Desaparecido

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La noche aún no aclaraba cuando el gendarme lo arrojó en la celda oscura. Los pasos se alejaron y Francisco comprendió que le daban una tregua. Tenía sed, la lengua seca, iba a enloquecer, necesitaba beber agua. Con esfuerzo levantó su cabeza del suelo, en un rincón de la celda había un recipiente con agua.

Un hombre lo asió por debajo los brazos y lo arrastró hasta un camastro.

—Tengo sed…

—Deje el agua, compadre, con la electricidad que le aplicaron bebe una gota y se va derecho al cielo…

—Tengo sed…

El colchón de paja del camastro olía a suciedad y humedad, Francisco sintió todo su cuerpo adolorido y un dolor punzante en los intestinos. Cerró los ojos y trató de relajarse.

A pesar de no ver a su compañero, supo que tenía un testigo a quien relatar lo que estaba ocurriendo, no quería desaparecer como tantos otros.

—Me llamo Francisco Huechumanque Gatica, mi mujer se llama Margarita Coyam y vivo cerca del estero El Gato. El veinticinco de junio mi compadre Froilán ayudó a un muchacho herido de bala, una semana más tarde el muchacho se fue con su herida aún vendada, pero antes de irse nos contó que en la mina abandonada, al otro lado del pueblo, habían asesinado a tiros a más de diez campesinos. Al día siguiente de la partida de este muchacho, mi compadre y yo fuimos a la mina a constatar su historia.

»No nos pudimos acercar, el olor nos producía náuseas, entonces tuvimos la idea de dar a conocer este atropello y nos fuimos al pueblo en busca de un teléfono para llamar al diario local. Mi compadre y yo dimos nuestros nombres porque queríamos que los parientes de los difuntos supieran que nosotros habíamos denunciado este hecho. Pasaron unos días y pensamos que el diario no nos había creído, nada se publicó. Ahí nos quedamos, esperando.

»Una tarde mi compadre vino a avisarme que debía esconderme.

»—Váyase usted, compadre, yo no he hecho nada malo, dar a conocer un atropello no es política, es ser humano…

»Él huyó, y yo le juré no delatarlo.  Así que, por favor, cuando usted salga de esta se lo cuenta a la Margarita… Yo no he desaparecido…

Con el hablar la fuerza se le iba,  pero aun desfalleciendo sintió la necesidad de saber si había sido escuchado.

—¿Me escuchó, amigo? ¿Me escuchó? Oiga, amigo…

Nadie le contestó, iba a volver a insistir pero escuchó los pasos de los guardias volver por el corredor.

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