Puerto

 

 

 

 

 

 

 

 

De la mano de la vida

en la noche del puerto

dos dan sexo en un callejón,

un gato callejero se detiene a mirar,

levanta la cola, maúlla y se va.

En un bar trasnochado

un marinero pierde la gorra

en los versos de una canción,

mientras,

el mesero borra  bocas

del  borde de los vasos.

Guarecido de miradas

un joven saca el puñal ,

por unos pesos, lo tiñe y

deja la noche triste.

El puerto guarda secretos

de amor, crimen y olvido.

Depresión

 

Desde un  rincón cualquiera, como aguada costera,

lágrimas  empañan tu mirada al mundo exterior.

En el portal de los escombros escarbas por piezas perdidas

de un robot feliz  con el que otrora  te acompañabas.

El temor  se sube a tu espalda,  te apega a las tablas,

hueles el polvo rancio de las pisadas, y las sombras

te cubren  como alas extendidas de  un cuervo.

En la garganta el grito y la ayuda  demorar una vida en llegar.

La Dulce

La Dulce, quedó preñada a los 17, del Toño.

A los dos les dieron la peor pateadura que recuerdo.  Sus padres
se ensañaron en el culo de los chiquillos y el único paso que les permitieron fue el matrimonio.

En verdad, esto no tiene nada de raro. En el barrio,  nos sucedió así a casi todos, la diferencia fue que, ellos, a poco de estar casados,  se ganaron  la lotería.  Cuando lo supe me puse las gafas y me fui al café de Pepín, pedí de todo hasta saciarme y luego llamé a la Dulce y le pedí me pagara la cuenta, la Dulce me dijo que no tenían aún el dinero, entonces ven a firmar un “te debo”, si no  vienes tu  hijo va a nacer tonto.  La Dulce se asustó y  el Toño  también se asustó, al final llegaron juntitos a firmar el “te debo”.

 

Otros del barrio también se aprovecharon y fueron a comer donde Pepín a cuenta de los  suertudos chiquillos. Por otro lado  el Pepín pensó que estaba  de suerte, pero,  un día,  el padre de la Dulce, que era policía, visitó al Pepín para dejarle  en claro que lo que estaba haciendo era ilícito  y sin más  le tiró por la cara los recibos  “ te debo”.

 

Años más tarde iba yo caminando por una calle del barrio residencial cuando escuché una voz conocida Miré y vi al Toño  dentro de un Ferrari con dos pequeños, un cabezón feo y una niña bonita, igual a la Dulce.

Despertada mi curiosidad por saber  de  esta nueva vida de la Dulce y del Toño y  sin tener nada que hacer, se me ocurrió la idea de  espiarlos.   Averigüé la dirección de su casa  y un día desde uno de los árboles en la calle, los espié.  El Toño tomaba un trago mirando la televisión en la sala.  En el  segundo piso estaba la Dulce tirada sobre la cama, miraba al cielo raso, se notaba tensa, de pronto se levantó y agarrando la almohada  comenzó a darle a las cosas sobre los muebles.  El Toño, sobresaltado por el ruido se levantó.  Lo vi aparecer en el dormitorio. La Dulce comenzó a darle al Toño por la cabeza, él le arrebató la almohada y la tiró por la ventana, tenía la mano lista para darle a la Dulce cuando  los niños gritaron “papá, se cayó la almohada”.

 

Me bajé del árbol y me pregunté que le habría pasado a la Dulce.

Al estar cesante yo tenía todo el tiempo del mundo para averiguarlo. Supe que la Dulce  se pegaba arrancadas al balneario y, una tarde, la seguí en mi bicicleta. Cuando llegué al balneario se venía la puesta de sol.   Supuse la encontraría en los autos estacionados a lo largo de la costanera y no me equivoqué. Estaba ahí, escuchando música y fumando. Comencé a pedalear mi bicicleta en frente a su auto, ni me pescó, parecía ida, se me ocurrió tocar la bocina y entonces ella miró.

¿Dulce, te acordai de mí?.

La Dulce, siempre buena onda, se bajó del auto y me dio un abrazo, ¡Tanto tiempo! ¿Qué hací?

Me invitó a sentarme en el auto; después de mirarnos y reírnos de nada le dije, te vi llorar y dejar la cagá en tu casa.

Es que el  Toño me exaspera, todos los fines de semana mirando la tele y en la semana, la tienda, nunca ningún tiempo para mí, ¿entendí?

-¿Y qué querí hacer tú poh?

-Salir con los niños; no sé poh, hacer algo

Abrió la cartera y sacó un papelillo de un polvo blanco y  lo aspiró. – ¡Ay, me deprimo tanto… mira, ya se va el día!   

El sol se hundía como una naranja en el mar…

 

No volví a hablar con ella hasta el día que supe de la muerte del Toño. Lo llevaron  de emergencia al hospital, cada arteria de su cuerpo había colapsado, sobredosis.

Llamé a la Dulce por teléfono.

– “tá la cagá,- me dijo-  y sabí, yo estoy con los tiritones, me cuesta hasta sostenerme en pie, habla con “el camión”.

-Tranquila, aguanta Dulce, ya pasará. Ok, yo voy a hablar con “el camión”. 

 Colgué el teléfono. No hablé con nadie, demasiado peligroso.

Astuto

 

 

La rutina se venía repitiendo por mucho tiempo, desde que comenzó a trabajar de jardinero.  Lo inusual  de ese día fue encontrar, camino a su trabajo,  a un metro de la entrada de la casa del vecino y casi escondido  debajo del mal estacionado automóvil , un celular.

El viejo jardinero lo recogió y rápidamente lo metió en el bolsillo, tuvo la latente sospecha que pertenecía a los  vecinos de su patrón, pero  no se acercó a la puerta a preguntar.

El día  lo pasó   dividido entre la alegría de su buena suerte  y debatiendo consigo mismo si ir  a averiguar,  a  la casa del lado,  por  el dueño del celular.  Lo mejor que encontró  para  aliviar su conciencia moral fue decidir  que le serviría a su hijo, pues éste era joven, pobre  y entendido en la nueva tecnología.

Ya de tarde fue hasta el pequeño taller de carpintería donde  trabajaba  su hijo. -Este te puede servir, parece caro…

El viejo relató a su hijo su sospecha acerca del posible dueño…-De seguro, preocupado con las renovaciones en su casa , lo habrá extraviado.

El hijo viendo el valor del   celular y la cantidad de  datos personales que contenía, dijo – este celular lo vamos a devolver.-

Al día siguiente el dueño del celular   llegó hasta el pequeño taller. Se mostró sorprendido y encantado  por la honradez  del joven carpintero y le ofreció  la renovación de su casa.

El viejo jardinero, orgullosamente,  menciona  siempre la elección moral  de su hijo,  pero su hijo  sólo intuyó  la posibilidad de cambiar  la suerte de su padre en  un buen trabajo para él.

 

Derrotados

Después  del ardor de la lucha

el viento doblega el pasto  en el llano y

el silencio queda tendido como una sabana

sobre los rostros de  los caídos.

Se hizo todo  y  todo se perdió.

Pesa el sacrificio inútil

Y   el ultraje del vencedor.

La locura colectiva  de ayer hoy es luto en el alma.