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original de María Belén, 9 años

 

 

 

 

 

La casa estaba siempre llena de “tíos”, algunos venían solos, otros con sus mujeres, se sentaban en una mesa colocada bajo la sombra de un árbol a beber vino y a bromear. En un punto de la velada, el vino enardecía los ánimos y las risas terminaban en peleas.

Mientras tanto, en la cocina mi madre dejaba de picar las cebollas para las empanadas y corría afuera a tratar de parar el barullo. Un caos de botellas quebradas y de tajos que manchaban las camisas blancas de los invitados.

Casi siempre, el vecino, un evangélico, gritaba por arriba del muro que había llamado a la policía y nosotros, los niños, esperábamos estáticos en un rincón del patio a que llegaran los “pacos”. Al final, la advertencia del vecino surtía efecto y los “tíos” se calmaban. Nuestro padre entraba en la casa a acostarse, y entonces nosotros nos acercábamos a la mesa y bebíamos los restos de vino que quedaban en los vasos.

Los mayores debíamos estar siempre atentos a las órdenes de nuestro padre, una demora y venía el palo por el espinazo.

Un día mi padre estaba con un compadre en la sala, concertando un trabajito para el fin de semana, y se pusieron a fumar. “¡Ema, un cenicero!”, gritó mi padre, pero mi hermana Ema lavaba los platos en la cocina y con el ruido de la vajilla no lo escuchó. Enojado, mi padre entró en la cocina y fue directamente hasta Ema. “¡Te pedí un cenicero !” dijo, y apagó el cigarro en su antebrazo. Ella lanzó un grito y luego un llanto de dolor que aún persiste en mi cabeza… En el brazo de mi hermana quedó marcada la cicatriz de su alma, y a los catorce años se fue con un fulano. Años más tarde la encontraron muerta de una sobredosis en un hotel de barrio.

Tardamos en hacernos adultos, nunca pude entender la mano que nos hería y que debía protegernos.

Hoy el cielo está gris y la tarde de otoño triste y melancólica. Decidí viajar a verlo, por última vez. Mi mujer me dijo que debía hacerlo, y a pesar de que al comienzo yo no quería, terminé aceptando, ella tiene razón .

Voy confundido a su encuentro, no sé si como un juez a escuchar su defensa o como el buen samaritano. A lo mejor voy como el niño que quiere despertar en una casa sin gritos ni peleas. No, al ir a su encuentro, tiemblo, porque no puedo tener la indiferencia del juez, ni el cariño del samaritano. En verdad, voy como el vengador de mi infancia dañada, voy a mostrarle mi corazón endurecido.

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