El diablo en el desierto

img_0067_2Cuando Carlitos vino a mi parroquia era un mocetón muy sensible, una sensibilidad difícil de encontrar entre los muchachos de su edad. Se sumó al grupo de los “zapatitos”. Yo así los llamaba, y les explicaba que era porque ellos sentían en sus pies la comezón de dirigirse a la iglesia.

Los “zapatitos” eran, en su mayoría, inocentes mocetones que empezaban a despertar a una sexualidad regulada por normas y expectativas familiares.

Yo sé que en algunos jóvenes tímidos  el impulso sexual es fuerte y reprimido a la vez. Muchos de los muchachos me confesaban, rojos de vergüenza, que se masturbaban constantemente. Pero mis “zapatitos” debían ser fieles sólo a Dios y entender que la benevolencia de Dios por sus pecados se manifestaba  a través de mí, yo los absorbía y los motivaba a ser fuertes frente a la tentación de la carne.

Una vez que los tenía dentro de mi círculo, me dedicaba a mostrarme más como un amigo que como un pastor. Comenzaba con gestos de amistad, como es un apretón en el brazo, un beso muy cerca de los labios, una mano que acariciaba sus muslos mientras los confesaba y, cuando ya éramos amigos, les daba un pequeño toque, jugando, en los genitales.

Carlitos era el más sensual, tenía fantasías con su madre desde que la había escuchado hacer el amor con su padre. En la confesión, arrodillado y con su rostro muy cerca del mío, me habló  de ella, me contó que un día su madre se metió a la sala de  baño cuando él se bañaba y comenzó a restregar su espalda. “Me hablaba como si fuera un bebé, y esto me excitó. Al ver mi erección, ella lanzó un grito de terror y salió corriendo. Nos esquivamos por días. Ella parecía avergonzada; yo, mientras tanto, ¡me masturbaba más que nunca!”. Cuando se levantó tenía su pene duro hacia el lado de la ingle, lo toqué a través de la tela. “Hermoso”, dije, y lo dejé ir… sin penitencia.

Desde ese día Carlitos se transformó en uno de mis favoritos, y comenzamos a mantener largas charlas acerca de la verdadera amistad entre hombres. Yo citaba a Jesús y sus discípulos, le hablaba de culturas en la que los hombres, como signo de amistad, juntan sus penes erectos cual espadas cruzadas. Por otro lado lo amonestaba para que se mantuviera puro, lejos de actos sexuales con muchachas fáciles.

Siempre he pensado que los cultos prosperan si sus miembros aprenden a abrirse y guardar secretos a la vez, y cuando alcancé la total confianza de Carlitos mi mano aliviaba, casi en un ritual, la tensión de su deseo. A veces incluso lo hacía con mi boca.

Carlitos fue aceptando que yo era el cura santito que quería llevarlo a Dios y que lo satisfacía para que no cayera en cosas alejadas de la iglesia.

Yo trabajaba en hacerlo santo, un hombre que dominara sus pensamientos lascivos y así se transformara en un hombre refinado, convocado a servir a Dios. La religión y la filosofía se parecen en que a las dos se llega por un cuestionamiento interior, la diferencia está en que la religión da respuestas y la filosofía abre el espíritu humano a más preguntas. Lo que Carlitos buscaba eran respuestas y las recibía de mí, yo como su padre espiritual se las daba y lo hacía sentirse tranquilo.

Ninguno de estos muchachos habría venido a mí si no se hubiera sentido diferente. Eran “zapatitos ”, hombres sensibles que buscan el apoyo de Dios para alejarse de sus pecados,  mi labor fue elegirlos para el servicio de Dios. Mis transgresiones fueron pruebas para robustecer sus espíritus. Yo fui el diablo en el desierto, les hablé, los tenté, algunos huyeron aterrados, algunos triunfaron, pero Carlitos me delató.

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