arrendatarios viven allí por años, será una verdadera molestia para ellos mudarse. Le pediré a Margarita que vaya a darles la mala nueva, yo ya estoy vieja para alegatos. Margarita es fortacha.

Pienso que va ser bueno conversar con mi hija, le contaré algunas cosas de la familia, he meditado sobre esto y he decidido que es bueno que lo sepa, esto pienso, claro que hay otros días en que todo me parece irrelevante, al final de cuentas son mis digresiones.

Quiero renovar su pieza.

No renuevo nada, esta casa está bien para mí y Margarita. Ella va a tener su casa, me estoy confundiendo.

Hoy por la tarde, Margarita acaba de volver de hablar con los arrendatarios. Al parecer, rehúsan irse, pero tendrán que hacerlo, incluso tomaré un abogado si es necesario, mi hija necesita su casa.

Jueves.

Me volvió a llamar mi hija, me dijo que ella llamaría a los arrendatarios desde el extranjero. Mi hija cree que las cosas funcionan aquí tan bien como allá: “Es mi casa, tienen que mudarse si yo, la dueña, la necesita para vivir”. No voy a contradecirla, pero aquí la gente considera como suyo lo prestado. Al final le entregué el teléfono a la Margarita, ella con su tono conciliatorio y humilde le asegura que los arrendatarios se mudarán.

Promesas, me digo, pero no lo digo en voz alta, no es mi problema. Ella va a tener que lidiarlo aquí, cuando llegue.

Domingo.

Otro fin de semana. Ya nadie viene a verme.

Lunes otra vez.

Hoy ha amanecido frío, ya llega el invierno. Más gastos —la estufa, la secadora…—, y la Margarita se pone floja, casi no limpia la casa, pasa el día al lado de la estufa teje y teje. El año pasado tejió calcetas a todos sus nietos, tiene una familia grande y pobre.

Mitad de semana.

El que fuera marido de mi hija me llamó, está furioso porque hemos pedido la casa a los arrendatarios. Le dije que no me dijera nada a mí, yo sigo órdenes de mi hija. “Habla con ella”, y le corté. Como temblaba mucho, la Margarita me hizo recostarme y me trajo un té de manzanilla.

Domingo.

Hoy llamé a mi hija para decirle que los arrendatarios se mudarán en seis meses más, lo establece la ley, entonces ella me dice: “Si es así, trabajaré aquí por otros seis meses”. Una lástima, yo estaba esperanzada con que regresaría pronto.

Me siento triste, se lo cuento a Margarita y ella me contesta: “Mejor así, traerá más platita”. ¡Y qué me importa el dinero! Agarro mi bastón y me voy a mi dormitorio.

A la puerta de calle llega la vecina, las escucho conversar, la Margarita me cree dormida y le confiesa a la vecina que me estoy poniendo mañosa. “Ya llegará su hija y se tranquilizará” le comenta la vecina. “¡¡Mejor que se apure!!”, exclamó la Margarita.

¡Chismosa!… Pero es buena conmigo, me cuida, me lleva de su brazo al centro a comprar las cosas que necesito, aunque, en verdad, ya necesito tan poco… Pero es difícil vivir sin necesidades. Cuando jóvenes, las tenemos; cuando viejos, las creamos para seguir aquí, siendo parte de este mundo.

Otra semana.

Hoy es martes y me duele todo, me quedaré en cama. Me da rabia sentirme así, vieja.

Anhelaba compartir recuerdos con mi hija, pero los olvidaré por ahora. Creo que cuando uno recuerda mucho es porque va perdiendo el presente, se va acercando a la muerte.

Cuando tenía cincuenta años murió mi esposo, entonces pensé mucho en la muerte. Como no vino, me olvidé de ella por treinta años y viví sola hasta los ochenta y cinco. Luego mi hija, preocupada, insistió en tomar a la Margarita. No ha sido mala compañía, pero es chismosa.

Lluvia.

Llegó el invierno y hace días que vengo soñando con mi juventud, con mis padres, mis hermanos y tíos. Los sueños son tan vívidos que al despertar me cuesta darme cuenta de que soy una anciana.

Soñé que hacía el amor con mi marido y era mi primera vez. Desperté con el corazón encabritado.

Me gusta dormir y soñar, y como ya es invierno me acomodo en el sillón al lado de la estufa y duermo.

Ayer desperté cuando el doctor me auscultaba el pecho. La Margarita lo llamó, está preocupada por mi somnolencia.

“Casi no come, doctor”, le dice la Margarita. Tan exagerada.

Entonces me espabilo y protesto: “Me siento bien, doctor”.

El doctor es joven, tiene las manos suaves y tibias, pero me habla como a un bobo: “Tiene que alimentarse, abuelita”, dice.

“¡Perdón —digo—, yo tengo una sola hija y no tiene hijos”.

Me da risa mi salida y me río, el doctor también.

Un día cualquiera.

Hoy me llamó mi hija por la tarde, me dijo que va a tratar de venir a verme. Este anuncio me hizo angustiarme: yo le dije eso a mi madre cuando pensé que moriría pronto.

“No es necesario —le digo—, faltan solo cuatro meses para tu regreso, déjalo así”.

Mi hija pide hablar con la Margarita. No me gustan estos secretitos.

Estoy dormitando en el sillón, al lado de la estufa, espero el arribo de mi hija… Hay mucha ansiedad en esta espera, como cuando esperaba las vacaciones de verano para ir al campo…

Soy una niña, las mieses de trigo están altas, me rozan la mejilla, es un mar ondulante con perfume a grano maduro… Mi madre me llama desde el corredor de la casa. Voy, luego miro hacia atrás y las mieses dejan de ondular… Todo está muy quieto. De nuevo, la voz de mi madre me apremia a volver a casa.

One thought on “La espera

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