El grito

 

 

 

 

 

En las calles el miedo agarra.

Nuestra alma, elegante y sin orejas,

es una extraña de ojos abiertos,

rojos, verdes, ámbar.

Evaporizado del hervor en  las ollas,

intrépido y misterioso,

entró en nuestra sangre,

en el aliento de los comensales.

El estofado de lagartijas y murciélagos,

quema la garganta y calienta el discernimiento.

En aislamiento, escucho el grito del que huye,

perseguido por las garras de una plaga.

Pandemia

 

 

coronavirus,3d render

Mientras yazgo sobre este camastro en el pasillo de un hospital todo lo que no pude ver antes cruza enfrente a mi vista

El mundo se cae a mi alrededor. El mundo, las hojas en los árboles aún están verdes, ninguna de ellas ha caído antes de tiempo, sólo los súper dotados estamos arrinconados, agónicos y asustados a la misma vez, desmoronados frente a un enemigo invisible, letal, que carcome las fundaciones de nuestras sociedades.

Ayer sentados sobre los hombros de gigantes, con vasos de vino brindábamos por el adelanto y el éxito de un futuro resguardado por la tecnológica.

Hoy, de pronto,  he recordado que la sabiduría humana a la perdimos cuatro mil años atrás, a la orilla de dos ríos, poco antes de echar a andar todo esta maquinaría de poder y control.

Hemos llegado a ser inmortales en nuestras cuentas bancarias, imperio tras imperio, mientras más peones tiene el juego más dura  y es más grande es el botín y mientras más adinerados unos pocos, tanto más ignorantes la mayoría.

En este mundo sanitizado me olvidé de que existían y que son más ciertos que cualquier Dios celestial.

Ahora los virus castigan mi arrogancia, están aquí apoderándose de mi carne, llevándose mi vida en este camastro de hospital, sólo pido una tregua, un pequeño espacio para alejarme un paso y dejarlos pasar, sin irme con ellos.

En el día de la mujer

Una niña de amor, un guijarro fértil y delicado, fácil de desmoronar al ser pisado. Cuando ella nació tuvo entre sus brazos la hermosura, el placer y el guijarro.  Su hija, arropada en un paño de franela rosada. Desde ese momento se sintió un hombre diferente, ahora su lado femenino existía en el mundo. Tenía a alguien que iba a necesitar ser más inteligente y perspicaz que él, un algo suyo que debería sobrevivir y crearse, en un mundo ajeno.

Secretos

 

 

Recuerdo el aparador, hecho en madera de los bosques sureños, imponente en la sencillez del comedor, encima, el jarrón de greda, pintado verde, tenía un ramillete de azucenas dibujadas en su vientre redondo, espacioso, donde caían pequeñeces que en algún momento sobraban en las manos.   Un adorno intocable de la abuela como todo lo antiguo, lo pasado.

La luz del sol dejaba ver el polvillo sobre la ovalada mesa del comedor que, desde que murió el abuelo, la familia no ocupaba. A esta pieza se iba como a un museo, sin tocar nada. La foto de dos jóvenes recién casados colgaba al centro de la pared.

Fue mi hermano menor que acercando una silla para hurguetear volcó el jarrón, al ruido acudimos todos. El jarrón roto,  una carta que la abuela se precipitó a recoger del suelo. Nerviosa, temblando nos miró angustiada,  casi llorando. Nunca  descubrimos su secreto.

La muerte de un manifestante

 

Cuando las balas le abrieron el pecho dicen que dentro tenia un montón de cosas viejas, cachureos de su vida que ya le pesaban más de la cuenta, había muchas letras sueltas con las que había formado frases nacidas de su corazón, unas hojas de papel donde lo escrito estaba diluido por su sangre, unos pesos que le habían sobrado de tantos años de trabajo y un boleto del tren que había tomado para llegar a la manifestación. Otros  dicen que había dentro de su pecho  una especie de estrella o quizá un sol naciente, como si nunca hubiera abandonado la esperanza de una vida mejor.

Encierre

Todo  de ella me es extra familiar, su olor, su caricia, su mirada y cuando nos saludamos, cada vez,  la misma alegría.  Por la noche entro a instalarme en el sillón frente al televisor; es un mundo dentro de otro mundo, el mío olvidado y el de ella actual.

Presiento todo lo que pasa a su alrededor, antes que pase. Sé si va a pelear con su novio porque  se desprende un olor diferente de su cuerpo que choca con un olor  de él, pelean y yo espero, pronta a defenderla. No es que él me caiga mal, sólo sé donde están mi prioridades. Su novio juega,ocasionalmente, conmigo, hasta que se pone pesado  y tengo que mostrarle los dientes. Ella se enoja conmigo pero  igual voy a su lado, ella es mi seguridad, sé que va estar ahí , como una amiga fiel.

A veces vamos de paseo en el auto y a mi me gusta sacar mi cabeza por la ventana y embriagarme con los olores del mundo, entonces, me siento lanzada de vuelta al mundo de los sentidos, al vértigo de no saber para donde voy, si perderme en un monte o quedarme a su lado.

Su voz me llama a  continuar con nuestro paseo. Soy sólo un perro amarrado a una correa.